martes

La Marcha


Aunque no teníamos muy en claro si hacer una movilización, un acto de repudio, una marcha, una toma de sede, una sentada, un bloqueo, un minuto de silencio, un piquete, un homenaje, un escrache, un abrazo simbólico, un corte de puente o una jornada de reflexión, al final nos decidimos por la marcha, porque ya contábamos con la gente y el itinerario: lo único que nos faltaba era encontrarle un sentido.

El jueves, muy temprano, salimos a la calle. Creímos que, una vez en el camino, iba a ser más fácil encontrar una razón para marchar. En el principio fue una marcha de silencio. Todavía no sabíamos a quién beneficiar con nuestro movimiento. Cuadra tras cuadra se nos ofrecían motivos y cualquiera de ellos hubiera ameritado una manifestación ad hoc. Pero no nos dejamos tentar por la gratuidad de los cantos de sirena que trataban de apartarnos de nuestro destino, por más que ese destino se encontrara temporalmente oculto y en tinieblas.

A media mañana, el compañero León propuso que la nuestra fuera una manifestación ad libitum. La consigna y las sospechas circularon como reguero de pólvora: cada cual podría marchar por lo que quisiera, siempre y cuando no expresara en voz alta el motivo de su marcha. De esta manera se evitaba que la diferencia de consignas desarmara la movilización.

El resto de la mañana transcurría entre miradas cómplices y murmullos de entendimiento ("No nos engañemos -se oía susurrar- esta marcha es por ‘aquello’ que todos sabemos"); cuando, de pronto, la columna del compañero Marcial se detuvo.

-¡No vamos a avanzar un metro más hasta que no se escuche la voz de nuestro pueblo! -exclamó a voz en cuello.

Algunos manifestantes aplaudieron; otros respondimos con chiflidos y empujones. La marcha se animó, y aparecieron las primeras pancartas: “MARCIAL, GENOCIDA DE LA VERDAD”. Al rato de caminar, todos agradecieron al compañero Marcial -sonriente pero lleno de moretones- su sacrificio personal al ofrecerse como chivo expiatorio por el éxito de la jornada y la unidad de los compañeros. Entonces, los carteles adversos fueron rápidamente reemplazados por otros que rezaban: “MARCIAL, MÁRTIR DE LA DEMOCRACIA”.

Ya estaba llegando la noche, cuando nuestras columnas arribaban a la plaza. La marcha terminó con una alocución en la que nuestros líderes enfatizaron aquellas razones por la que estábamos a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo. Aunque esto originó el retiro -entre abucheos- de una pequeña columna que se proclamó abiertamente a favor de todo lo malo, sin embargo, todos aplaudimos, nos abrazamos y nos comprometimos a encontrarnos en la próxima manifestación. Luego, cada uno volvimos a nuestras casas, contentos y con la sensación del deber cívico cumplido.

miércoles

Cinco fábulas postmodernas


El átomo insurgente

En el interior de este pedazo de mármol, aquel revoltoso átomo de calcio incitaba a sus colegas a la indisciplina y a la insurrección. Abandonando su órbita, daba saltos frenéticos y empujaba a sus hermanos, unos contra otros, contagiándolos de su ánimo sedicioso, de tal forma que todos gritaban: “¡Revolución! ¡Revolución!”-, y con pancartas extendidas se incitaban entre sí a la destrucción de Todos los valores Humanos Existentes.

Pero los hombres que apoyaban sus manos sobre este pedazo de mármol decían, sin embargo, que era una maravilla su firmeza y su antigüedad, y que nunca habían descansado con su peso sobre un material tan noble, macizo y consistente.

El unicornio y el gorgojo

-Mírame y avergüénzate– dijo el unicornio al gorgojo. - Nunca alcanzarás mi estatura. Jamás tendrás una crin brillante como la mía, tu testa carece de un recto y firme cuerno como el que yo tengo y eres incapaz de inspirar un solo mito.

-Pero yo por lo menos existo; no como vos, que no existís un carajo! –respondióle el gorgojo con voz firme. Y el unicornio dio su ultimo relincho y desapareció.

La ameba reflexiva

Aquella ameba consideró con gravedad que ya era hora de sentar cabeza y abandonar los vicios de este mundo (que en realidad eran uno solo: la reproducción asexual por bipartición). Ya se había reproducido tantas veces en el transcurso de la elaboración de su proyecto, que no sabía cuál de ellas era la que había tomado la decisión.

El dinero del discípulo

-El primer camino a la iluminación es el del despojamiento. Debes darme todos tus ahorros para que yo los custodie–dijo el Gurú a su amado discípulo.

El discípulo así lo hizo. Esa misma tarde el Gurú abandonó el monasterio y se dirigió a una isla del Caribe junto con la hermana de susodicho. Allí dilapidó todo ese dinero llevando una vida escandalosa y desvergonzada. Luego, regresó al monasterio.

-¿Por qué me has hecho esto?, Maestro– le dijo el discípulo, conteniendo a duras penas sus deseos de descuartizarlo y estrangularlo, o viceversa.

-Esta es tu primera lección: no debes creer en todo lo que tu Gurú te dice.

El espejo vanidoso

Tan vanidoso era aquel espejo, que se creía el responsable directo de los bellos rostros que en él se reflejaban, y con el paso del tiempo comenzó a darles consejos para mejorar su apariencia y a pronunciar dictámenes acerca de la belleza o la fealdad de todas aquellas personas que a él se asomaban.

Un buen día, la reina –harta de que el espejo la criticara y alabara la belleza de su hijastra- lo destrozó sin contemplaciones.

Compadezcámonos del destino del vanidoso, y no dejemos de alabar a nuestros espejos, compasivos y condescendientes, que siempre nos mienten un poco cada mañana.

lunes

La noción de teatro revuelto


Como las grandes ideas –y las pequeñas, y las medianas- la noción de teatro revuelto nació de la casualidad.

En el Teatro de la Cofia, un grupo de actores trataba sin éxito de llegar al final de la obra "Juampirulo y el Oso Carolino", de Ramón Román. El elenco de teatro infantil provenía de una escuela de actuación naturalista (si entendemos como "actuación naturalista" a la obsesión por llenar los espacios entre frase y frase con "hmms", vacilaciones, carraspeos y tartamudeos). La obrita, un entretenimiento pasatista de cuarenta minutos acerca de la globalización neoliberal y sus peligros, se extendió tanto que ya se había pasado una hora y media del horario fijado para su finalización. A esta altura, la mitad de los espectadores había abandonado la sala, pero sus asientos habían sido ocupados por los espectadores de la siguiente obra: el "Edipo Rey" de Sófocles.

-¡No importa que el escenario esté ocupado por esa manga de imbéciles! –gritó Eros Pedelaborde, el director de la segunda obra. -¡Ya es nuestra hora! ¡Salgan a actuar!

Entonces, Edipo, acompañado de Creonte y su coro griego, invadió el escenario. Las dos obras se desarrollaron simultáneamente, para confusión de algunos y entusiasmo de otros. En algún momento Edipo se cruzó con el Oso Carolino.

-¡Chicos! ¡Se viene el monstruo! ¡Qué miedo tengo! ¿Ustedes tienen miedo? - lloriqueó el Oso Carolino.
-Por lo que acabas de decir, no estoy tranquilo ni tampoco preocupado –respondió Edipo, con extrema gravedad, mirándolo a los ojos.

Y del choque casual de aquellos dos textos, provenientes de dos fuentes diferentes, surgió un relámpago de sentido. El público de las dos obras, grandes y chicos, aplaudió de pie el entrevero de los dos personajes, que continuaron recitando sus parlamentos, el uno frente al otro, en un contrapunto de azares y causas. Al otro día decidieron representar los dos textos al mismo tiempo. La conjunción de las dos obras se llamó "Edipo en Trulalá", un gran éxito de critica y taquilla, calificado como espectáculo para toda la familia.

Los empresarios teatrales pronto se dieron cuenta de las posibilidades de esta innovación escénica. En pocos días las salas de la ciudad se vieron invadidas por combinaciones livianas y fatigosas de obras teatrales, como aquella de "La muerte de un viajante" con "El reino del revés" ("Las locuras existenciales de Willy Loman y sus amigos") o la de "Macbeth" y "Soltero y con dos viudas" ("Travesuras de dos sinvergüenzas con mala suerte"). El público estaba compuesto, en su mayor parte, por niños, snobs y gente inteligente pero desorientada: todos, por igual, aplaudían a rabiar.

Aunque por esos días nadie sabía nada de Eros Pedelaborde; el creador de concepto de teatro revuelto se encontraba dando los toques finales a su obra magna: las Obras Completas de William Shakespeare. Fue la apoteosis y el canto final de esta modalidad de teatro. Una noche de diciembre, en un campo de Carlos Casares, en las afueras de Buenos Aires, treinta y ocho grupos de actores representaban simultáneamente alguna de sus inmortales piezas, mientras un locutor recitaba sus sonetos. Los que estuvieron allí aquella noche pueden jactarse de haber presenciado la totalidad de las puestas escénicas de las obras del Bardo, aunque no hayan entendido nada y aunque no hayan podido ver una sola obra completa, ya que, como decía el mismísimo Willy, “querer ver todo al mismo tiempo es casi lo mismo que no haber visto nada.”