miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros | IV Parte


Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

El viernes a la madrugada, por fin, se hizo el silencio.

No era una simple ausencia de ruidos. No hay ningún silencio que se parezca a otro, y éste era un silencio sucio y frío como el de una mañana de invierno. Salí a ver lo que pasaba. “Su Majestad, Farol del Dubitativo, Zapato de Bronce en el Trasero del Renegado”, no encuentro forma de describir a la Calaterra que encontré cuando me asomé a la puerta. Podría hablar de un helado derretido de muchos sabores, o de un mazo de naipes desordenados, o de un laberinto sin puerta de entrada ni puerta de salida, o de un espejo roto. Calaterra era todo eso al mismo tiempo.

La posada era el único lugar que permanecía sin cambios. Recordé las palabras de Macedonio: “Mientras nosotros tres sigamos sin hacer milagros, este lugar es como un ancla. Es el único lugar de este pueblo que tiene que ver con la realidad y no con los deseos”. También fue mi ancla. Tomé una cuerda larga y até una de sus puntas alrededor de mi cintura. La otra punta quedó asegurada a una reja de hierro, en la ventana de la posada. Cuando estuve seguro de que la cuerda me mantenía unido a la realidad, y que si me perdía podía regresar, me zambullí en aquel desbarajuste infernal.
En algún momento me pareció que subía por un sendero empinado; luego, que flotaba en el aire; unos metros después, que caminaba de cabeza como las moscas y las arañas. Seguí avanzando hasta que la cuerda tirante me alertó de que ya era hora de volver. Como a dos pasos de mí, se encontraba un viejo que murmuraba. Estaba sentado en cuclillas, con las manos entrelazadas, como si estuviera rezando. Le hice señas.

-Hola, profeta –me dijo, sin levantarse.
-No soy un profeta. Soy un espía –contesté, enojado.
-Eso ya no importa.

Se levantó y se me acercó, mirando con curiosidad mi cuerda tirante.
-Y ¿dónde está la otra punta?- preguntó.
-En la posada. La até allí para no perderme.
-Buena idea. Todo el mundo está perdido aquí dentro, en Calaterra –sonrió. Podrías sentarte conmigo un rato para hacerme compañía.

Era una sugerencia extraña, porque no había suelo sobre el cual sentarse. Pero me vino a la mente el refrán “mejor dos personas perdidas que una sola encontrada”; aflojé mi cuerda para poder dar un par de pasos más, y me senté al lado suyo. El hombre viejo señaló hacia su izquierda.
-Creo que aquí estaba el barrio de los quirománticos y los teñidores de conejos. Y más allá había unas palmeras, pero emigraron a otro barrio.
-Y ¿los otros habitantes?
-Todos están durmiendo. Es natural: después de tres días de milagros ininterrumpidos, hasta los más jóvenes están muertos de sueño. Pero no creo que en Calaterra nadie esté descansando. Están soñando que todos sus deseos se cumplen –continuó. –Nadie puede descansar realmente cuando en el sueño le está sucediendo las mismas cosas que cuando estaba despierto…

Le eché un vistazo a mi cuerda. Aunque el camino que había recorrido atado a ella era parecido a una travesía por un laberinto, desde la punta se veía como si hubiera seguido un largo camino en línea recta.

-Y la ciudad es un supremo desastre. En algunos barrios es de noche, en otros es de día y en algunos ninguna de las dos cosas. Las flores andan por ahí diciendo estupideces. Los pájaros cantan vulgaridades y, además, hubo que soportar una lluvia de picaportes herrumbrados…

Se desinfló en un suspiro. Me hubiera gustado darle alguna palabra de consuelo, pero no se me ocurría nada y el hombre viejo tenía ganas de seguir hablando.

-Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y jamás había abandonado el desierto. Durante ese primer día caminé por el mercado con los ojos abiertos como dos preguntas. Nunca había oído tanta gente hablando al mismo tiempo; en el desierto hablábamos poco, para conservar la saliva. Esa noche no pude dormir. Tampoco pude hacerlo las noches siguientes. Era como si Calaterra tuviera mil voces que nunca se callaban. Quería irme, pero también quería quedarme. Después de mucho tiempo las voces fueron desapareciendo hasta que solo quedó una: la verdadera voz de la verdadera Calaterra que, como todos saben, es la voz de un hombre petiso, de ojos marrones y barba entrecana, como mi padre. Pero ayer las otras voces, las de la confusión, volvieron. Un mugido interminable, cientos de murmullos chillones y nerviosos, una música graciosa y distante y un canto de ratas; un trueno pavoroso o un sonido color añil. La voz de Calaterra se convirtió en un montón de voces que gritaban al mismo tiempo. Me tapé los oídos, pero ¿cómo se puede hacer para no oírlas?

-Sin embargo, yo no escucho nada.
-No me estás entendiendo, profeta. Voy a explicártelo de otra manera. Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y todo era ajeno. Después de sesenta años, cada rincón de Calaterra me saludaba por mi nombre, y yo saludaba al caminito de ladrillos, a las puertas de madera pintadas de verde, a cada perro y a cada mosca.

Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?
-Podrías volver a tu desierto.
-No me entiendes. Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.

(Esto continúa, y parece que se termina. No sé.)

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