martes

Crítica Cinematográfica


“…Y vivan como si no tuvieran cuerpo”, ordena el Dios de los Sacumanos, que disfraza de fe su misantropía y considera al cuerpo humano como “el Gran Error Estratégico en el Perfecto Plan de la Creación”. Los pintores sacumanitas son especialistas en arte abstracto, más por necesidad que por vocación, porque su fe les prohíbe la reproducción de cualquier figura humana. El cine sacumano, sobrino segundo del arte de la pintura, se esfuerza por contar sus historias con formas y colores: mientras un destello de rojo borravino significa “la llegada de aquella mujer lejana”, una raya de color azul francia que se diluye lentamente significa “un hombre tomando una grave decisión”.

Yo conocí la rara experiencia de ver cine sacumanita cuando, allá por los ochenta, pude asistir a la proyección de su versión de “Edipo Rey”. Algunos espectadores se ocultaban detrás de su pañuelo para disimular el llanto que se asomaba a sus ojos conmovidos; otros, a duras penas, podían contener sus carcajadas. Pero el resto -los más- charlaban o se besaban, porque, de la película, no entendían un carajo.

Déjenme decirles la verdad: miento yo y mienten mis colegas. Los críticos de cine mentimos de toda mentira cuando hablamos del cine de Orestes Scavino. Aunque hayamos compuesto enciclopedias sobre Scavino y hayamos coordinado seminarios sobre su obra, aunque hayamos escrito miles de veces que el último filme que se estrenó “es un típico ejercicio scavinesco”, ninguno de nosotros ha visto un solo fotograma de alguna película de Orestes Scavino. Déjenme decirles otra cosa: tampoco existe Orestes Scavino. Es un pretexto, una mentira sobre la que hemos construido nuestras carreras y nuestras vidas. Sólo existimos nosotros y nuestras palabras, huérfanos de un padre inexistente que nunca tuvo hijos.

En una playa de Antofagasta -después de ahogarse y antes de ser rescatado por un bañero- Carmelo del Socorro Antúnez ve pasar toda su vida como si fuera una película. Esa tarde resuelve reconstruir aquella visión. Con la ayuda de amigos y parientes se dedica a recrear delante de una cámara las escenas más importantes de su historia.

El cortometraje (“Escenas de la vida de Carmelo del Socorro”) nunca llega a estar terminado; cada dos o tres meses Carmelo destruye el guión y lo reemplaza por otro distinto, vuelve a rodar de nuevo las mismas escenas y retrasa con vagos pretextos la finalización del rodaje. Es que Carmelo del Socorro tiene tanto miedo como ganas de completar su obra. Carmelo del Socorro cree que, el día en que la remake de la película de su vida esté lista para su proyección, la misma Muerte va a sentarse en la butaca de al lado. Sospecha que a la salida del cine, ella va a invitarlo a una pizza con cerveza para discutir la película... Supone que no va a animarse a decirle que no.

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