miércoles

Durantemientras



Y tan contentos estábamos con nuestro nacimiento que decidimos festejarlo todos los años, el mismo día y a la misma hora. Y aplaudir los nacimientos ajenos. Y recordar todas las gestaciones, habidas y por haber: el Nacimiento de los Estados Nacionales y de la Ciencia Moderna Tal Como la Conocemos; de la Primavera lluviosa, de un nuevo desodorante a bolilla, y de la Nebulosa de Andrómeda. Porque así somos en nuestro pueblo: desde el principio, -y por principio-, celebramos todo lo que sea un principio.


En el otro pueblo -en cambio- siempre celebran los finales. Se detienen en cada ocaso para homenajear en su lenta consumación a la perfecta realización del día. Lloran los nacimientos, festejan los decesos, musicalizan los obituarios y veneran a su Dios, conocido como Teasepolvo, que en su antiguo dialecto significa El que Empuña en su Mano Derecha la Suprema Tijera que Alguna Vez Va a Ponerle Fin al Universo.

Pero cerca de aquí, a unos pocos millones de kilómetros, en una estrella titilante, hay un pueblo que le rinde culto a otra deidad singular conocida como Durantemientras; y celebra a su modo ese sutil intersticio que existe entre el principio y el final de cada cosa; entre el antes y el después. Para ellos la perfección es una larga cinta sin fin ni principio, una madeja incomenzada e infinita. Y cualquier día, a cualquier hora, sin previo aviso ni razón, se mandan una gran fiesta, con música, empanadas y todo, y así venerar lo que persiste desde siempre.

El 31 de diciembre, a la noche, la gente de mi pueblo cruza El Mar de Diferencias que los separa del pueblo vecino, para consagrar juntos el milagroso advenimiento. Principistas y finalistas, vitalistas y agoreros van a brindar y abrazarse: adoradores de lo que se inicia e idólatras de lo que perece: unos para vitorear al milenio que empieza, otros para aplaudir la centuria que termina.

Yo –agotado de tanta declaración de nacimiento y de muerte- espero estar muy lejos de ahí. Y levantando mi copa, intentar fijar una vez más mi mirada en la imperceptible estrella titilante para, entonces, celebrar, humildemente y en la misma soledad que me vió nacer, mi asombrosa permanencia.

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