martes

Franquicias Abiertas


…Y al principio el mundo en el que vivíamos era mucho más pequeño que el de ahora. Todavía no se había inventado la distancia y cada quien se entretenía trotando sobre una misma baldosa. A veces, alguno se olvidaba de permanecer, y desaparecía violentamente y a toda carrera. Pero nadie se preguntaba sobre la razón de su desaparición. “Este mundo será todo lo pequeño que quieras, pero, además, es misterioso”, decía alguien. Y los demás asentíamos.

Un día reapareció uno de nuestros compañeros perdidos. Si bien no sabíamos a quién adjudicarle la invención de la partida, a él le correspondió la fortuna de haber inventado el regreso. A partir de entonces, la vida fue un continuo ir y volver, de aquí para allá. Los más esclarecidos seguíamos permaneciendo en nuestra baldosa, allí donde nos puso el destino. Pero las nuevas ideas (si se nos permite la metáfora) corrían mucho más rápido que las nuestras. Todo cambiaba, hasta las mismas teologías: mientras nosotros seguíamos honrando a nuestro Dios de la Permanencia, todos empezaban a adorar a los Dioses del Éxodo, del Camino, de la Ausencia y la Espera.

No fue bastante. Nunca era bastante. Una secta combinó la invención de la llegada con la de la partida, y la unión de ambos engendró el viaje con propósito. “Si te vas de alguna parte, es para llegar a otra”, declaraban los snobs y los presuntuosos. Aunque esto parecía reducir notablemente la cantidad de corredores -que tenían que buscarse un lugar hacia el cual llegar, o al menos otra persona que los persiguiera- ellos cada vez eran más y nosotros cada vez menos.

Es natural que nuestra Iglesia del Dios de los Corredores Inmóviles, a la vista de lo sucedido, parezca haber quedado rezagada, pero nunca nos hemos detenido (si se nos permite el juego de palabras).

Hoy, somos los dueños de una importante cadena de gimnasios llenos de aparatos de cintas para correr y bicicletas para hacer spinning. Y los que vienen a ejercitarse, aprenden a correr (sin saberlo) como en aquellos tiempos felices solíamos hacerlo todos: sin distancias, ni destino, ni propósito, ni necesidad de llegar a ninguna parte.

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