martes

La Espantosa Semana de los Milagros | III Parte



-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a hacerlos a nosotros? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.


Nunca hubo ni habrá en todo su reino un lugar más feliz que la ciudad de Calaterra, ese miércoles por la mañana. “Su Majestad: Sonrisa de los Dioses, Lindo Capullo de Alelí”, sé que no va a entender lo que voy a decirle, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo: la ciudad era igual que antes, pero distinta. La Calaterra soñada y la Calaterra real eran la misma ciudad.

Las mujeres eran bellas y amables, y sus miradas me reconocían y se iluminaban con una sonrisa (En realidad le sonreían a todos los hombres, y cada uno de nosotros creía que esas sonrisas tenían un solo destinatario). Los hombres eran fuertes, y altos, y simpáticos, y sabios. Salí a la calle a pedir mi primer milagro: quería ser tan fuerte y tan bello como un hombre de Calaterra. Corrí hacia la fuente de la plaza para verme en el reflejo, pero nada había cambiado: mi cara era la misma de siempre.
-Es que ya eras todo lo inteligente, lo fuerte y lo bello que un hombre puede llegar a ser -dijo Leandro, más tarde.
-O no pediste con suficiente fe -trató de explicar Macedonio.

Yo estaba triste. “Así fue siempre mi vida. Los milagros pasan por delante de mí, me hacen burlas y se escapan”. Decidí hacer lo que siempre hago cuando estoy triste y enojado, y salí en busca de una pluma y un trozo de papiro en donde escribir algo: “Al final de cuentas, solo estoy acá para ver y tomar nota de todo”- me dije, sin convencerme.

De pronto, empezó a sonar una música de fiesta, y una chica clara de ojos negros me tomó del brazo y me llevó a cantar con sus amigas. Bailamos, comimos, nos reímos y bailamos de nuevo hasta que se hizo de noche y ya no podíamos reconocer las caras de nuestros compañeros. El frío se hizo presente intempestivamente, y todos se retiraban rápidamente a sus casas. Yo no quería irme. Busqué, a un costado de la fogata, un lugar abrigado para dormir. Sólo quedaba una fogata ardiendo, y al lado de ella estaba el joven enamorado, echando pedazos de corteza en el fuego. Resignado, me senté junto a él. Como si yo le hubiera preguntado algo, empezó a hablarme:

-Todos los habitantes de Calaterra pidieron ser más jóvenes. Yo, en cambio, pedí otra cosa.
Bostecé. No lo hice a propósito. Estaba realmente cansado.
-Antes tenía miedo de que Dorelia no me quisiera, y pedí un milagro. Ahora Dorelia me ama.
-Y ¿entonces? –dije medio dormido, sin ganas ni interés. El joven enamorado tenía los ojos rojos y húmedos, a punto de lanzar un llanto.
-Ahora sufro, porque tengo miedo de perderla.

Esa noche soñé que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y boca y los árboles hacían carreras por las calles de Calaterra. Al amanecer, cuando desperté, vi que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y bocas, y me levanté rápidamente antes de ser atropellado por un abedul que pasaba disparado, dejando un reguero de hojas en su camino. Me puse de pie, con la mente nublada y los huesos doloridos por el sueño a la intemperie, y traté de volver a la taberna.

La travesía fue por demás peligrosa -los árboles y los arbustos se interponían en mi camino, y estuve a un paso de ser tragado por varias casas hambrientas- pero a la mitad de la mañana ya estaba llegando a la puerta de la posada. La reconocí con facilidad. Era la única casa que no había cambiado de aspecto ni se había movido de su sitio.

Lo único extraño era aquel árbol sentado al lado de la puerta. Tenía su espalda encorvada (si es que los árboles tienen espalda) y con dos de sus ramas, a modo de brazos, se cubría el rostro (si es que un árbol puede tener rostro). No parecía uno de esos árboles trotadores que acababa de esquivar en mi camino. Y el sonido de su voz me parecía extrañamente familiar.
-Te conozco –me dijo cuando pasé a su lado.

Era la voz del joven enamorado. Me quedé mirándolo unos segundos, sorprendido. Él apoyó una de sus ramas en mi hombro.
-Te estarás preguntando que fue lo que me pasó –continuó.
-No me estaba preguntando nada.
-Voy a decírtelo. Hoy pedí un milagro: no sufrir más por el amor de Morelia. Y ahora soy un árbol. ¿Sabías que las plantas no sufren ni se ponen contentas?

Le sonreí sin cortesía y entré a la posada. “Pero esto no está tan mal. Sólo que extraño un poco a la tristeza…” -le oí decir vagamente.
Adentro, Leandro y Macedonio ocupaban su mesa de siempre. Había unos restos de comida y dos copas de vino vacías.
-Ahí llega nuestro espía. Ya somos tres para los dados –sonrió Leandro.
-Pero está mareado. Debe andar con resaca de milagros- agregó Macedonio.
Me senté con ellos.
-Espía: si vas a jugar con nosotros, te aclaramos que este juego de dados tiene una sola regla: nada de milagros.
Leandro arrojó sus dados sobre la mesa.
-¡Un seis y un uno! ¡El ciempiés rengo!
-Perdiste –dijo Macedonio. -Es natural. Nunca tuviste suerte, ni para el amor ni para el juego.
Leandro asintió con tristeza.
-¿Por qué son los únicos en este pueblo que no quieren hacer milagros? –pregunté.
-Yo no me animo –dijo Leandro. –Los milagros no tienen marcha atrás. No se puede “desmilagrizar”. Es demasiada responsabilidad.
-Además, –continuó Macedonio, como para sí, mientras inspeccionaba sus dados– es aburrido. Cada vez que en un pueblo como este existió la posibilidad del milagro, pasó siempre lo mismo. Seguro que en este momento el sol y la luna están juntos, tan juntos que no se sabe donde empieza uno y donde termina la otra. ¿Te cuesta creerme? No hay más que mirar por la ventana…
Me asomé a la ventana, y vi que no era de día, ni de noche, ni todo lo contrario.
-Además -continuó Macedonio-, seguro que la línea del horizonte se borró, y el cielo y la tierra son la misma cosa.
Era verdad. Por eso había tardado tanto en encontrar la puerta de la posada.
-Y en pocos segundos comenzarán a llover candados.
-Y aparecerán unos pájaros muy extraños, cada uno de ellos con la cara de la reina, para cantar algunas canciones indecentes acerca del rey y un pato.
-Y las flores hablarán en idiomas aromáticos desconocidos.
-Y nacerán cachorros dálmatas perfectos, sin una sola mancha.
-¿Cómo saben que va a pasar todo esto? – pregunté admirado.
-Si tuvieras el poder de hacer milagros, ¿acaso se te ocurriría hacer otra cosa?
Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

(Estos milagros continúan)

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