miércoles

Cálculos sobre la Esperanza



Dedico esta humilde reflexión a mi querida mamá, Clelia, que hace dos días me dijo que volvería, pero no me dijo transformada en qué, y a la que espero y esperaré eternamente.


- Considerando a un sujeto promedio (alguien como nosotros, o poco menos) que avanza por la vida en dirección rectilínea sobre un número indeterminado de ilusiones.

- Viendo que éste hombre continúa atravesando, a saltos,
una superficie cada vez mayor entre esperanza y esperanza.

- Conjeturando que el 37,2 % de cada anhelo suyo
desfallece por causas naturales en un mediano lapso de tiempo.

- Calculando que la espera de algo determinado termina por convertirse en desesperación.

- Deduciendo de esa cifra, el importe del desespero que desesperó de sí mismo y se convirtió en un “confío”.

- Y arribando al instante en el cual, como el cuerpo en su tumba, ya puede esperar todo porque se ha quedado sin nada.

- De todo lo dicho, y a modo de ejercitación existencial, les propongo establecer lo siguiente:


a- Dónde comienza la espera.

b- Dónde termina.

c- Y qué longitud nos separa de los seres que amamos y a los que seguimos esperando que vuelvan con nosotros.



Pintar la Vida



Cuando ella cumplió quince años, yo hice su primer retrato: tomé mi carbonilla y tracé en tres líneas el contorno de su cara, los pómulos salientes y esos ojos que miraban para adentro. Con el tiempo tuve que añadirle unos toques de acuarela, porque en el rostro ya aparecían otros colores y su mirada era más una respuesta que una pregunta. Cada año le agregaba una nueva pincelada; la imagen se iba convirtiendo en un revoltijo de brochazos superpuestos en los que había que adivinar un rostro.

“No te preocupes: ella se maquilla tanto, que hay más pintura en su cara que en todo tu lienzo”, me decían sus nietos. Hoy el retrato de ella es un palimpsesto, un laberinto de líneas horizontales y verticales, ocres, amarillas y negras. Pero las personas que realmente la conocen, miran mi pintura y dicen que sí, que es ella, que se le parece mucho.

Pintar -lo que se dice pintar-, ella no se sentaba a pintar nunca. Lo que estamos viendo sobre estas paredes son los dibujos que hacía en los papelitos mientras hablaba por teléfono, la filigranas que trazaba en los reversos de los boletos de tren, las figuras que delineaba en los costados del diario. Ariadna Giovanparolla nunca quiso ser artista: el arte era eso que le salía al encuentro mientras ella estaba buscando otra cosa.

Tantas mujeres tuvo Lotario en su vida, que no alcanzaría la lengua de todas las chusmas del barrio para contarlas. Mujeres de cabello rubio como el mediodía, rojo como el atardecer, y negro como la noche (en los últimos años, incluso, se lo solía ver en compañía de mujeres de pelo verde y azul, pero no se nos ocurren las metáforas que justificarían su inclusión en esta frase). Como pintor, Lotario era inalterablemente fiel: en sus cuadros, siempre pintó la misma mujer de pelo marrón, ojos café y rasgos ligeramente orientales. “Mis amigos dicen que el que conoce a una mujer, ya conoció a todas” –decía Lotario. Y agregaba: “yo creo que es al revés: por más que las conozcas a todas, la verdad es que, en el fondo, estuviste conociendo a una sola”.

Partenia Sofía jamás completaba un cuadro. Llegando a la mitad del lienzo se le ocurría otra idea y entonces -de puro ansiosa- comenzaba una pintura nueva en la parte inferior de la vieja. Un cuadro de Partenia no es por definición un cuadro: es la mitad de un cuadro que se extingue mientras se asiste al nacimiento de la otra mitad.

Recorrer la obra pictórica de Partenia Sofía es hacer una peregrinación de pintura en pintura, de pared en pared, de museo en museo, tratando de seguir el hilo de una historia que se interrumpe en ese medio lienzo que, a su muerte, quedó inconcluso. Los pocos valientes que se asomaron a esa mitad sin completar, dicen que la pintura sigue del otro lado, que hay una mano invisible que hace señas invitándolos a seguir, y que ellos ni locos piensan en hacerle caso.

Fantasmas Argentinos - Final



Faltaban dos semanas para el Centenario, pero ni un solo fantasma había. El Cura Maléfico ya no se paseaba por los atrios de las iglesias espantando a los niños de todas las edades; las Trillizas sin Cabeza dejaron de ofrecer sus equívocos favores; la Sombra del Puto dejó de insinuarse a la salida de los cabarets; el Amante de la Virreyna ya no corría desnudo por los techos; el Gaucho Albino dejó de buscar roña por los bares del bajo, y los Húngaros Danzarines abandonaron sus delirantes coreografías. El gobierno nacional –preocupado por la ausencia de sus fantasmas más distinguidos- masacró una cincuentena de obreros del calzado para obtener algunos espectros de reemplazo. Pero los Espíritus Proletarios (como fueron bautizados por la prensa sensacionalista) se unieron a Jacinto de la Banda y a su Primera Huelga Argentina de Fantasmas.

Solo quién no fue obrero ni fantasma puede decir que aquellos eran tiempos felices. La moda de los mediums atraía a toda la familia; niños y adultos distraían las horas de la siesta invocando a cualquier pobre fantasma que anduviera por ahí, y no pasaban diez minutos sin que un funcionario del gobierno conjurara la presencia de los Espíritus de Nuestra Patria, para gran fastidio de los mismos.

-¡Esto es casi peor que estar vivos! –decía Eugenio Zamudio. Jacinto –que había leído “Los Miserables” y un par de novelas de Emile Zola- encabezó el movimiento de protesta por un trato más justo y por mejores condiciones de muerte. En su casa se realizaron las reuniones de la Huelga de Fantasmas y en su estudio fotográfico se escondieron todos. Los fantasmas son como los perros: si se tropiezan dos de ellos, la pelea es inminente, pero si se encuentran muchos, son dóciles y disciplinados.

La foto de la Primera Huelga Argentina de Fantasmas -como era de esperarse- era oscura y borrosa; por detrás de aquella confusión de bultos semitransparentes, casi humanos, podemos llegar a distinguir la sonrisa de Jacinto de la Banda. Delante de ellos, una banderola pintada con trabajosa letra mayúscula pedía: “POR UNA INEXISTENCIA MÁS DIGNA PARA TODOS”.

Si hoy nadie guarda el recuerdo de esos días, es porque fueron tiempos sosos y sin consistencia. El aire, sin sus fantasmas, había perdido sustancia. El clima se había vuelto caluroso y frío al mismo tiempo, y la gente vagaba perdida por las calles, sin recuerdo ni propósito. El gobierno se dispuso a fabricar una historia para el Centenario, porque no quedaba memoria, y había que conseguir una lo más pronto posible. Fueron inútiles los intentos de convocar a los fantasmas de la Primera Junta de Gobierno (que se odiaban y no querían ni verse) y nulas las invocaciones al Espíritu de Mayo (que no existía). Despechado, el presidente ordenó que inmediatamente se confeccionara una nueva historia con nuevos próceres. A partir de ese momento, cada quince minutos se inauguraba una plaza con su correspondiente prócer, busto y discurso. Los historiadores protestaron: ¿cómo se puede confiar en una historia con tan poco olvido?

Pero el problema aún no estaba resuelto. Quedaban varias vacantes fantasmales por cubrir. El gobierno pidió la colaboración patriótica de los ciudadanos vivientes, que desde aquellos días oficiaron de falsos fantasmas; aún hoy podemos verlos vagando por las calles, con su palidez y su mirada extraviada. (Es por eso que Buenos Aires es una ciudad tan fantasmagórica: el desarraigo infinito y la tristeza errante y sin propósito son patrimonio de sus seres vivos). La Huelga de Fantasmas se terminó a los pocos días, más por aburrimiento que por triunfo de alguien. Cansados de Buenos Aires, sus cabecillas se fueron a buscar la nada a otra parte. Pero nos dejaron sus huellas, que son como fantasmas de fantasmas, recuerdos nostálgicos de un recuerdo.

Cuando faltaban apenas tres días para el Centenario, Jacinto echó llave a su estudio y le prendió fuego. Pero nunca se fue del todo y su sonrisa suele aparecerse, de foto en foto, y de vez en cuando.