
Anoche nos juntamos para despedirnos del Año. El Año Viejo llegó un poco tarde. “Perdónenme” –se disculpó- “Estuve en una comida que me hicieron los muchachos del Registro Civil de Flores”. No éramos muchos, porque a esta altura al pobre Año ya nadie quiere dirigirle la palabra; por eso sólo habíamos venido nosotros y algunos pocos Años amigos. Estaban el Milnovecientosochentaiseis y el Milnovecientosnoventaycuatro: se los veía rejuvenecidos y al lado del Dosmil -arrugado y avejentado por el ejercicio de sus días- más parecían sus hermanos menores que sus precursores. El alcohol y la emoción apuraron las confidencias. Yo me acerqué al Dosmil y le hice esta pregunta:
-Hay algo que siempre quise saber. El año que se va, ¿adónde se va?.
El Año Viejo me miró, extrañado.
-¿Irme? Los años no se van. Los años se quedan. Los que pasan, los que se van, son ustedes...
Como todos los años, nos reunimos alrededor de la mesa y hablamos todos al mismo tiempo y nos reímos mucho sin saber bien por qué y entonces alguien alzó su copa y nos invitó a brindar por aquello que todos sabíamos y todos sonreímos, cómplices, y brindamos por eso que todo el mundo sabía y chocamos nuestras copas sin saber, maldita sea la cosa, qué demonios era lo que estábamos festejando.
Éramos tan pobres que nadie tenía plata para petardos ni cañitas voladoras: por eso festejábamos el fin de año haciendo declaraciones explosivas. La cosa empezaba -como en las malas obras de teatro de los setenta- con un detonante casual: un pollo demasiado cocido, o un vaso de sidra derramado sobre el mantel de la mesa. Cualquiera de nosotros, entonces, con la cara roja por el alcohol y la indignación, comenzaba acusando a otro de alguna infamia, genuina o supuesta: “proxeneta”, “idiota útil del estalinismo”, “falsificadora de documentos públicos” o “uxoricida”... Las doce campanadas nos encontraba dispuestos a perdonarnos y todos nos abrazábamos con legítimo afecto.
Dios, cómo extraño aquellas fiestas.
Son tantas las fiestas que esta noche optamos por la injusta y ecuánime precisión matemática y decidimos pasar veintidós minutos en cada festejo. Pero esos veintidós minutos son minutos de inquietud y descontento; no dejamos de mirar nuestro reloj y de extrañar las otras fiestas. Al final, lo mejor de la noche son esos minutos intermedios, ese tránsito ansioso de los que partimos esperanzados a buscar la hora y el lugar exacto de aquella fiesta que fue preparada para nosotros, que nos está destinada: la fiesta perfecta, que empezó cuando nos fuimos y que termina en el exacto momento en el que ingresamos a ella.
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