
Como las grandes ideas –y las pequeñas, y las medianas- la noción de teatro revuelto nació de la casualidad.
En el Teatro de la Cofia, un grupo de actores trataba sin éxito de llegar al final de la obra "Juampirulo y el Oso Carolino", de Ramón Román. El elenco de teatro infantil provenía de una escuela de actuación naturalista (si entendemos como "actuación naturalista" a la obsesión por llenar los espacios entre frase y frase con "hmms", vacilaciones, carraspeos y tartamudeos). La obrita, un entretenimiento pasatista de cuarenta minutos acerca de la globalización neoliberal y sus peligros, se extendió tanto que ya se había pasado una hora y media del horario fijado para su finalización. A esta altura, la mitad de los espectadores había abandonado la sala, pero sus asientos habían sido ocupados por los espectadores de la siguiente obra: el "Edipo Rey" de Sófocles.
-¡No importa que el escenario esté ocupado por esa manga de imbéciles! –gritó Eros Pedelaborde, el director de la segunda obra. -¡Ya es nuestra hora! ¡Salgan a actuar!
Entonces, Edipo, acompañado de Creonte y su coro griego, invadió el escenario. Las dos obras se desarrollaron simultáneamente, para confusión de algunos y entusiasmo de otros. En algún momento Edipo se cruzó con el Oso Carolino.
-¡Chicos! ¡Se viene el monstruo! ¡Qué miedo tengo! ¿Ustedes tienen miedo? - lloriqueó el Oso Carolino.
-Por lo que acabas de decir, no estoy tranquilo ni tampoco preocupado –respondió Edipo, con extrema gravedad, mirándolo a los ojos.
Y del choque casual de aquellos dos textos, provenientes de dos fuentes diferentes, surgió un relámpago de sentido. El público de las dos obras, grandes y chicos, aplaudió de pie el entrevero de los dos personajes, que continuaron recitando sus parlamentos, el uno frente al otro, en un contrapunto de azares y causas. Al otro día decidieron representar los dos textos al mismo tiempo. La conjunción de las dos obras se llamó "Edipo en Trulalá", un gran éxito de critica y taquilla, calificado como espectáculo para toda la familia.
Los empresarios teatrales pronto se dieron cuenta de las posibilidades de esta innovación escénica. En pocos días las salas de la ciudad se vieron invadidas por combinaciones livianas y fatigosas de obras teatrales, como aquella de "La muerte de un viajante" con "El reino del revés" ("Las locuras existenciales de Willy Loman y sus amigos") o la de "Macbeth" y "Soltero y con dos viudas" ("Travesuras de dos sinvergüenzas con mala suerte"). El público estaba compuesto, en su mayor parte, por niños, snobs y gente inteligente pero desorientada: todos, por igual, aplaudían a rabiar.
Aunque por esos días nadie sabía nada de Eros Pedelaborde; el creador de concepto de teatro revuelto se encontraba dando los toques finales a su obra magna: las Obras Completas de William Shakespeare. Fue la apoteosis y el canto final de esta modalidad de teatro. Una noche de diciembre, en un campo de Carlos Casares, en las afueras de Buenos Aires, treinta y ocho grupos de actores representaban simultáneamente alguna de sus inmortales piezas, mientras un locutor recitaba sus sonetos. Los que estuvieron allí aquella noche pueden jactarse de haber presenciado la totalidad de las puestas escénicas de las obras del Bardo, aunque no hayan entendido nada y aunque no hayan podido ver una sola obra completa, ya que, como decía el mismísimo Willy, “querer ver todo al mismo tiempo es casi lo mismo que no haber visto nada.”
No hay comentarios.:
Publicar un comentario