jueves

Queloscumplas


Como todos los septiembres, Dorian Gray reúne a sus amigos y se hace retratar junto a ellos. Pareciera que cada año todos estuvieran posando para la misma fotografía: la torta llena de velitas, las sonrisas secas, Dorian en el centro, concentrado y ausente, como si estuviera en otra parte. Solo una cosa cambia: foto tras foto, los amigos aparecen cada vez más viejos, y algunos desaparecen para ser reemplazados por otros.

Durante el resto del año Dorian se encierra en su cuarto y saca de su escondite la caja con las fotos; entonces las mezcla, como si fueran naipes de una baraja, y las va colocando sobre la mesa. Luego de tentar diferentes dibujos y combinaciones, Dorian Gray lanza un suspiro con la comprobación de que el mundo –esa confusa mezcla de abrazos, hábitos y desamores que, solo por comodidad, llamamos mundo- se ha vuelto cada día más viejo. “Yo permanezco. Todo me abandona”, piensa Dorian Gray, enojado como un niño, casi en el borde de toda tristeza.

“No hay mérito en nacer”, decía el filósofo Melitón de Antropía, el que no festejaba los cumpleaños. “La vida se nos da sin que la pidamos. Llegamos a viejos sin proponérnoslo. Sólo deberíamos festejar aquello que nos hemos ganado”.
“Solo es digno de festejo aquello que nos sorprende, aquello que no esperamos”, afirmaba su discípulo, Hiparco de Etrustia. Hiparco recomendaba el festejo de los ascensos imprevistos y los embarazos no buscados.
Jansenio de Eonia festejaba todo: los cumpleaños y las defunciones, los cambios de dentición y la caída del pelo. “Todo es regalo” afirmaba. “Aún aquello que creemos merecernos”.

La muerte de mi familia es una mujer gorda y perfecta en su redondez. Su piel es de un color entre blanco y rosado y su pelo corto es marrón rojizo, aunque yo creo que se lo tiñe. A la muerte de mi familia le gustan las películas de Robin Williams, los boleros melosos y la sabiduría chota de aquellas frases (copys) que aparecen en los posters junto a la foto de un bebé. La muerte de mi familia anda por nuestra casa los días de cumpleaños, no habla con nadie y se pasa las horas mirando fotos y hojeando números viejos del Para Ti. A la hora de soplar las velitas, yo digo en voz alta: “Quién sabe si estaré acá el año que viene. Quién sabe si la muerte no me estará buscando”. Y la muerte de mi familia –que es orgullosa, y no le gusta recibir órdenes ni sugerencias- se va y me deja tranquilo, al menos hasta el próximo cumpleaños.

Los que sabían de estas cosas sostenían que un año era, en realidad, el tiempo que la Tierra tardaba en dibujar una órbita alrededor del sol. Además –agregaban estos, los que sabían- cada órbita era el dibujo de un círculo perfecto.
Hoy sabemos que no, que no es para tanto, que a veces la Tierra se corre una millonésima de milímetros a la izquierda, y que otras veces llega a la cita un poquito más tarde de lo debido, por lo que el recorrido, más que un redondel perfecto, es un espiral equívoca y mal disimulada.
Ahora que alguno cumple años, festejemos porque una vez más la Tierra acaba de completar otro giro de una vuelta inexacta, un paso más en esta danza de borrachos.
Que siga el baile.

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