Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

lunes

Breve Curso de Utopía


Esta maldita costumbre que tenemos de no desear y aferrarnos a lo que existe, ha debilitado nuestra capacidad creadora. Para cambiar esta situación y elevar nuestra auto-estima creadora, te propongo que practiquemos unos simples ejercicios prácticos de pensamiento utópico. No vaya a ser que algún día a la señora Utopía se le ocurra venir a vernos, se ofenda y se vaya porque nadie estuvo presente a la hora de su llegada.

Para comenzar a desear lo que no existe, es aconsejable comenzar deseando, primero, lo que existe. Así, de a poco, y progresivamente, podemos recorrer el camino que separa lo existente de lo maravilloso.

Comencemos:

1º- Dedicá unos minutos del día a desear lo que te está pasando, lo que ya tenés, lo cotidiano: el momento y el lugar en los cuales apoyaste tus honorables patas. Por la mañana, cuando abras los ojos, mirá a tu alrededor y decí para tus adentros: "me encantaría vivir en la casa donde vivo".

2º- Como siguiente paso, hay que desear lo que existe pero está lejos, o lo que existió y ya no está. Por ejemplo: Hay que extrañar el aroma de nuestro primer patio o la torre inclinada de Pisa; aquel pantalón de corderoy verde de “pata de elefante”, o la fortaleza de Sacsahuamán.

3º- Ya más entonado, podemos empezar a desear una realidad como la que vivís, pero invertida: un mundo en el que los automovilistas se ceden el paso, la gente honesta tiene su premio, vos sos inteligente y yo soy bello.

4º- Llegado a este punto, deseá una realidad en la que se combinen lo real con lo irreal: donde los unicornios pasten en el baldío de la esquina y los demonios conduzcan los buses de tu ciudad.

5º- Por último, observá atentamente esta realidad -que es la mejor creadora de utopías- y aprendé a desear lo que ella puede darte de extraño, de prodigioso y de admirable.

Puede ser que después de estos sencillos ejercicios ya estés experimentando una picazón persistente, como la comezón del jugador compulsivo que siente que (¡por fin!) va a salir su número en la ruleta.

Si es así, habrás llegado, entonces, al Estado Continuo de Utopía; y aunque en algún momento sospeches -o temas- que no tendrás la menor posibilidad de éxito, no por eso vas a dejar de apostarle todas tus fichas. Porque en el mundo de la Utopía -como en las grandes cosas- los únicos que en verdad ganan son aquellos que no tienen miedo de perderlo todo.




miércoles

Un Secreto


En el momento del nacimiento -junto con la tierra natal, la fecha de cumpleaños y el color de pelo- cada niño de Llavallol recibe un destino, con sus gozos y sus fatigas. El padre toma al recién nacido en sus brazos, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, garabatea un signo sobre su nuca, que es la zona del cuerpo donde se encuentra el porvenir de cada persona. Este signo, que representa su destino, puede ser un dibujo (un automóvil, una ardilla) o una palabra ("peristilo", "reconcomio"). El pelo del bebé crece rápidamente y el destino queda escondido detrás de su melena: ni él ni nadie podrán verlo mientras dure su existencia. La vida de cada llavallolense -salvo para aquellos que son tan pobres, que ni destino tienen- se vive de espaldas al propio signo, a ese dibujo tan escondido, a esa rasgo tan íntimo que ni uno mismo es capaz de conocerse. Sólo a los monjes y a los criminales se les permite rasurarse la cabeza: para vergüenza y escándalo, andan con el destino a la vista de todo el mundo.

Después de morir, (junto al regalo de una fecha de defunción, una eternidad y algunas lágrimas sentidas o fingidas) cada llavallolense recibe un sentido. El hijo se acerca al cuerpo de su padre, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, va trazando un signo sobre su frente, que es la parte del cuerpo donde se aloja el pasado de una persona. Este signo puede ser un dibujo (la península de Yucatán, una bicicleta) o una palabra ("passepartout", "miomancia"). Después llegarán los sacerdotes, que serán los encargados de cortarle el pelo, tomar una yilé para afeitar su cabeza y exponer ante la curiosidad del mundo el destino secreto y el sentido final de esa persona.

Es muy difícil encontrar una persona en la que concuerden los dos signos, el de la nuca y el de la frente. Algunos sostienen que la perfección de una vida consiste en la coincidencia entre esos dos dibujos. Otros creen que el verdadero trabajo de esta vida consiste en oponerse al primer signo, aún sin conocerlo, y llegar a merecer el signo opuesto. Por último, los conciliadores -que no pueden ver a nadie discutiendo- dicen que el dibujo de la frente es el mismo dibujo de la nuca, que se ha transfigurado y modificado con el paso de los años.

En estas discusiones, en las tardes de Llavallol, se nos va la vida.

jueves

Malinterpretaciones


De todos los cuadros del museo, el más extraño es el de aquella mujer, madura, pero todavía joven, que nos mira y nos sonríe mientras esconde algo detrás de su espalda. El primer catálogo del museo (1892) lo describe como “La Alegoría de la Previsión y el Ahorro, que lleva tras de sí al Progreso y la Industria”. Treinta años después, el historiador Marío Ineso Schmidt describe a esta mujer como “la alegre esposa del labriego, que recibe a su marido con una sorpresa, tal vez un nuevo hijo”. Sin embargo, en el último catálogo razonado del museo se nos habla de “el retrato de la adúltera Clitemnestra, que con hipócrita sonrisa invita a su esposo Agamenón al lecho, mientras esconde tras de sí la daga asesina, pronta a apuñalarlo con la energía que el encono y la adúltera lascivia le prestan”.

Todos los miércoles visito el museo, me siento frente al cuadro y leo su etiqueta. Simplemente dice: “Una mujer. Óleo”.

Te miré. Leí en tu mirada (que parecía decirme “éste es el momento”) y me arrojé encima de ti para besar tu boca, pero vos te inclinaste y terminé estampándote un beso sobre tu ojo izquierdo; avergonzado, retrocedí, pero vos quisiste tomarme de mi brazo, y te quedaste con un pedazo de mi corbata entre tus manos; yo volví a intentar el beso definitivo, pero chocamos con violencia y dolor nuestras sienes. Algún día llegaremos a besarnos, y sólo espero que no sea demasiado tarde.

El sello discográfico Deutsche Grammophone, en su colección “Grandes Malinterpretaciones” acaba de editar las históricas grabaciones de Gabriello Cantalamessa, quizás el peor intérprete de Chopin en toda la historia de la humanidad. “Ustedes no me comprenden, pero yo toco para el futuro”, decía Gabriello. “Cantalamessa toca para el pasado. Sus oyentes ya murieron”, sostenían algunos críticos. Yo creo que no tocaba ni para el pasado ni para el futuro: yo creo que tocaba para la mierda.

El primer filme de Margretto Sock, “Familias disfuncionales”, era una prolija recreación de las duras y trágicas experiencias de su infancia. Pero el público se desternilló de risa y la película fue definida por el New York Times como “la mejor comedia en un año de comedias”. Cuando Sock escribió el guión de la secuela decidió agregar algunos toques de humor y poner punto final a la saga con un final optimista y esperanzador. Pero –sospechó, al ver a su público, a la salida del estreno- algo debería andar mal; que tantos eran los llantos desconsolados, los pañuelos húmedos y los ojos enrojecidos...

Está todo ahí: no hay más que leer los diarios de la época. Los candidatos fueron claros y sólo nos prometieron más pobreza, más desocupación y más dureza: Más de lo mismo! Pero nosotros –que no los entendíamos, o no queríamos entenderlos- fuimos a las urnas y los votamos con entusiasmo, porque detrás de cada amenaza queríamos ver una promesa. Así de ciegos esta(ba)mos.

Ay! de los escritores que sean comprendidos por sus contemporáneos. Ay! de mí -lector o lectora- si entendieras lo que trato de decirte.

domingo

La memoria de Lourdes


La memoria es como una esponja, decían hace siglos. O como un balde. O como una tabla. Eran tiempos sencillos, donde una cosa era una cosa o, a lo sumo, otra cosa diferente. Hasta que alguien se le ocurrió pensar que nuestra cabeza era algo parecido a una máquina. Eureka, dijeron los ilustradores de manuales escolares y se pusieron a dibujar esas cabezas que por dentro están llenas de engranajes y poleas; si pensás mucho, el mecanismo se recalienta y te empieza a salir humo.

Hoy se dice que nuestra mente es como una computadora, y yo les creo. Principalmente porque Lourdes –mi computadora, el objeto de mis desvelos- cada vez se comporta de una manera más parecida a mí. Lourdes empieza a olvidarse de las cosas, pierde mis datos importantes y me los trae de vuelta cuando ya no los necesito. El sábado pasado no pude hacer casi nada porque –entre otras cosas- Lourdes se olvidó de arrancar. El técnico trató en vano de acceder a su memoria. “Vamos a tener que formatear el disco”, me dijo lacónicamente, y yo sentí lo que el dueño del corralero cuando le piden que sacrifique al potrillo. Pero yo dije sí, y lo sacrifiqué, personalmente, apretando el botón ENTER.

Por suerte tengo varios CDs con mis archivos, que llega hasta abril del 2004. Todo lo que pensé y escribí (dos o tres cuentos, muchos apuntes, algunos fragmentos de guiones) flota hoy en la Tierra de las Palabras Perdidas, junto a las promesas vanas de los políticos y los amantes.

En “Cuéntame tu vida” (Hitchcock, 1945), Gregory Peck perdía su memoria y la doctora Ingrid Bergman lo ayudaba a recobrarla. Gregory había vivido una situación traumática que en este tipo de películas era siempre la misma: el haber visto el asesinato de un ser querido. Con el tiempo el truco se convirtió en un recurso típico del policial: hay un culpable y un amnésico. Curen al amnésico y obtendrán un culpable.

Lourdes, mi computadora, mi “negrita linda”, acaba de perder la memoria de los últimos cuatro meses. Andá a saber lo que habrá visto, la pobrecita!

miércoles

Otro Secreto


Desde que el mundo es mundo, cuando alguien de mi pueblo está listo para ser adulto, se le vendan los ojos y se lo lleva a una choza en las afueras de la ciudad de Llavallol para contarle el secreto. Los únicos que no pueden escuchar el secreto son los niños, los enanos y los deficientes mentales (y yo, por razones que desconozco, pues no soy ninguna de las tres cosas). Por eso, lo poco que sé del secreto lo aprendí acechando detrás de los árboles, o en el insomnio de una madrugada de campamento. He tratado de completar las cosas que no sé con aquellas que me imagino, y hasta es posible que algo de lo que voy a contarles sea cierto.

La mecánica es la siguiente: los escogidos pasan toda la noche con los ojos abiertos dentro de la choza del secreto, mientras alguien les habla incesantemente; cuando ninguno puede distinguir una palabra de sueño de otra palabra de vigilia, se les desliza el secreto por la oreja izquierda. Al día siguiente vuelven al poblado. Se conoce a los que han escuchado el secreto por el tono inquietante de su voz: las palabras que antes eran cordiales y francas siguen siendo las mismas palabras, pero ahora se las habla en un tono entre hosco y esquivo. Una vez al año el secreto recibe a unos muchachos animosos y devuelve hombres valientes y desesperanzados.

Las mujeres -sospecho- también tienen su secreto. El hecho de que no tengamos ninguna señal de esto, para mí ya es prueba suficiente de su existencia. Yo supongo que el secreto de las mujeres no es el mismo que el secreto de los hombres y eso se percibe en su mirada; si un día te están mirando, al otro día también te miran, pero te miran distinto.

Son pocos los días en lo que no pienso en el secreto. Tanto cambia la vida de los que lo escuchan, que debe ser un secreto que toca la totalidad de la existencia. No un secreto de automóviles, ni de ardillas, ni de puestas de sol. Yo tengo dos conjeturas. Una: que el secreto no existe, que no hay secreto alguno en el mundo, que solo está lo que se ve, sólo hay lo que hay. Dos: que solo el secreto existe y somos nosotros los que no existimos; que somos, apenas, torpes imaginaciones del secreto.

jueves

Demoníacas



El día en que naciste, alguien puso un demonio a tu lado para protegerte de los peligros del Bien en estado puro. Es tu demonio de la guarda y permanecerá junto a ti durante toda la vida.

Él está allí para resguardarte de la bondad extrema y de sus acechanzas: el maniqueísmo, el Bingo y la incomprensión, la modestia excesiva o el simple aburrimiento.

El infierno no daba abasto: demasiadas almas en este mundo, demasiados pocos demonios para tantas almas. Hasta que un ministro de economía -que andaba por ahí después de una exitosa gestión durante su paso por la vida- propuso un plan de reestructuración laboral: a partir de ese día, las tareas demoníacas serian realizadas por simples seres humanos.

Desgraciadamente, el Presupuesto de las Tinieblas de este año no tiene previstos los fondos para ningún tipo de notificación. Por eso, es posible que en este momento seas el demonio de tu barrio, y que nadie se haya tomado el trabajo de avisarte. Y que los vecinos se santigüen cuando te ven pasar, y que alguien te persiga para venderte su alma.

Hay gentes tan pobres, que no tienen ni demonio que los tiente.
Dicen que, si alguien se detiene frente al espejo a las doce de la noche con una vela en la mano, puede llegar a ver al mismísimo demonio.

Yo, en cambio, puedo encontrarme con mi demonio todos los días y a cualquier hora. Lo veo en el espejo, y tiene mi misma cara.

Hay un demonio que se ocupa de tentar a la gente humilde. Se acerca a sus víctimas y, con todo respeto, les dice: "¡Te felicito! Recibe mi homenaje: tu humildad es tan grande que ni el demonio más poderoso podría someterla".

Entonces, los pobres y humildes seres se sienten orgullosos de su humildad y caen en el pecado de soberbia, o en la falsa modestia, que es más o menos lo mismo.
Hay demonios que son tan pobres que solo pueden merodear por las calles mendigándote un alma, sin poder darte nada a cambio. A algunos de estos pobres demonios (varias veces, y de pura lástima) yo les regalé la mía.

Pero estos contratos no tienen validez, y todos son impugnados en los Tribunales Infernales, porque no encuentran maldad en ninguna de las dos partes.

martes

Crítica Cinematográfica


“…Y vivan como si no tuvieran cuerpo”, ordena el Dios de los Sacumanos, que disfraza de fe su misantropía y considera al cuerpo humano como “el Gran Error Estratégico en el Perfecto Plan de la Creación”. Los pintores sacumanitas son especialistas en arte abstracto, más por necesidad que por vocación, porque su fe les prohíbe la reproducción de cualquier figura humana. El cine sacumano, sobrino segundo del arte de la pintura, se esfuerza por contar sus historias con formas y colores: mientras un destello de rojo borravino significa “la llegada de aquella mujer lejana”, una raya de color azul francia que se diluye lentamente significa “un hombre tomando una grave decisión”.

Yo conocí la rara experiencia de ver cine sacumanita cuando, allá por los ochenta, pude asistir a la proyección de su versión de “Edipo Rey”. Algunos espectadores se ocultaban detrás de su pañuelo para disimular el llanto que se asomaba a sus ojos conmovidos; otros, a duras penas, podían contener sus carcajadas. Pero el resto -los más- charlaban o se besaban, porque, de la película, no entendían un carajo.

Déjenme decirles la verdad: miento yo y mienten mis colegas. Los críticos de cine mentimos de toda mentira cuando hablamos del cine de Orestes Scavino. Aunque hayamos compuesto enciclopedias sobre Scavino y hayamos coordinado seminarios sobre su obra, aunque hayamos escrito miles de veces que el último filme que se estrenó “es un típico ejercicio scavinesco”, ninguno de nosotros ha visto un solo fotograma de alguna película de Orestes Scavino. Déjenme decirles otra cosa: tampoco existe Orestes Scavino. Es un pretexto, una mentira sobre la que hemos construido nuestras carreras y nuestras vidas. Sólo existimos nosotros y nuestras palabras, huérfanos de un padre inexistente que nunca tuvo hijos.

En una playa de Antofagasta -después de ahogarse y antes de ser rescatado por un bañero- Carmelo del Socorro Antúnez ve pasar toda su vida como si fuera una película. Esa tarde resuelve reconstruir aquella visión. Con la ayuda de amigos y parientes se dedica a recrear delante de una cámara las escenas más importantes de su historia.

El cortometraje (“Escenas de la vida de Carmelo del Socorro”) nunca llega a estar terminado; cada dos o tres meses Carmelo destruye el guión y lo reemplaza por otro distinto, vuelve a rodar de nuevo las mismas escenas y retrasa con vagos pretextos la finalización del rodaje. Es que Carmelo del Socorro tiene tanto miedo como ganas de completar su obra. Carmelo del Socorro cree que, el día en que la remake de la película de su vida esté lista para su proyección, la misma Muerte va a sentarse en la butaca de al lado. Sospecha que a la salida del cine, ella va a invitarlo a una pizza con cerveza para discutir la película... Supone que no va a animarse a decirle que no.