martes

¿Me repite su nombre?


En el principio, la cosa era muy sencilla. Tal vez demasiado: al mar se lo llamaba “El Mar”, a la montaña, “la Montaña Esta”. Y para los recién nacidos los nombres de moda eran “Ese”, “Vos” o “Ella”. Todavía no se estilaba "Aquel" o "Aquella", vaya uno a saber por qué.

Pero un día, "Ese" se ahogó en "El Mar", y el mar empezó a llamarse "Mar de Ese". La gente se acostumbró a bautizar a los lugares con los nombres de las personas: Loma del Peludo, Cañada de Gómez, Estrecho de Magallanes, Cañon del Pelirrojo (o bien, del Colorado).

Curioso destino, el de aquellos sujetos que terminaron convirtiéndose en lugares. Yucatán o Burzaco, Jean Jaures o Simón Bolivar. Hoy los vemos caminar inadvertidamente por las calles, pero algún día ellos mismos serán la calle que va a ser caminada por otros que quizá se conviertan en calles o cortadas o pasajes, a su vez.

“Polvo somos y al polvo volveremos”- reza el Libro de los Libros. Lo nuestro es la suma de unas pocas décadas de vida, y decenas, cientos, miles de años abonando la corteza terrestre. (Eso es lo que quiere decir la palabra humano: “que pertenece a la tierra”). Y ¿si yo me llamara “Río” y vos fueras “Isla”? ¿Si a nuestros hijos los bautizáramos como “Cerro”, “Naranjo” o “Playa”? Sería, estrictamente, justicia.

Somos un espacio que se mueve. Somos un lugar peregrino, una geografía errante. Somos un pedazo de tierra al cual –por un cortísimo lapso de tiempo- se le concedió el privilegio de echarse a andar.

Vivamos para ser, ante todo, un lugar hospitalario, y no para pretender llevar el nombre de una calle que, seguramente, estará llena de huecos; o un parque, a la postre, cagado por los perros.



miércoles

Sin pilas


Hoy me puse las pilas y salí para el trabajo con una gran curiosidad de saber cómo sería aquello. Es que ayer, a última hora, nuestro Presidente Ejecutivo nos anunció que la agencia había cambiado su política energética y que ya no podrían proveernos de la fuerza necesaria para cada día, por lo que, a partir de ese momento, cada uno de nosotros tendría que llegar al trabajo provisto de su propia fuente de energía.

El edificio de la empresa estaba a oscuras: apenas se veía el deambular por los pasillos de unas pequeñas luces inestables y desorientadas, como luciérnagas moribundas. Sufriategui, el creativo, me esperaba en un pasillo. Se lo veía abatido.

-¿Me soplás hasta mi escritorio? –me pidió en un hilo de voz.

Sufriategui funcionaba con energía eólica. Lo empujé, por lo tanto, soplándolo, como si fuera un velero. Después pasé el resto de la jornada animando a mi equipo de trabajo y, al final del día, yo también me encontraba casi sin pilas.

Después de haber soplado a Sufriategui, dado cuerda a Bocayuva e impulsado a muchos otros que funcionaban por simple energía cinética; agotado, ya sin fuerzas, le pedí un último empujón a Murguiondo, nuestro director de cuentas, que se movía con energía solar. Pero Murguiondo –parado delante de un espejo, tratando en vano de alimentarse con su propia y escasa luz- apenas si podía, él mismo, mantenerse en pie y, después de un titilar agónico y vacilante, terminó extinguiéndose como una voluta solar multicolor.

La noche avanzaba, todos nos íbamos apagando lentamente junto con nuestras computadoras. El único de todos nosotros que se mantenía contento y sospechosamente vivaz era Saráchaga, el artefinalista, que funcionaba con tracción a sangre, porque era un vampiro.