jueves

El más gardel de todos


Muchas cosas se cuentan sobre Gardel y lo más probable es que todas sean ciertas, porque Gardel no era un solo Gardel sino muchos gardeles, un montón de gardeles, como más de catorce gardeles.

Había un Gardel que sabía cebar mate con naranja y otro que tomaba ginebra con una gota de leche. Había un Gardel que se levantaba a todas las minas y otro Gardel que les tenía miedo. Un Gardel sandunguero que componía rumbas y foxtrotes, y otro Gardel misantrópico y huraño al que solo le salían tangos funestos. Un Gardel para las fotos con sonrisas llenas de dientes y un Gardel que se dedicaba a seducir micrófonos y que sabía como susurrarle para sacarle los mejores sonidos.

A veces un mismo Gardel se ocupaba de dos funciones al mismo tiempo; así, el Gardel gordo era el mismo Gardel que cantaba valses y el Gardel burrero era a su vez el Gardel que no dejaba de extrañar el barrio de su adolescencia y juventud y al cual nunca había abandonado, decía.

Un tío abuelo mío cuenta que una vez entró a un caserón de Villa Urquiza y se encontró a todos los gardeles juntos. Lo más probable es que esta sea una mentira, porque una ley nunca escrita prohibía categóricamente el encuentro de dos o más gardeles en un mismo lugar.

Todos tienen alguna anécdota que contar, pero andá a saber a cuál de los gardeles le pertenece. Mona Maris, la gran actriz de cine, jura que salió con el más Gardel de todos. Libertad Lamarque cuenta que una noche estaba comiéndose una muzzarella en la pizzería “Los Inmortales” cuando Gardel se sentó en su mesa, le sonrió y le dijo: “Yo soy el Gardel Gardel”.

Cuál de todos se habrá muerto en Medellín. Cuál sirvió de modelo para el bronce del cementerio de La Chacarita. Qué hicieron los que quedaron. Yo solo sé que uno -el Gardel hollywoodense- se quedó en Estados Unidos. Todas las mañanas se engominaba la cabeza, se pintaba la cara de blanco y salía

miércoles

La Historia de Uno


Uno se cansa de los otros. Entonces busca su álbum de fotografías y arranca esa hoja con el retrato de su familia; toma su encendedor, le prende fuego, y las caras, los cuerpos y las voces de los Unos se convierten en chispitas que bailan por el aire. "No se pierde mucho", piensa Uno. Cuando la familia de Uno se encontraba en un mismo cuarto -Unopadre, Unomadre, Unohermana y Unomismo- parecían cuatro piezas de rompecabezas distintos que nunca llegaban a formar una figura: cuatro que no hacían uno.

Uno encuentra la foto de sus compañeros de colegio. Es difícil distinguir la cara de Uno de las otras caras: Uno siempre trató de pasar inadvertido, de vestirse como ellos, de peinarse como todos, de escuchar la música que escucha la mayoría y de no leer los libros que los demás no leían. Sin furia y sin pena arranca la fotografía, la enciende y uno a uno desaparecen.

Uno junta las fotos de sus amigos, hace un pilón y lo convierte en cenizas. Los amigos de Uno era gente como Uno, que pensaban lo mismo que Uno, se preocupaban por las mismas cosas y disfrutaban de los mismos placeres. Espejos de Uno con diferentes rostros. Pero el fuego no pregunta. Al fuego no le interesa. El fuego se los devora.

Uno busca y rebusca, y encuentra esa instantánea de la cena con sus compañeros de trabajo. Tardan en arder e irse. La última en esfumarse es su secretaria. Estar con ella -recuerda- era como participar de una reunión de dos personas en la que una de las dos está ausente.

Uno encuentra dos imágenes: la de su primera novia (esa a la que dejó porque "los dos éramos demasiado parecidos") y la de su ex esposa (esa que dejó porque "los dos éramos demasiado diferentes"). El fuego se las bebe, despacito, y a Uno no le importa.

Y cuando Uno termina de incinerar los últimos retratos -los de aquellos cuyo nombre empieza con ele y con jota, aquellos que llevan tilde en el apellido o nariz en el rostro- recuerda que hay una fotografía que quiere salvar. Una sola: la que se sacó a sí mismo con su cámara digital. Revisa las poquísimas páginas que quedan en el álbum, pero la foto no aparece. ¡Qué lástima! -piensa-, mientras suelta el libro en llamas que se va deshojando en su camino al suelo. Antes de poder terminar otro pensamiento, Uno desaparece, dejando un cúmulo de cenizas, unos pocos pedazos de papel chamuscado y mucho olor a quemado.

Y Uno (y uno) nunca sabe qué pasó.