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lunes

La Historia de Nunca Empezar



Cuando el Emperador de la China no quería hacer algo, directamente no lo hacía. Pero cuando sus deseos de no hacer “ese” algo eran muy fuertes, el Emperador subrayaba su negativa anunciando reiteradamente su propósito de hacer eso mismo. Por lo tanto, cuando los cortesanos escuchaban al Emperador repetir más de cinco veces en un mismo día que había que alfombrar toda la superficie del Imperio, o llevar el desierto de Takla Makan hacia una zona más lluviosa, suspiraban aliviados: era señal inequívoca de que aquellos propósitos nunca llegarían a realizarse. No es el que el Emperador estuviera loco; por el contrario, el Emperador era un hombre que estaba empachado de lucidez. La táctica del Emperador era la de poner sus palabras en el indefinido territorio del "tenemos que empezar a...", a medio camino entre el ser y el no ser. Y los propósitos, allí se quedaban.

El Gobernante de este Imperio sabía que sus habitantes no solo vivían de pan, sino que también necesitaban de alguna que otra fantasía. Por eso les prometía mudar el río Yangtsekiang a una zona menos inundable, o enseñarles a volar como los cisnes. Inmediatamente incluía estos temas en su agenda (eso sí: sin ordenar plazos para su ejecución). Y así alimentaba de esta manera a su pueblo con palabras, y ellos eran felices de vivir en este territorio fronterizo entre la sutil ensoñación y la palpable realidad.

Nosotros, que preferimos que a la realidad nos la sirvan espesa, tenemos una regla de oro para desbaratar estos manejos: sabemos que cuanto más nos repiten una promesa, menos posibilidades tenemos de que se cumpla. Por tanto: comencemos ya a desenmascarar estos ardides imperiales. Estemos atentos a la repetición obsesiva de frases que comiencen con el "tenemos que..." El "Tenemos que vernos", "tengo que empezar a hacer ejercicio", "tenemos que empezar a ser más solidarios", "tenemos que empezar a cambiar este país...", son palabras-obstáculo que se interponen entre el deseo y la acción y nos acunan con la ilusión de una realidad alcanzada a fuerza de ser nombrada.

Es la historia del nunca empezar. El cuento de la Buena Pipa nunca va a ser relatado, porque ninguno de nosotros quiere contarlo: solamente queremos encontrar a alguien para contárselo.

jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

miércoles

Vocación de Poeta | Parte II


Hacía casi un mes que dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea de no escribir nada, pero había una frase que no dejaba de rebotar adentro de mí. Era una simple línea de texto, poco más que una brizna de idea. No había llegado al extremo de los llamados poetas nadistas, que no escribían pero vivían como si lo hubieran hecho, pero trataba de esconder estas palabras de la vista de mis compañeros.

Tenía muchas razones para no escribir esa frase, pero la principal era la debilidad de mi constitución física: en aquellos tiempos no eras un alma poética si no sabías tomarte a trompadas con tus colegas. Mientras tanto, mis amigos poetas se entrenaban en el ring del gimnasio al tiempo que escribían, y algunos pendencieros nos traían sus (malos) poemas, que eran apenas la excusa para reñir con alguien.

Yo pasaba largas tardes ayudando a Saturnino con sus “Cantares del buen hincha”, dedicados a su amor, el Club Social y Deportivo Sacachispas. Los poemas de Saturnino eran malísimos, pero tenía buena trompada y nos convenía tenerlo de nuestra parte: su nariz de boxeador delataba a un poeta hecho y derecho.

-Saturnino: ¿Si en vez de “aver” ponemos “haber”? Esto va a sonar un poquito mejor- le corregía, con cuidado y hasta con afecto.

Por fin, una mañana anoté estas palabras, para sacármelas definitivamente de la cabeza:

"No debe ser amor, porque no duele"

Era un buen principio para un soneto: mis compañeros sufrían en octavas o en verso libre, pero yo prefería sufrir en forma de cuarteto y terceto con rima consonante. En los versos siguientes iba a enumerar las características y la sintomatología del amor: el vacío en el estómago, los cortos y períodos de exaltación y angustia, puntuados por arritmias, los largos diálogos imaginarios con la persona amada, el esfuerzo de torcer al universo para hacerlo girar alrededor de ella. En eso estaba pensando esa mañana cuando Ottone se acercó para espiar mi alma y mi cuaderno de apuntes.

-¿Y entonces?, Marcial. ¿Siempre con ese miedo a la poesía? –preguntó.

Yo esquivé su mirada, pero Ottone me examinó de la misma manera que escrutaba un poema ultraísta: con mirada desconfiada y penetrante. Y lo supo. Antes de irme guardé mi cuaderno con sus seis palabras en un cajón de mi escritorio. Sabía que, al otro día, ese cuaderno de tapas azules iba a desaparecer de ese lugar.

Volví a la casa de Ottone a la otra tarde. Los saludos de mis compañeros eran distintos: algunos me daban la mano y me palmeaban la espalda con exagerada cordialidad; otros -que había considerado mis amigos- me evitaban o me devolvían el saludo con fastidio. Ottone me esperaba con un par de vasos llenos de ajenjo hasta el borde. Me tendió uno de ellos y probé unas gotas. Me sentí tan mareado como Baudelaire después de tres botellas.

-Vaya entrenando, Marcial, que le queda una semana –dijo, entrechocando su vaso con el mío. -El viernes que viene vamos a presentar su libro de poemas; o, mejor dicho, su libro de un solo poema y de una sola línea. ¡Y se va a armar de lo lindo!...


(continuará)

Los Fernández Werther | Parte II


En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.

Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.

En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.

En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).

Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.

Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.

El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.

Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.

(continuará)

lunes

Vocación de Poeta | Parte I


-¿Y quién te dijo que la poesía es triste? -esputó Saturnino enarbolando su ejemplar de “47 poemas para matarse de la risa” como arma y estandarte. Clemente se arrojó sobre él con un gruñido, mezcla de gemido con grito de batalla: el gordo había decidido ser triste por elección y por vocación, y la noción de que ser poeta equivalía a ser un profesional de la tristeza le había dado un sentido a su vida. Los dos rodaron por el patio de la casa fajándose con sus poemarios; pero el de Clemente -“Desconsuelos Rioplatenses”- tenía tapa dura y lo estaba llenando a Saturnino de moretones.

Este era mi primer día como redactor en la Editorial Llaneza y me llamaba la atención que ninguno de los que estaban allí mirando moviera un dedo para interrumpir esta pelea. “Dejalos: ¿no ves que son poetas?” explicó Ottone, mi futuro jefe. La editorial funcionaba en los fondos de la casa de sus padres. Y yo –que no conocía más peleas que las de la Illíada y las del Quijote- ingresaba así a dos mundos: el de los sonetos y el de los puñetazos. Que aquí eran el mismo.

La verdad es que en aquellos tiempos todos éramos muy jóvenes, ninguno tenía más de veinte años, leíamos a Rimbaud y a Baudelaire y, aunque no sabíamos quiénes éramos, teníamos muy en claro lo que no queríamos ser. Cada vez que tomábamos la pluma era para escribir en contra de algo. Los críticos literarios llamaron a nuestra escuela “negacionismo” o “contrerismo”.

Una tertulia se iniciaba con la proposición de un tema -el presidente de turno, los meseros que tardan en atender, la prosa de Rubén Darío, los trenes llenos- e inmediatamente comenzaban los insultos. Hacia la madrugada -entre tragos, vendajes y bizcochitos de grasa- yo tomaba mi carpeta negra, leía un resumen de la jornada y Ottone repartía las tareas para el próximo número de nuestra revista.

-A ver cuando te escribís algo tuyo, hermano -se despedían los muchachos palmeándome la espalda. Yo sentía un horror metafísico por todo lo que fueran golpes y trompadas. Pero mi musa (que siempre me odió, desde el momento de mis primeros garabatos) estaba empezando a dictarme un poema.

(continuará)

viernes

El Naúfrago y su Botella


Hay náufragos que escriben un mensaje, lo introducen en una botella y corren a enterrarlo en ese lugar secreto que sólo ellos conocen, porque no quieren que nadie se entere de que necesitan ayuda.

Hay náufragos que aman el gesto de pedir ayuda porque les parece simpático y de buen gusto, pero -como consideran que no necesitan la ayuda de nadie- arrojan al mar una botella vacía.

Hay náufragos tan tímidos, que en vez de poner su nombre y su dirección en el mensaje, piden ayuda “para un amigo mío, que tiene un problema”.

Hay náufragos que consideran que sus necesidades son únicas y personales. “Yo me entiendo”, se dicen a sí mismos, mientras escriben su nota y la introducen en la botella. Los que encuentran su mensaje nunca pueden descifrar la letra.

Hay náufragos que escriben el triste relato de sus penurias y, entre lágrimas, lo introducen en la botella y arrojan ésta al aire para luego atajarla y abrirla, leer el triste relato de sus penurias, conmoverse y entre lágrimas introducirlo nuevamente en la botella para arrojarla al aire y luego atajarla y abrirla y leer el triste relato de sus penurias y conmoverse.

Hay náufragos que hacen del lanzamiento de la botella al mar su deporte predilecto, y se pasan el día entero ocupados en este menester. Y cuando llega alguien a rescatarlos, lo reciben a botellazo limpio.

Hay náufragos tan enamorados de sus penas y sus dolores, que cuando reciben una botella no quieren abrirla porque saben que en el mensaje que trae se encuentra la solución a sus problemas.

Hay náufragos que en sus mensajes piden la compasión del otro, y son tan conmovedoras sus palabras que llegan a despertar la conciencia de la soledad y el desamparo en sus lectores. En vez de recibir ayuda, estos náufragos reciben pedidos de auxilio.

Y hay naúfragos que viven buscando papel y lápiz para escribir algún mensaje; o botella, para meter alguno dentro.

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros - Última Parte


-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad sólo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.

Y desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“De todas las Calaterras posibles, esta debe ser la más difícil de habitar”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

El hombre viejo humedeció con saliva su dedo índice y trazó una línea larga y despareja, de izquierda a derecha, del oeste al este. Acababa de darle vida al horizonte. A partir de ese momento ya existía un Cielo y una Tierra, un Arriba y un Abajo. Cómo era lógico, todos los que flotábamos caímos al suelo, mareados, tratando de hacer pie. Pero algunos se tropezaban y chocaban entre sí. Lo único quieto en todo el pueblo era un árbol marrón y deshojado.

-¿Ese no es tu amigo, el enamorado? -dijo Leandro. -Tuvo suerte en no desaparecer con todo el resto.
-Por más pesado que sea, sigue siendo una persona y no un lugar. Eso fue lo que lo salvó –respondí, pasándole mi mano para quitarle el polvo acumulado. Pero Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. El hombre viejo había vuelto a hablar.

-Así era el desierto de donde vine –dijo levantando su mano derecha, la palma extendida. –El cielo era de un color azul gastado, y el suelo, de un marrón desteñido.
Y tanto el cielo como el suelo empezaron a adquirir color.
-Cuando llegué por este camino…
Y el camino apareció.
-…me recibieron los perros…
Y aparecieron perros, jadeantes y ladrantes.
-…Y un hombre me vendió un tomate. Nunca había visto algo así -dijo, tomando entre sus manos un tomate del puesto de verduras que acababa de hacer aparecer.

Entonces, entendí el plan. El hombre viejo estaba construyendo una nueva Calaterra, que era igual a la vieja.

Algunos calaterrenses empezaron a imitarlo. En pocos minutos un nuevo Barrio de los Mercaderes estaba terminando de dibujarse. Aparecieron tres tarimas: una para los artistas, otra para los dementes y otra para los profetas, y una nueva posada, en el mismo lugar de la anterior. Corrimos a cobijarnos, pero la posada, por dentro, estaba vacía, como el decorado de una obra de teatro antes del estreno.
-Hay que esperar un poco. La ciudad todavía no esta terminada –advertí.

Toda la ciudad se parecía más a su dibujo que a sí misma. La nueva Calaterra estaba a medio camino entre el estar y el no existir, y hasta las piedras todavía eran huecas.
-Lástima de ciudad. Pero nosotros nos vamos. Ya no tenemos nada más que hacer acá -dijo Macedonio. -¿Vas a acompañarnos?, espía.
Asentí con la cabeza. La espantosa semana de los milagros estaba finalizando.

Salimos con facilidad atravesando los muros inconsistentes de la nueva Calaterra, como si fuéramos fantasmas. Nadie nos prestó atención: el único gesto de despedida fue un piedrazo que se estrelló contra la espalda de Leandro, arrojado por la mujer gorda que todavía se negaba a creer que no fuéramos profetas.
-Ya te dije que estos tipos no me gustan –reafirmó Leandro, quitándose de memoria con la mano los restos de polvo que le deshonraban la espalda.

“Su Majestad, Cuesta resbaladiza Bajo los Pies del Deshonesto, Azúcar Negra que Gusta y Alegra”: a la mañana siguiente llegamos a Calaluna, la ciudad hermana de Calaterra. Allí, las historias corren más rápido que las personas. En la taberna -mis visitas a una ciudad siempre empiezan por la taberna- los parroquianos están hablando de Calaterra y de los tres dioses que visitaron la ciudad.

-Dicen que a cada uno le regalan el milagro que se les pide -vocifera un joven de pelo verde, picado de viruela.
-No han de ser dioses, entonces -sostiene el tabernero. -Un buen dios nunca cumple lo que le piden sus devotos.
-Solo eran tres profetas, pero dicen que se robaron la ciudad y no querían devolverla. Y nunca va a saberse dónde quedó escondida-murmuró un hombre flaco de bigotes gruesos.

Yo dejo por un momento mi vaso de vino y hago un racconto a la ávida concurrencia de todo lo vivido: Digo que hoy existen dos Calaterras en un mismo lugar: la Nueva, la del deseo; y la vieja, la de la realidad. Que la Calaterra del deseo se va a ir desvaneciendo, porque las cosas que son del sueño no sobreviven mucho tiempo entre la gente despierta. Que en su lugar va a aparecer la vieja y querida Calaterra. Que al principio nadie va a darse cuenta, pero dentro de algunas semanas todo va a volver a ser como antes, y el enamorado va a volver a enamorarse de su Dorelia, y va a reírse y a llorar de nuevo, y ningún espía, ni Dios ni profeta va a poder hacer nada al respecto.

Los hombres del pueblo se ríen aparatosamente y me palmean la espalda en reconocimiento a mi ignorancia, puesto que es sabido que los forasteros no saben nada de nada, y siguen contándose las historias que quieren escuchar. Pero, lo que nunca sabrán es que cada vez que hablan de Calaterra y de su espantosa semana de los milagros están hablando de mí y de mis amigos. Yo también me río mientras termino de imaginar esta carta que voy a escribirle apenas pueda, Su Majestad, para que usted me crea, porque tengo miedo de ir desapareciendo en este mar de historias ajenas, de dejar de ser el que cuenta para volverme parte del cuento, de dejar de ser el hombre de las mentiras para convertirme en lo mentido, de no ser más el soñador para transformarme en lo soñado...


-Fin-

lunes

Mitos de la Creación


Aquella noche –cuentan los Libros Sagrados- Dios se sentó a mirar un capítulo de “Friends”, pero el cansancio fue más fuerte y al rato ya estaba dormitando en su poltrona. Se despertó con fastidio, porque el capítulo ya había terminado; se puso su pijama azul decorado con motivos geométricos, y, medio dormido, enfiló hacia la cocina para prepararse un té con leche. Por fin, calentito y en la cama, trató de continuar con esa novela policial que Gabriel le había regalado para su cumpleaños, pero ya en el segundo párrafo se cansó del libro y se durmió. Comenzó entonces a soñar que creaba el mundo, que la Tierra se llenaba de toda clase de seres reales e imaginarios, y que millones de millones de millones de personas nacían y crecían y vivían unas vidas llenas de tristezas y de gozos.

“Somos el sueño de Dios”, declaran los Libros Sagrados. “Por eso tenemos que ser cuidadosos y no hacer ruido. Ay de nosotros, hermanos, si nuestro Dios llegara a despertarse...”

En la isla de Marisabidelia hay más dioses que gente. Son 144.248 las deidades oficialmente censadas y admitidas, y se sospecha de la existencia de un par de miles más. Todos estos dioses participaron de la creación del mundo; es por eso –explican los marisabidelienses- que el universo es una cosa tan contradictoria: allí donde un dios propuso la vida eterna, otro dios instauró la muerte obligatoria; donde uno instituyó la misericordia, otro estableció la cumbia. Los dioses de Marisibidelia desconocen la engañosa justicia de la unanimidad, cada deidad hace lo que se le canta y vivir bajo su orden es estar dentro de algo muy parecido al caos.

Antes del principio apenas había un poquito de nada, algunas sombras alargadas y un montón de formas sin forma. “¿No es hora de crear algo?”, le preguntó la diosa a su marido. “Todavía no es tiempo”, respondió el dios. El silencio de la inexistencia era tan fuerte que ensordecía. “¿Cuándo es tiempo? ¡Para vos nunca es tiempo!”, rezongó la diosa en voz alta, en evidente desafío al único capaz de oírla. “No es tan sencillo” –se defendió el dios. Y el penetrante olor de lo que todavía no había empezado a ser llenaba el aire... “¿Por qué no es tan sencillo?”, protestó la diosa. “Porque quiero que sea perfecto. Una danza ordenada de planetas, sistemas solares y nebulosas.” Tantos millones de billones de años duró la discusión marital, que el universo decidió germinar por sí mismo. Y apareció un buen día, de repente, sin dios ni diosa que lo asistieran en su nacimiento. El mundo —afirma nuestra leyenda— es el hijo de la distracción de los dioses. Como la vida: ese otro gran descuido.

El pueblo de los dinorasalvinos (tan sentimentales ellos, tan afectos al novelón) sostiene que Dios no creo el universo: lo encontró, indefenso y desamparado, a un costado de su camino. “¿Quién puede ser capaz de abandonar un universo tan lindo como este?”, se dijo a sí mismo —porque en aquel entonces no existía nadie a quien preguntarle— mientras tomaba al universo neonato entre sus brazos: era tan bonito, que Dios decidió dedicar toda su existencia eterna a alimentarlo y educarlo.
La teología de los dinorasalvinos, sufragada con los peores elementos de folletinería romántica, afirma que cuando llegue el Día del Último Capítulo, los malvados recibirán su castigo, los esforzados amantes serán felices comiendo pop corn y Dios nos revelará el nombre de nuestro verdadero Padre. Y en el cielo, escrita con letras cursivas de neón, refulgirá la palabra: “Fin”.

Inbox


Un nuevo virus ha sido descubierto. Llega en un e-mail titulado estenoesunvirus.exe y es muy poderoso: cuando se abre, entra en tu disco rígido, se mete en todos los archivos de texto y reemplaza las palabras "sí" por "no" y "siempre" por "nunca". Como si esto fuera poco, también se ocupa de sustituir frases como "te quiero" por "te odio con toda mi alma"; "te lo pido por favor" por "si de verdad querés seguir con vida" y "te ruego que me perdones" por "dejate de embromar". Y viceversa. Quizás ya invadió tu máquina y la mía. Si el tuyo no es el caso, te pido perdón por hacerte perder parte de tu valioso tiempo. Por favor, enviale este mensaje a todos lo que conozcas. Te quiero mucho, como siempre.


Yo no soy de mandar este tipo de mensajes, (pero siempre los mando porque considero que violentar las propias creencias es un hábito que amplía nuestro horizonte moral). ¡Podés ganar plata con Internet! Un desconocido digno de toda confianza le contó a un amigo mío que Microsoft te regala 10.000 dólares por ser como sos. Sólo tenés que mandar este mensaje a todas las personas que puedas, y sentarte a esperar el cheque. Como me imagino que no sos una persona tan estúpida como parece a primera vista, seguramente te estarás preguntando qué beneficios obtiene Bill Gates con este trato. No te preocupes: no vas perder ni un centavo. Solo se trata de dinero proveniente del lavado de narcodólares, venta de armamentos y trata de blancas de algunos países pobres de América del Sur.

Todos por Brian Alexis. El pequeño Brian Alexis tiene espeleologismo, una extraña enfermedad que le impide padecer el dolor y sufrir cualquier tipo de desgaste físico. La Fundación Interisleña de Lucha contra las Enfermedades que No Existen está investigando desde hace años con el fin encontrar la forma de devolverlo a la normalidad. Por eso accedió a donarse a si misma la suma de 0,7 (cero coma siete) hotdog sin mostaza por cada e-mail que reciba. Mandale este mensaje a todos los que puedas.

¡Cuidado! En Venezuela, hace poco tiempo, un hombre probó uno de los bollitos de vainilla y coco que le había preparado su pequeña hijita en el kindergarten. Dicho bollito contenía una fuerte dosis de barbitúricos, estimulantes y estupefacientes que empujaron a nuestro amigo por el camino de la perdición y lo hundieron en el fango de la abyección más profunda. Por eso, si algún niñito o niñita, con gesto inocente, te ofrece un bollito confeccionado por sus propias manitas, golpéalo sin consideración y llama a la policía lo más rápido posible. No digas que no te lo avisamos, y mandale este mensaje a todos los que sean tan paranoicos como vos y yo.

¡Internet es la herramienta para la expansión de tu empresa! Si querés ampliar tu negocio y ser uno de los primeros que pone su pie en otros mundos, aquí te ofrecemos un CD-Rom con 15.000 direcciones electrónicas de personajes imaginarios y/o fallecidos. Tu producto puede ser conocido y comprado por personalidades, tales como Sandokán, Carlos Gardel, Lola Flores, Ramses II, Juan Salvador Gaviota, Rasputín, Raskolnikov o el Conejo de Pascua. ¡No te pierdas esta oportunidad!

Una historia para pensar. Mary Ann era una joven silenciosa y reservada; a lo largo de los catorce años de ensayo que compartió con nosotros en el Coro de la Iglesia Bautista Dominical, nunca le vimos abrir la boca. Un día se murió, o algo así -la verdad es que mucho no me acuerdo- y encontramos una carta en su escritorio. Decía así: "Chicas: No se olviden de subirse bien las medias, cerrar bien la botella de Coca Cola después de servirse, y quitarse las pelusas del suéter de lana. Háganlo ahora, mientras tengan tiempo para hacerlo. Para mí -ahora que estoy muerta, o algo así- ya es demasiado tarde. Y, por favor, manden este mensaje a todos las personas que conozcan. Firmado: Elizabeth Sue".

Internet está lleno de ese... qué sé yo, viste?

domingo

La Espantosa Semana de los Milagros | V Parte


Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?

-Podrías volver a tu desierto.
-Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.


“Su Majestad: Corazón de Melón, Mano Poderosa que todo lo Vigila”, en este momento lo imagino escuchando mi relato con los ojos entornados, mientras acaricia los festones de seda de su manto. Me imagino como se mueren de sueño los Cortesanos de Turno De Esa Hora, y como el Coro de Aduladores Reales trata de disfrazar sus bostezos de suspiros. “Habría que liquidar a esta ciudad. Es peligrosa: los pueblos que pueden cumplir con todos sus deseos no necesitan un Soberano que los proteja”, piensa entre sueños el Consejero Real, que sólo sabe recomendar guerras. Pero el Tesorero Aúleo -que sólo sabe cancelarlas, porque le salen demasiado caras al Erario- anda deambulando por el mismo sueño. “Sí que necesitan un Rey”, le contesta al Consejero. “Necesitan un Rey que los defienda de ellos mismos”. El Lector de Relatos Extensos y Aburridos anuncia con alivio que éste es el último rollo de esta historia. Las suyas son palabras mágicas que invitan a restregarse los ojos somnolientos y a preocuparse de que el rey no los pesque pensando en otra cosa. Y yo, sigo con mi relato.

Antes de volver a la posada, dejé mi soga tendida para que el viejo me siguiera. El viejo fue a buscar a sus amigos. En pocos minutos se había formado detrás de él una larguísima hilera de calaterrenses que trataban de salir de la ciudad avanzando sin soltar el salvoconducto. Uno por uno, fueron llegando a la otra punta de la soga. Toda Calaterra caía sobre nosotros, literalmente, del cielo. La posada pronto quedó atestada de gente, y los que no pudieron entrar nos espiaban desde las ventanas, sin animarse a volver a sus casas. Y aunque todos estábamos incómodos, apretados como sardinas, ninguno se atrevía a intentar el más mínimo de los milagros.

En uno de los rincones, algunos calaterrenses habían improvisado un partido de dados. Podía escucharse los bramidos de alegría de los que ganaban y los bufidos de desilusión de los que perdían.
-¿Qué están apostando? –pregunté.
-Estamos jugándonos nuestra ciudad. Yo acabo de ganarme la Calle de los Piropos y la Fábrica de Cuentas de Vidrio –dijo un hombre gordo.
Macedonio comenzó a abrirse paso entre el gentío. Tenía la mirada afiebrada de los jugadores impenitentes.
-Si vas a jugar con nosotros -profeta- hay una sola regla: nada de milagros –dijo el hombre gordo.
-Eso mismo es lo que yo digo, amigo.
-Y ¿qué vas a apostar?, Macedonio -le pregunté.
-Apuesto mi pedazo de la ciudad: la tarima de los dementes- respondió con decisión.

Macedonio no necesitaba milagros. Era tan buen jugador que sólo le tomó parte de la tarde para quedarse con la mitad de Calaterra. El Arsenal de Loros, el Callejón de los Murmuradores, el Monumento a la Guerra de las Mandarinas, la Plaza de los Amantes Fracasados, la mitad de Calaterra estaba entre sus manos. (Aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que a esta altura del asunto los otros jugadores ya se habían cansado de su ciudad y se la regalaban en cada tirada de dados). La otra mitad quedó en poder de su único rival de peso: el hombre viejo.

-Si me quedo con la ciudad, voy a construirla de nuevo -decía el hombre viejo mientras besaba sus dados y los echaba. -Va a llamarse “Nueva Calaterra”. Y todos los que estamos perdidos vamos recuperar nuestros nombres y nuestras vidas.
-Si yo gano, voy a hacer desaparecer todo -respondía Macedonio, para hacerlo enojar. Primero, voy a hacer que se esfume tu pueblito, después va a perderse su recuerdo, y, por último, van a desaparecer ustedes mismos.

Fue una larga tarde y una larga partida, pero la suerte parecía estar de ambos lados. Cuando todo indicaba que los dioses de Calaterra también se habían aburrido de nosotros y se habían ido, el viejo tentó a la suerte por última vez.
-No va a ganar el mejor, sino el más paciente -dijo tirando los dados, sin ganas y sin entusiasmo. Los dados se atropellaron entre sí y tambalearon como dos bailarines borrachos. Era un doble seis.
-¡El Ciempiés Entusiasta! ¡El más alto de los puntajes! -observó un parroquiano.
Un murmullo de excitación recorrió el aire. Pero Macedonio estaba en otro asunto. Se había llevado la mano al estómago y torcía la cara en una sola mueca.
-Estoy cansado -gimió, en sordina. -Si sigo jugando, voy a morirme.
-¡No se puede abandonar el juego! -protestamos todos.
-Nadie va a abandonar nada. Leandro va a jugar en nombre mío.
Leandro lo miró, sorprendido. Macedonio puso los dos dados en su mano.
-Confío en tu suerte, amigo.
-Confiar en mi suerte es suicidarse, Macedonio.

Leandro arrojó sus dados y gimoteó antes de que cayeran sobre la mesa. El aire podía cortarse con un suspiro. Nunca tuvo suerte Leandro, ni en el amor ni en el juego: sacó un uno y un dos, los Mellizos Tuertos, la más baja de las tiradas posibles. Cuando los dados cayeron sobre la mesa, Calaterra tenía un solo dueño, y este era el hombre viejo. Todos festejamos con aplausos tibios, la mayoría de nosotros porque no sabía si había que alegrarse o estar preocupados. Pero el hombre viejo no festejaba. Se lo veía pensativo, concentrado en otra cosa, como si hubiera ganado otro y no él.

-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad solo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.
Y, entonces, desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.

“Esta debe ser la última de las Calaterras posibles”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

(Como Calaterra, esto también se acaba)

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros | IV Parte


Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

El viernes a la madrugada, por fin, se hizo el silencio.

No era una simple ausencia de ruidos. No hay ningún silencio que se parezca a otro, y éste era un silencio sucio y frío como el de una mañana de invierno. Salí a ver lo que pasaba. “Su Majestad, Farol del Dubitativo, Zapato de Bronce en el Trasero del Renegado”, no encuentro forma de describir a la Calaterra que encontré cuando me asomé a la puerta. Podría hablar de un helado derretido de muchos sabores, o de un mazo de naipes desordenados, o de un laberinto sin puerta de entrada ni puerta de salida, o de un espejo roto. Calaterra era todo eso al mismo tiempo.

La posada era el único lugar que permanecía sin cambios. Recordé las palabras de Macedonio: “Mientras nosotros tres sigamos sin hacer milagros, este lugar es como un ancla. Es el único lugar de este pueblo que tiene que ver con la realidad y no con los deseos”. También fue mi ancla. Tomé una cuerda larga y até una de sus puntas alrededor de mi cintura. La otra punta quedó asegurada a una reja de hierro, en la ventana de la posada. Cuando estuve seguro de que la cuerda me mantenía unido a la realidad, y que si me perdía podía regresar, me zambullí en aquel desbarajuste infernal.
En algún momento me pareció que subía por un sendero empinado; luego, que flotaba en el aire; unos metros después, que caminaba de cabeza como las moscas y las arañas. Seguí avanzando hasta que la cuerda tirante me alertó de que ya era hora de volver. Como a dos pasos de mí, se encontraba un viejo que murmuraba. Estaba sentado en cuclillas, con las manos entrelazadas, como si estuviera rezando. Le hice señas.

-Hola, profeta –me dijo, sin levantarse.
-No soy un profeta. Soy un espía –contesté, enojado.
-Eso ya no importa.

Se levantó y se me acercó, mirando con curiosidad mi cuerda tirante.
-Y ¿dónde está la otra punta?- preguntó.
-En la posada. La até allí para no perderme.
-Buena idea. Todo el mundo está perdido aquí dentro, en Calaterra –sonrió. Podrías sentarte conmigo un rato para hacerme compañía.

Era una sugerencia extraña, porque no había suelo sobre el cual sentarse. Pero me vino a la mente el refrán “mejor dos personas perdidas que una sola encontrada”; aflojé mi cuerda para poder dar un par de pasos más, y me senté al lado suyo. El hombre viejo señaló hacia su izquierda.
-Creo que aquí estaba el barrio de los quirománticos y los teñidores de conejos. Y más allá había unas palmeras, pero emigraron a otro barrio.
-Y ¿los otros habitantes?
-Todos están durmiendo. Es natural: después de tres días de milagros ininterrumpidos, hasta los más jóvenes están muertos de sueño. Pero no creo que en Calaterra nadie esté descansando. Están soñando que todos sus deseos se cumplen –continuó. –Nadie puede descansar realmente cuando en el sueño le está sucediendo las mismas cosas que cuando estaba despierto…

Le eché un vistazo a mi cuerda. Aunque el camino que había recorrido atado a ella era parecido a una travesía por un laberinto, desde la punta se veía como si hubiera seguido un largo camino en línea recta.

-Y la ciudad es un supremo desastre. En algunos barrios es de noche, en otros es de día y en algunos ninguna de las dos cosas. Las flores andan por ahí diciendo estupideces. Los pájaros cantan vulgaridades y, además, hubo que soportar una lluvia de picaportes herrumbrados…

Se desinfló en un suspiro. Me hubiera gustado darle alguna palabra de consuelo, pero no se me ocurría nada y el hombre viejo tenía ganas de seguir hablando.

-Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y jamás había abandonado el desierto. Durante ese primer día caminé por el mercado con los ojos abiertos como dos preguntas. Nunca había oído tanta gente hablando al mismo tiempo; en el desierto hablábamos poco, para conservar la saliva. Esa noche no pude dormir. Tampoco pude hacerlo las noches siguientes. Era como si Calaterra tuviera mil voces que nunca se callaban. Quería irme, pero también quería quedarme. Después de mucho tiempo las voces fueron desapareciendo hasta que solo quedó una: la verdadera voz de la verdadera Calaterra que, como todos saben, es la voz de un hombre petiso, de ojos marrones y barba entrecana, como mi padre. Pero ayer las otras voces, las de la confusión, volvieron. Un mugido interminable, cientos de murmullos chillones y nerviosos, una música graciosa y distante y un canto de ratas; un trueno pavoroso o un sonido color añil. La voz de Calaterra se convirtió en un montón de voces que gritaban al mismo tiempo. Me tapé los oídos, pero ¿cómo se puede hacer para no oírlas?

-Sin embargo, yo no escucho nada.
-No me estás entendiendo, profeta. Voy a explicártelo de otra manera. Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y todo era ajeno. Después de sesenta años, cada rincón de Calaterra me saludaba por mi nombre, y yo saludaba al caminito de ladrillos, a las puertas de madera pintadas de verde, a cada perro y a cada mosca.

Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?
-Podrías volver a tu desierto.
-No me entiendes. Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.

(Esto continúa, y parece que se termina. No sé.)

jueves

Demoníacas



El día en que naciste, alguien puso un demonio a tu lado para protegerte de los peligros del Bien en estado puro. Es tu demonio de la guarda y permanecerá junto a ti durante toda la vida.

Él está allí para resguardarte de la bondad extrema y de sus acechanzas: el maniqueísmo, el Bingo y la incomprensión, la modestia excesiva o el simple aburrimiento.

El infierno no daba abasto: demasiadas almas en este mundo, demasiados pocos demonios para tantas almas. Hasta que un ministro de economía -que andaba por ahí después de una exitosa gestión durante su paso por la vida- propuso un plan de reestructuración laboral: a partir de ese día, las tareas demoníacas serian realizadas por simples seres humanos.

Desgraciadamente, el Presupuesto de las Tinieblas de este año no tiene previstos los fondos para ningún tipo de notificación. Por eso, es posible que en este momento seas el demonio de tu barrio, y que nadie se haya tomado el trabajo de avisarte. Y que los vecinos se santigüen cuando te ven pasar, y que alguien te persiga para venderte su alma.

Hay gentes tan pobres, que no tienen ni demonio que los tiente.
Dicen que, si alguien se detiene frente al espejo a las doce de la noche con una vela en la mano, puede llegar a ver al mismísimo demonio.

Yo, en cambio, puedo encontrarme con mi demonio todos los días y a cualquier hora. Lo veo en el espejo, y tiene mi misma cara.

Hay un demonio que se ocupa de tentar a la gente humilde. Se acerca a sus víctimas y, con todo respeto, les dice: "¡Te felicito! Recibe mi homenaje: tu humildad es tan grande que ni el demonio más poderoso podría someterla".

Entonces, los pobres y humildes seres se sienten orgullosos de su humildad y caen en el pecado de soberbia, o en la falsa modestia, que es más o menos lo mismo.
Hay demonios que son tan pobres que solo pueden merodear por las calles mendigándote un alma, sin poder darte nada a cambio. A algunos de estos pobres demonios (varias veces, y de pura lástima) yo les regalé la mía.

Pero estos contratos no tienen validez, y todos son impugnados en los Tribunales Infernales, porque no encuentran maldad en ninguna de las dos partes.

miércoles

Durantemientras



Y tan contentos estábamos con nuestro nacimiento que decidimos festejarlo todos los años, el mismo día y a la misma hora. Y aplaudir los nacimientos ajenos. Y recordar todas las gestaciones, habidas y por haber: el Nacimiento de los Estados Nacionales y de la Ciencia Moderna Tal Como la Conocemos; de la Primavera lluviosa, de un nuevo desodorante a bolilla, y de la Nebulosa de Andrómeda. Porque así somos en nuestro pueblo: desde el principio, -y por principio-, celebramos todo lo que sea un principio.


En el otro pueblo -en cambio- siempre celebran los finales. Se detienen en cada ocaso para homenajear en su lenta consumación a la perfecta realización del día. Lloran los nacimientos, festejan los decesos, musicalizan los obituarios y veneran a su Dios, conocido como Teasepolvo, que en su antiguo dialecto significa El que Empuña en su Mano Derecha la Suprema Tijera que Alguna Vez Va a Ponerle Fin al Universo.

Pero cerca de aquí, a unos pocos millones de kilómetros, en una estrella titilante, hay un pueblo que le rinde culto a otra deidad singular conocida como Durantemientras; y celebra a su modo ese sutil intersticio que existe entre el principio y el final de cada cosa; entre el antes y el después. Para ellos la perfección es una larga cinta sin fin ni principio, una madeja incomenzada e infinita. Y cualquier día, a cualquier hora, sin previo aviso ni razón, se mandan una gran fiesta, con música, empanadas y todo, y así venerar lo que persiste desde siempre.

El 31 de diciembre, a la noche, la gente de mi pueblo cruza El Mar de Diferencias que los separa del pueblo vecino, para consagrar juntos el milagroso advenimiento. Principistas y finalistas, vitalistas y agoreros van a brindar y abrazarse: adoradores de lo que se inicia e idólatras de lo que perece: unos para vitorear al milenio que empieza, otros para aplaudir la centuria que termina.

Yo –agotado de tanta declaración de nacimiento y de muerte- espero estar muy lejos de ahí. Y levantando mi copa, intentar fijar una vez más mi mirada en la imperceptible estrella titilante para, entonces, celebrar, humildemente y en la misma soledad que me vió nacer, mi asombrosa permanencia.

martes

La Espantosa Semana de los Milagros | III Parte



-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a hacerlos a nosotros? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.


Nunca hubo ni habrá en todo su reino un lugar más feliz que la ciudad de Calaterra, ese miércoles por la mañana. “Su Majestad: Sonrisa de los Dioses, Lindo Capullo de Alelí”, sé que no va a entender lo que voy a decirle, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo: la ciudad era igual que antes, pero distinta. La Calaterra soñada y la Calaterra real eran la misma ciudad.

Las mujeres eran bellas y amables, y sus miradas me reconocían y se iluminaban con una sonrisa (En realidad le sonreían a todos los hombres, y cada uno de nosotros creía que esas sonrisas tenían un solo destinatario). Los hombres eran fuertes, y altos, y simpáticos, y sabios. Salí a la calle a pedir mi primer milagro: quería ser tan fuerte y tan bello como un hombre de Calaterra. Corrí hacia la fuente de la plaza para verme en el reflejo, pero nada había cambiado: mi cara era la misma de siempre.
-Es que ya eras todo lo inteligente, lo fuerte y lo bello que un hombre puede llegar a ser -dijo Leandro, más tarde.
-O no pediste con suficiente fe -trató de explicar Macedonio.

Yo estaba triste. “Así fue siempre mi vida. Los milagros pasan por delante de mí, me hacen burlas y se escapan”. Decidí hacer lo que siempre hago cuando estoy triste y enojado, y salí en busca de una pluma y un trozo de papiro en donde escribir algo: “Al final de cuentas, solo estoy acá para ver y tomar nota de todo”- me dije, sin convencerme.

De pronto, empezó a sonar una música de fiesta, y una chica clara de ojos negros me tomó del brazo y me llevó a cantar con sus amigas. Bailamos, comimos, nos reímos y bailamos de nuevo hasta que se hizo de noche y ya no podíamos reconocer las caras de nuestros compañeros. El frío se hizo presente intempestivamente, y todos se retiraban rápidamente a sus casas. Yo no quería irme. Busqué, a un costado de la fogata, un lugar abrigado para dormir. Sólo quedaba una fogata ardiendo, y al lado de ella estaba el joven enamorado, echando pedazos de corteza en el fuego. Resignado, me senté junto a él. Como si yo le hubiera preguntado algo, empezó a hablarme:

-Todos los habitantes de Calaterra pidieron ser más jóvenes. Yo, en cambio, pedí otra cosa.
Bostecé. No lo hice a propósito. Estaba realmente cansado.
-Antes tenía miedo de que Dorelia no me quisiera, y pedí un milagro. Ahora Dorelia me ama.
-Y ¿entonces? –dije medio dormido, sin ganas ni interés. El joven enamorado tenía los ojos rojos y húmedos, a punto de lanzar un llanto.
-Ahora sufro, porque tengo miedo de perderla.

Esa noche soñé que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y boca y los árboles hacían carreras por las calles de Calaterra. Al amanecer, cuando desperté, vi que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y bocas, y me levanté rápidamente antes de ser atropellado por un abedul que pasaba disparado, dejando un reguero de hojas en su camino. Me puse de pie, con la mente nublada y los huesos doloridos por el sueño a la intemperie, y traté de volver a la taberna.

La travesía fue por demás peligrosa -los árboles y los arbustos se interponían en mi camino, y estuve a un paso de ser tragado por varias casas hambrientas- pero a la mitad de la mañana ya estaba llegando a la puerta de la posada. La reconocí con facilidad. Era la única casa que no había cambiado de aspecto ni se había movido de su sitio.

Lo único extraño era aquel árbol sentado al lado de la puerta. Tenía su espalda encorvada (si es que los árboles tienen espalda) y con dos de sus ramas, a modo de brazos, se cubría el rostro (si es que un árbol puede tener rostro). No parecía uno de esos árboles trotadores que acababa de esquivar en mi camino. Y el sonido de su voz me parecía extrañamente familiar.
-Te conozco –me dijo cuando pasé a su lado.

Era la voz del joven enamorado. Me quedé mirándolo unos segundos, sorprendido. Él apoyó una de sus ramas en mi hombro.
-Te estarás preguntando que fue lo que me pasó –continuó.
-No me estaba preguntando nada.
-Voy a decírtelo. Hoy pedí un milagro: no sufrir más por el amor de Morelia. Y ahora soy un árbol. ¿Sabías que las plantas no sufren ni se ponen contentas?

Le sonreí sin cortesía y entré a la posada. “Pero esto no está tan mal. Sólo que extraño un poco a la tristeza…” -le oí decir vagamente.
Adentro, Leandro y Macedonio ocupaban su mesa de siempre. Había unos restos de comida y dos copas de vino vacías.
-Ahí llega nuestro espía. Ya somos tres para los dados –sonrió Leandro.
-Pero está mareado. Debe andar con resaca de milagros- agregó Macedonio.
Me senté con ellos.
-Espía: si vas a jugar con nosotros, te aclaramos que este juego de dados tiene una sola regla: nada de milagros.
Leandro arrojó sus dados sobre la mesa.
-¡Un seis y un uno! ¡El ciempiés rengo!
-Perdiste –dijo Macedonio. -Es natural. Nunca tuviste suerte, ni para el amor ni para el juego.
Leandro asintió con tristeza.
-¿Por qué son los únicos en este pueblo que no quieren hacer milagros? –pregunté.
-Yo no me animo –dijo Leandro. –Los milagros no tienen marcha atrás. No se puede “desmilagrizar”. Es demasiada responsabilidad.
-Además, –continuó Macedonio, como para sí, mientras inspeccionaba sus dados– es aburrido. Cada vez que en un pueblo como este existió la posibilidad del milagro, pasó siempre lo mismo. Seguro que en este momento el sol y la luna están juntos, tan juntos que no se sabe donde empieza uno y donde termina la otra. ¿Te cuesta creerme? No hay más que mirar por la ventana…
Me asomé a la ventana, y vi que no era de día, ni de noche, ni todo lo contrario.
-Además -continuó Macedonio-, seguro que la línea del horizonte se borró, y el cielo y la tierra son la misma cosa.
Era verdad. Por eso había tardado tanto en encontrar la puerta de la posada.
-Y en pocos segundos comenzarán a llover candados.
-Y aparecerán unos pájaros muy extraños, cada uno de ellos con la cara de la reina, para cantar algunas canciones indecentes acerca del rey y un pato.
-Y las flores hablarán en idiomas aromáticos desconocidos.
-Y nacerán cachorros dálmatas perfectos, sin una sola mancha.
-¿Cómo saben que va a pasar todo esto? – pregunté admirado.
-Si tuvieras el poder de hacer milagros, ¿acaso se te ocurriría hacer otra cosa?
Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

(Estos milagros continúan)

domingo

La Espantosa Semana de los Milagros | II Parte


-La plaza es un lugar muy grande. ¿Dónde conviene empezar a predicar?
-La plaza tiene la forma de un triángulo –describí. -En cada uno de sus vértices hay una tarima para que todo el que tenga algo que decir, se trepe y hable. Los escenarios son tres: la tarima de los dementes, la tarima de los profetas y la tarima de los artistas.
-¿Y en cuál deberíamos subirnos para que todos nos conozcan y nos escuchen?
-En la tarima de los dementes.


El martes al mediodía la plaza estaba colmada de gente. Debajo de la tarima de los dementes había una larga fila de locos esperando su turno de subir. Mientras tanto, un orate explicaba que el fin del mundo ya había llegado, que había sido hace tres años, pero que ninguno de nosotros se había dado cuenta. En la tarima de los artistas, un hombre hacía una demostración del arte de la conferencia muda: estaba parado de frente al público, sencillamente, sin abrir la boca ni decir palabra. Ninguno de ellos era competencia para Macedonio y Leandro.
-¿Y si vamos al escenario del medio? Ése, el de los profetas. No hay nadie allí -sugirió Leandro.
-Ni se les ocurra! Todo el mundo sabe que los profetas no son para ser escuchados: están para que el pueblo se ría con lo que dicen, para que después se indignen y más tarde matarlos a piedrazos o de tristeza. Hay que reconocer que algunos, después de asesinarlos, los lloran y les hacen un digno monumento. Pero no creo que a ustedes les guste pasar por eso.
Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. Trepaban con todo entusiasmo al escenario de los profetas, sin darse cuenta de los manchones de sangre seca que adornaban su madera. Corrí hacia ellos para alertarlos, pero ya era demasiado tarde: Macedonio golpeaba palmas para llamar la atención de todos.
-¡Amigos! ¡Somos el regalo que nuestro Maestro les manda a Calaterra!
Los calaterranses más lentos corrieron hacia el escenario. Los más rápidos ya estaban en los primeros lugares, con su piedra en la mano.
-¿Y ustedes son sus profetas? –preguntó con ansiedad una mujer gorda, con un solo ojo claro y un bebé entre sus brazos.
-No. Sólo somos hacedores de milagros.
Un “¡Oh…!” de desilusión recorrió la plaza y el mercado. Con tristeza, varios dejaron caer sus piedras al suelo.
-No venimos a profetizar nada. Venimos a hacer muchos milagros, para que ustedes crean y crean de verdad.
-¿Y si creemos?, aunque no haya milagros –preguntó un muchacho de pelo rojo.
-¿Y si, aunque haya milagros, nosotros no les creemos? –preguntó su amigo, otro muchacho albino, con la cara llena de granos.
-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a nosotros a hacerlos? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia, cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.
-Pero –agregó Leandro- no todo va a ser tan fácil. Hoy a la noche va a caer una lluvia con olor a gato. Y todos deberán salir a la calle imitando el graznido de un pato nervioso.
Macedonio tomó a su compañero por el hombro.
-¡Eso no lo habíamos acordado! ¿Para qué?
-Cuánto más difícil hagamos todo, más respeto van a tenernos. Además, estos tipos no me gustan nada.
Se levantaron algunas voces de protesta, pero ese fue el único gesto de intransigencia; eso y una piedra perdida que golpeó el hombro izquierdo de Leandro, y que seguramente pertenecía a alguien que se resistía a creer que ellos no fueran profetas. Esa noche llovió una lluvia con olor a gato. Yo salí unos minutos para bañarme y hacer mi imitación de la voz del pato nervioso. Después, me dormí soñando con todo lo que iba a hacer al otro día, cuando tuviera mis nuevos poderes.

(Esto todavía continúa)