miércoles

La Historia de Uno


Uno se cansa de los otros. Entonces busca su álbum de fotografías y arranca esa hoja con el retrato de su familia; toma su encendedor, le prende fuego, y las caras, los cuerpos y las voces de los Unos se convierten en chispitas que bailan por el aire. "No se pierde mucho", piensa Uno. Cuando la familia de Uno se encontraba en un mismo cuarto -Unopadre, Unomadre, Unohermana y Unomismo- parecían cuatro piezas de rompecabezas distintos que nunca llegaban a formar una figura: cuatro que no hacían uno.

Uno encuentra la foto de sus compañeros de colegio. Es difícil distinguir la cara de Uno de las otras caras: Uno siempre trató de pasar inadvertido, de vestirse como ellos, de peinarse como todos, de escuchar la música que escucha la mayoría y de no leer los libros que los demás no leían. Sin furia y sin pena arranca la fotografía, la enciende y uno a uno desaparecen.

Uno junta las fotos de sus amigos, hace un pilón y lo convierte en cenizas. Los amigos de Uno era gente como Uno, que pensaban lo mismo que Uno, se preocupaban por las mismas cosas y disfrutaban de los mismos placeres. Espejos de Uno con diferentes rostros. Pero el fuego no pregunta. Al fuego no le interesa. El fuego se los devora.

Uno busca y rebusca, y encuentra esa instantánea de la cena con sus compañeros de trabajo. Tardan en arder e irse. La última en esfumarse es su secretaria. Estar con ella -recuerda- era como participar de una reunión de dos personas en la que una de las dos está ausente.

Uno encuentra dos imágenes: la de su primera novia (esa a la que dejó porque "los dos éramos demasiado parecidos") y la de su ex esposa (esa que dejó porque "los dos éramos demasiado diferentes"). El fuego se las bebe, despacito, y a Uno no le importa.

Y cuando Uno termina de incinerar los últimos retratos -los de aquellos cuyo nombre empieza con ele y con jota, aquellos que llevan tilde en el apellido o nariz en el rostro- recuerda que hay una fotografía que quiere salvar. Una sola: la que se sacó a sí mismo con su cámara digital. Revisa las poquísimas páginas que quedan en el álbum, pero la foto no aparece. ¡Qué lástima! -piensa-, mientras suelta el libro en llamas que se va deshojando en su camino al suelo. Antes de poder terminar otro pensamiento, Uno desaparece, dejando un cúmulo de cenizas, unos pocos pedazos de papel chamuscado y mucho olor a quemado.

Y Uno (y uno) nunca sabe qué pasó.

1 comentario:

EL SOLO... dijo...

Me gusta su texto,
le felicito...