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miércoles

Costumbres amorosas


“El que te ama de verdad es el que más se aleja”, dice
el refrán de los marineros de Escalandra. Cada vez que
pueden, los navegantes escalandrinos dejan a sus
esposas lloriqueando en el puerto, se trepan a un
barco y salen a buscar otros amores, más feroces y más
lejanos. Lo que ellos llaman amor, es apenas un
llegar, un besar y un irse.

“Arde con la ausencia, se apaga en la presencia” dicen
las mujeres de los marineros de Escalandra mientras
tejen, esperando a sus esposos. Ellas llaman amor a
esa opresión en el pecho, a ese agujero en el
estómago, a ese zumbido persistente como dolor de
muelas, a esa inquietud dócil que no las deja dormir
por las noches.

En la isla de Taratoa se considera al amor como otro
estado alucinatorio, comparable a la ingestión de
hongos o a la duermevela, y los brujos recomiendan el
enamoramiento una -o a lo sumo dos veces- durante el
año para no perder la percepción de la realidad.

El diccionario de los tramontinos -que sabe tener 27
términos diferentes para definir el dolor de abdomen-
no tiene ni una sola palabra para nombrar al amor.
Cuando la pareja de tramontinos se encuentra en el
momento más intenso del coqueteo, los enamorados se
piropean hablando de floricultura, de recetas de
cocina o carreras de caballos.

Don Juan ama a una sola clase de mujeres: aquellas que
se resisten. Don Juan disfruta más con la conquista
que con el amor mismo, porque durante la seducción
juega a probarse todas sus máscaras y a descubrirse a
sí mismo como un hombre valiente, piadoso, delicado,
ingenioso, generoso y benévolo. Pero siempre llega
(¡ay!) el momento asesino de la fantasía. Ella pone
sus ojos en blanco y suspira un “sí, te amo”;
entonces, Don Juan -fastidiado y abatido- se va en
busca de otras amantes: de mujeres mejores, peores o
iguales a ésta.

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Sin pilas


Hoy me puse las pilas y salí para el trabajo con una gran curiosidad de saber cómo sería aquello. Es que ayer, a última hora, nuestro Presidente Ejecutivo nos anunció que la agencia había cambiado su política energética y que ya no podrían proveernos de la fuerza necesaria para cada día, por lo que, a partir de ese momento, cada uno de nosotros tendría que llegar al trabajo provisto de su propia fuente de energía.

El edificio de la empresa estaba a oscuras: apenas se veía el deambular por los pasillos de unas pequeñas luces inestables y desorientadas, como luciérnagas moribundas. Sufriategui, el creativo, me esperaba en un pasillo. Se lo veía abatido.

-¿Me soplás hasta mi escritorio? –me pidió en un hilo de voz.

Sufriategui funcionaba con energía eólica. Lo empujé, por lo tanto, soplándolo, como si fuera un velero. Después pasé el resto de la jornada animando a mi equipo de trabajo y, al final del día, yo también me encontraba casi sin pilas.

Después de haber soplado a Sufriategui, dado cuerda a Bocayuva e impulsado a muchos otros que funcionaban por simple energía cinética; agotado, ya sin fuerzas, le pedí un último empujón a Murguiondo, nuestro director de cuentas, que se movía con energía solar. Pero Murguiondo –parado delante de un espejo, tratando en vano de alimentarse con su propia y escasa luz- apenas si podía, él mismo, mantenerse en pie y, después de un titilar agónico y vacilante, terminó extinguiéndose como una voluta solar multicolor.

La noche avanzaba, todos nos íbamos apagando lentamente junto con nuestras computadoras. El único de todos nosotros que se mantenía contento y sospechosamente vivaz era Saráchaga, el artefinalista, que funcionaba con tracción a sangre, porque era un vampiro.

lunes

La noción de teatro revuelto


Como las grandes ideas –y las pequeñas, y las medianas- la noción de teatro revuelto nació de la casualidad.

En el Teatro de la Cofia, un grupo de actores trataba sin éxito de llegar al final de la obra "Juampirulo y el Oso Carolino", de Ramón Román. El elenco de teatro infantil provenía de una escuela de actuación naturalista (si entendemos como "actuación naturalista" a la obsesión por llenar los espacios entre frase y frase con "hmms", vacilaciones, carraspeos y tartamudeos). La obrita, un entretenimiento pasatista de cuarenta minutos acerca de la globalización neoliberal y sus peligros, se extendió tanto que ya se había pasado una hora y media del horario fijado para su finalización. A esta altura, la mitad de los espectadores había abandonado la sala, pero sus asientos habían sido ocupados por los espectadores de la siguiente obra: el "Edipo Rey" de Sófocles.

-¡No importa que el escenario esté ocupado por esa manga de imbéciles! –gritó Eros Pedelaborde, el director de la segunda obra. -¡Ya es nuestra hora! ¡Salgan a actuar!

Entonces, Edipo, acompañado de Creonte y su coro griego, invadió el escenario. Las dos obras se desarrollaron simultáneamente, para confusión de algunos y entusiasmo de otros. En algún momento Edipo se cruzó con el Oso Carolino.

-¡Chicos! ¡Se viene el monstruo! ¡Qué miedo tengo! ¿Ustedes tienen miedo? - lloriqueó el Oso Carolino.
-Por lo que acabas de decir, no estoy tranquilo ni tampoco preocupado –respondió Edipo, con extrema gravedad, mirándolo a los ojos.

Y del choque casual de aquellos dos textos, provenientes de dos fuentes diferentes, surgió un relámpago de sentido. El público de las dos obras, grandes y chicos, aplaudió de pie el entrevero de los dos personajes, que continuaron recitando sus parlamentos, el uno frente al otro, en un contrapunto de azares y causas. Al otro día decidieron representar los dos textos al mismo tiempo. La conjunción de las dos obras se llamó "Edipo en Trulalá", un gran éxito de critica y taquilla, calificado como espectáculo para toda la familia.

Los empresarios teatrales pronto se dieron cuenta de las posibilidades de esta innovación escénica. En pocos días las salas de la ciudad se vieron invadidas por combinaciones livianas y fatigosas de obras teatrales, como aquella de "La muerte de un viajante" con "El reino del revés" ("Las locuras existenciales de Willy Loman y sus amigos") o la de "Macbeth" y "Soltero y con dos viudas" ("Travesuras de dos sinvergüenzas con mala suerte"). El público estaba compuesto, en su mayor parte, por niños, snobs y gente inteligente pero desorientada: todos, por igual, aplaudían a rabiar.

Aunque por esos días nadie sabía nada de Eros Pedelaborde; el creador de concepto de teatro revuelto se encontraba dando los toques finales a su obra magna: las Obras Completas de William Shakespeare. Fue la apoteosis y el canto final de esta modalidad de teatro. Una noche de diciembre, en un campo de Carlos Casares, en las afueras de Buenos Aires, treinta y ocho grupos de actores representaban simultáneamente alguna de sus inmortales piezas, mientras un locutor recitaba sus sonetos. Los que estuvieron allí aquella noche pueden jactarse de haber presenciado la totalidad de las puestas escénicas de las obras del Bardo, aunque no hayan entendido nada y aunque no hayan podido ver una sola obra completa, ya que, como decía el mismísimo Willy, “querer ver todo al mismo tiempo es casi lo mismo que no haber visto nada.”

jueves

Malinterpretaciones


De todos los cuadros del museo, el más extraño es el de aquella mujer, madura, pero todavía joven, que nos mira y nos sonríe mientras esconde algo detrás de su espalda. El primer catálogo del museo (1892) lo describe como “La Alegoría de la Previsión y el Ahorro, que lleva tras de sí al Progreso y la Industria”. Treinta años después, el historiador Marío Ineso Schmidt describe a esta mujer como “la alegre esposa del labriego, que recibe a su marido con una sorpresa, tal vez un nuevo hijo”. Sin embargo, en el último catálogo razonado del museo se nos habla de “el retrato de la adúltera Clitemnestra, que con hipócrita sonrisa invita a su esposo Agamenón al lecho, mientras esconde tras de sí la daga asesina, pronta a apuñalarlo con la energía que el encono y la adúltera lascivia le prestan”.

Todos los miércoles visito el museo, me siento frente al cuadro y leo su etiqueta. Simplemente dice: “Una mujer. Óleo”.

Te miré. Leí en tu mirada (que parecía decirme “éste es el momento”) y me arrojé encima de ti para besar tu boca, pero vos te inclinaste y terminé estampándote un beso sobre tu ojo izquierdo; avergonzado, retrocedí, pero vos quisiste tomarme de mi brazo, y te quedaste con un pedazo de mi corbata entre tus manos; yo volví a intentar el beso definitivo, pero chocamos con violencia y dolor nuestras sienes. Algún día llegaremos a besarnos, y sólo espero que no sea demasiado tarde.

El sello discográfico Deutsche Grammophone, en su colección “Grandes Malinterpretaciones” acaba de editar las históricas grabaciones de Gabriello Cantalamessa, quizás el peor intérprete de Chopin en toda la historia de la humanidad. “Ustedes no me comprenden, pero yo toco para el futuro”, decía Gabriello. “Cantalamessa toca para el pasado. Sus oyentes ya murieron”, sostenían algunos críticos. Yo creo que no tocaba ni para el pasado ni para el futuro: yo creo que tocaba para la mierda.

El primer filme de Margretto Sock, “Familias disfuncionales”, era una prolija recreación de las duras y trágicas experiencias de su infancia. Pero el público se desternilló de risa y la película fue definida por el New York Times como “la mejor comedia en un año de comedias”. Cuando Sock escribió el guión de la secuela decidió agregar algunos toques de humor y poner punto final a la saga con un final optimista y esperanzador. Pero –sospechó, al ver a su público, a la salida del estreno- algo debería andar mal; que tantos eran los llantos desconsolados, los pañuelos húmedos y los ojos enrojecidos...

Está todo ahí: no hay más que leer los diarios de la época. Los candidatos fueron claros y sólo nos prometieron más pobreza, más desocupación y más dureza: Más de lo mismo! Pero nosotros –que no los entendíamos, o no queríamos entenderlos- fuimos a las urnas y los votamos con entusiasmo, porque detrás de cada amenaza queríamos ver una promesa. Así de ciegos esta(ba)mos.

Ay! de los escritores que sean comprendidos por sus contemporáneos. Ay! de mí -lector o lectora- si entendieras lo que trato de decirte.

Santoral



Como sacerdote, Quintiliano era una excelente persona, pero pésimo predicador: perdía a todos los fieles que le eran confiados y la gente que asistía a sus homilías terminaba convirtiéndose al animismo, el sintoísmo, la cosmosofía o a alguna variante inmoderada del satanismo. La Iglesia de los Últimos Vestigios lo recuerda como el Santo de los Trenes No Alcanzados, las Mascotas Extraviadas, las Lapiceras Perdidas y las Oportunidades Desperdiciadas.

Al cumplirse medio siglo del martirio de San Menalipo, en el año 453, Dios hizo crecer un parquímetro en el sitio exacto de su muerte, para gloria y expresión de su divino sentido del humor, que de vez en cuando se daba el gusto de mandarse uno de esos milagros dadaístas.

De Santa Deidamia lo único que nos quedó fue el nombre, lo cual no fue obstáculo para que sus biógrafos escribieran las “Conjeturas de Deidamia”, ese mamotreto biográfico de 1370 páginas que podemos recorrer y cerrar con fastidio sin encontrar un solo dato acerca de su vida. La Iglesia la declaró Santa Suplente y Patrona de lo Ignorado. Y cada vez que les anda faltando un santo para llenar un día del calendario, la llaman a ella.

Dios lo tenía "de punto" al Aparicio, y cuanto más trataba de alcanzar la santidad, más se veía constantemente involucrado en acciones ridículas como el lamido de vidrieras o la educación de surubíes. Cansado, decidió probar suerte con otras divinidades. Pero fue inútil: tanto Alá como Krishna, Baal, Quetzalcoatl y la Mano Invisible que Mueve al Mercado, se burlaron de él con idéntico ensañamiento.

Luego de convertirse al cristianismo, la joven Taciana fue convertida en árbol por la bruja del pueblo. Pero Taciana –encendida, con ese ardor terco y empecinado de los conversos- continuó con su predicación entre sus nuevos compañeros, los abetos. Hoy se la recuerda como la responsable de la conversión a la fe cristiana de más de quince mil hectáreas de coníferas, que antes de escucharla no creían ni en la germinación del poroto.

sábado

La Dinastía



Solo hay una forma de llegar a la corona en Santangelia: traicionando, conspirando y asesinando al rey. Ninguna de estas muertes (por asfixia, envenenamiento o apuñalamiento) llega a aparecer en los libros de historia: el conspirador, después de cumplir con su cometido, ordena la corrección del último capítulo de las crónicas reales, presentándose a sí mismo como el hijo preferido del rey ultimado.

Para no despertar la ira del pueblo -que guarda una fidelidad incondicional para con sus viejos monarcas- cada usurpador trata de asemejarse a su predecesor, copiando sus gustos, practicando sus aficiones y adoptando su particular forma de caminar, de tal manera que (como los malos actores) termina pareciéndose más a una caricatura de su predecesor que al predecesor mismo. Cuando se revisan las crónicas y los anales de Santangelia, se llega a la conclusión de que este reino ha sido gobernado por una única dinastía, una gran familia amorosa en la que cada soberano cede su trono al que le sigue.

Mientras los cronistas reales corren a buscar un trozo de piedra pómez que les sirva para borrar y enmendar sus manuscritos, su Majestad agoniza con una sonrisa resignada, sabedor de que su asesino se ocupará de prolongar su existencia, puesto que el usurpador reclamará para sí su color de ojos, el tartamudeo de sus momentos de furia, la inflexibilidad al declarar la guerra a los países vecinos. Pero en un último relámpago de lucidez termina de darse cuenta de que este constante morir y matar de los reyes jamás ha sido una elección del asesino ni del asesinado. Ambos son apenas los hilos involuntarios y fatídicos de una trama larga e inmisericorde llamada Santangelia. Todos sus reyes están unidos por un lazo de sangre; que no es el de la sangre compartida, sino el de la sangre derramada.


jueves

El más gardel de todos


Muchas cosas se cuentan sobre Gardel y lo más probable es que todas sean ciertas, porque Gardel no era un solo Gardel sino muchos gardeles, un montón de gardeles, como más de catorce gardeles.

Había un Gardel que sabía cebar mate con naranja y otro que tomaba ginebra con una gota de leche. Había un Gardel que se levantaba a todas las minas y otro Gardel que les tenía miedo. Un Gardel sandunguero que componía rumbas y foxtrotes, y otro Gardel misantrópico y huraño al que solo le salían tangos funestos. Un Gardel para las fotos con sonrisas llenas de dientes y un Gardel que se dedicaba a seducir micrófonos y que sabía como susurrarle para sacarle los mejores sonidos.

A veces un mismo Gardel se ocupaba de dos funciones al mismo tiempo; así, el Gardel gordo era el mismo Gardel que cantaba valses y el Gardel burrero era a su vez el Gardel que no dejaba de extrañar el barrio de su adolescencia y juventud y al cual nunca había abandonado, decía.

Un tío abuelo mío cuenta que una vez entró a un caserón de Villa Urquiza y se encontró a todos los gardeles juntos. Lo más probable es que esta sea una mentira, porque una ley nunca escrita prohibía categóricamente el encuentro de dos o más gardeles en un mismo lugar.

Todos tienen alguna anécdota que contar, pero andá a saber a cuál de los gardeles le pertenece. Mona Maris, la gran actriz de cine, jura que salió con el más Gardel de todos. Libertad Lamarque cuenta que una noche estaba comiéndose una muzzarella en la pizzería “Los Inmortales” cuando Gardel se sentó en su mesa, le sonrió y le dijo: “Yo soy el Gardel Gardel”.

Cuál de todos se habrá muerto en Medellín. Cuál sirvió de modelo para el bronce del cementerio de La Chacarita. Qué hicieron los que quedaron. Yo solo sé que uno -el Gardel hollywoodense- se quedó en Estados Unidos. Todas las mañanas se engominaba la cabeza, se pintaba la cara de blanco y salía

Findeañeos


En ese otro pueblo de la Melanesia, todos los treintayunos de diciembre eligen al azar a uno de sus ancianos, le ponen un reloj de arena entre sus manos y lo coronan “Señor Tiempo”. Después de vitorearlo y felicitarlo como es debido, lo muelen a palos para desquitarse por la desconsideración con la que el tiempo los ha tratado a lo largo del año. Los niños, los enfermos y los más viejos son los que más se ensañan.

La gente de Kamarakorum festeja el fin de año con el Brindis de la Despedida. Cada uno a su turno, con los ojos humedecidos, levanta su copa y declara que “le pido a Dios que esta sea la última fiesta de fin de año en la que brindo con ustedes”. Sucede que el dios de los kamarakorumenses es un Dios contreras, que gusta con decepcionar a sus creyentes y oponerse a los deseos de sus devotos: por eso, con este brindis, tratan de distraerlo y confundirlo en procura de prolongar sus existencias un año más. Y si, efectivamente, mueren a lo largo del nuevo año, al menos tuvieron la oportunidad de despedirse -con el necesario tiempo y el debido respeto- de sus familiares, amigos y seres queridos.

Cuando el dictador terminó con el último de sus enemigos, ya estaba demasiado viejo como para ver cumplidos los anhelos de su juventud, cuando soñaba con ser un gobernante justo y bondadoso. Pensó que el tiempo era el culpable de sus desdichas; y, como no podía encarcelarlo, decidió prohibirlo. A partir de entonces nadie podía mencionar palabras enemigas, tales como “hora”, “mes” y “año”. (Hay que reconocer que la medida contó con el apoyo de los poderosos del reino, que, en su mayoría, eran hombres maduros, cuando no francamente seniles).
En respuesta a esto, algunos huyeron al país vecino para poder envejecer libremente. Y dentro del país, la celebración del Año Nuevo se convirtió en un gesto subversivo, anárquico: un secreto acto de resistencia.

Los habitantes de Hungaria hacen un pacto con la vida. Es un contrato anual, y el último día del año aprovechan los festejos para renovarlo. Esa noche enumeran la cantidad de cosas buenas que harían si dispusieran de más tiempo de vida, y, formalmente, le solicitan a la vida que se los otorgue. Algunos se dan cuenta de que todos los 31 de diciembre repiten los argumentos y ensayan los mismos pretextos. Desde entonces, por comodidad, cada año reciben a la vida leyéndole el mismo papelito de petición.

Allá, en el pueblito de Greenwich, los habitantes acechan en las calles la llegada del año. Dicen que el primero que lo vea llegar puede hacerle una pregunta acerca de su futuro, y que el Año Nuevo estará obligado a responderla. A las doce y un minuto, frustrados, vuelven a sus casas para emborracharse y defenderse de la incertidumbre del futuro, llenos de preguntas a las que nadie va a darle respuesta.

Los científicos de Turingia sostienen que al año le está sobrando una mínima fracción de segundo. Por eso recomiendan a sus paisanos que aprovechen ese momento para hacer lo que se les dé la gana: todo lo que suceda en ese instante fugaz no quedará asentado en ninguna crónica ni formará parte de ningún almanaque. Los turinaginosos esperan con ansias ese mágico momento, pero, cuando ésta llega, solo aciertan a gritar alguna obscenidad, pegar algún alarido, extender la mano en dirección a las nalgas de alguna bella señorita o romper el vidrio de alguna ventana. Los sueños de libertad de los habitantes de Turingia son sumamente modestos.

Los miembros de las familias de Llavallol esperan el cambio de año fuertemente abrazados entre sí: tienen tanto miedo de que el año viejo se los lleve con él, que se reúnen para aferrarse con fuerza a las personas que más quieren. No saben que, en realidad, son ellos los que se han pasado todo un año arrastrando al tiempo consigo. Y que el año viejo, lastimado y dolorido, aprovecha su distracción para escaparse y no volver a verlos nunca más.

lunes

El Silencioso Triunfo de los Gigantes



Don Quijote salió aquel día con su caballo, dispuesto a vencer gigantes. En aquellos tiempos la lucha contra los gigantes era un deporte muy respetado, y todo aquel que fuera capaz de doblegar a uno de ellos era admirado por todo el mundo, aparecía en las tapas de las revistas de moda y se lo invitaba a participar como jurado de los concursos de belleza de las más renombradas comarcas.

Don Quijote -decíamos- salió aquel día a vencer gigantes. Y fue en esa nefasta jornada cuando cometió el gran error: se lanzó contra un inocente grupo de molinos que no pudieron menos que defenderse, golpearlo con sus aspas y arrojarlo de su Rocinante. Tan obsesionado estaba el Quijote con la idea de vencer a uno, y se encontraba en un estado emocional tan alterado, que no pudo darse cuenta de que gigante era gigante y molino era molino. Quedó tirado sobre el piso, maltrecho y avergonzado. Y partir de aquel combate, nadie volvió a creer en sus palabras. Fue imposible guardar en secreto este episodio: hasta el día de hoy nuestras profesoras de literatura española nos obligan a leer este capítulo de sus aventuras para que no nos pase lo mismo.

Cuando los gigantes se enteraron de esta confusión, decidieron disfrazarse de molinos con el fin de que los dejaran vivir tranquilos. Estaban hartos de ser acosados, y suponían que nadie en su sano juicio iba dedicar su vida a perseguirlos. Desaparecieron de los periódicos y se refugiaron en las novelas de caballería, esas historias que comienzan diciendo "había una vez...". Nadie volvió a cruzarse con un gigante, al punto que ya no sabemos ni cómo son, y los pocos jugadores de NBA que conocemos no nos sirven ni siquiera de vaga referencia.

Nosotros (que cada vez que vemos un molino de viento lo pateamos, por si acaso) sabemos que muchos de estos aparatos de moler que se encuentran esparcidos por el campo son, en realidad, gigantes viejos que -de tanto interpretar el papel de molino- ya no se mueven, ni hablan, y sólo se dedican a girar sus brazos y machacar trigo. Más de una vez, después de pellizcar una de sus paredes, escuchamos un “¡Aia!”. Pero, pese a estos éxitos parciales, todavía nos queda mucho por hacer. En el nombre del pragmatismo hoy se acostumbra criticar a todos los que cometen "quijotadas"; esto es: a los que se animan a arremeter contra cualquier clase de monstruo aunque sepan que no tienen el éxito asegurado. Hoy, decir: “voy a vencer a un gigante” significa: “voy a cometer un acto arriesgado, difícil y perfectamente inútil”.

Desde este lugar, los que estamos enterados de la verdad invitamos a todos a salir a las calles y arremeter contra sus propios molinos. Porque puede ser que sean, efectivamente, molinos. Pero, a veces, se da el caso de que son gigantes quietos, temblando de solo pensar que a alguno de nosotros se le puede ocurrir embestir contra ellos...

jueves

Festejando


Anoche nos juntamos para despedirnos del Año. El Año Viejo llegó un poco tarde. “Perdónenme” –se disculpó- “Estuve en una comida que me hicieron los muchachos del Registro Civil de Flores”. No éramos muchos, porque a esta altura al pobre Año ya nadie quiere dirigirle la palabra; por eso sólo habíamos venido nosotros y algunos pocos Años amigos. Estaban el Milnovecientosochentaiseis y el Milnovecientosnoventaycuatro: se los veía rejuvenecidos y al lado del Dosmil -arrugado y avejentado por el ejercicio de sus días- más parecían sus hermanos menores que sus precursores. El alcohol y la emoción apuraron las confidencias. Yo me acerqué al Dosmil y le hice esta pregunta:
-Hay algo que siempre quise saber. El año que se va, ¿adónde se va?.
El Año Viejo me miró, extrañado.
-¿Irme? Los años no se van. Los años se quedan. Los que pasan, los que se van, son ustedes...

Como todos los años, nos reunimos alrededor de la mesa y hablamos todos al mismo tiempo y nos reímos mucho sin saber bien por qué y entonces alguien alzó su copa y nos invitó a brindar por aquello que todos sabíamos y todos sonreímos, cómplices, y brindamos por eso que todo el mundo sabía y chocamos nuestras copas sin saber, maldita sea la cosa, qué demonios era lo que estábamos festejando.

Éramos tan pobres que nadie tenía plata para petardos ni cañitas voladoras: por eso festejábamos el fin de año haciendo declaraciones explosivas. La cosa empezaba -como en las malas obras de teatro de los setenta- con un detonante casual: un pollo demasiado cocido, o un vaso de sidra derramado sobre el mantel de la mesa. Cualquiera de nosotros, entonces, con la cara roja por el alcohol y la indignación, comenzaba acusando a otro de alguna infamia, genuina o supuesta: “proxeneta”, “idiota útil del estalinismo”, “falsificadora de documentos públicos” o “uxoricida”... Las doce campanadas nos encontraba dispuestos a perdonarnos y todos nos abrazábamos con legítimo afecto.
Dios, cómo extraño aquellas fiestas.

Son tantas las fiestas que esta noche optamos por la injusta y ecuánime precisión matemática y decidimos pasar veintidós minutos en cada festejo. Pero esos veintidós minutos son minutos de inquietud y descontento; no dejamos de mirar nuestro reloj y de extrañar las otras fiestas. Al final, lo mejor de la noche son esos minutos intermedios, ese tránsito ansioso de los que partimos esperanzados a buscar la hora y el lugar exacto de aquella fiesta que fue preparada para nosotros, que nos está destinada: la fiesta perfecta, que empezó cuando nos fuimos y que termina en el exacto momento en el que ingresamos a ella.

Queloscumplas


Como todos los septiembres, Dorian Gray reúne a sus amigos y se hace retratar junto a ellos. Pareciera que cada año todos estuvieran posando para la misma fotografía: la torta llena de velitas, las sonrisas secas, Dorian en el centro, concentrado y ausente, como si estuviera en otra parte. Solo una cosa cambia: foto tras foto, los amigos aparecen cada vez más viejos, y algunos desaparecen para ser reemplazados por otros.

Durante el resto del año Dorian se encierra en su cuarto y saca de su escondite la caja con las fotos; entonces las mezcla, como si fueran naipes de una baraja, y las va colocando sobre la mesa. Luego de tentar diferentes dibujos y combinaciones, Dorian Gray lanza un suspiro con la comprobación de que el mundo –esa confusa mezcla de abrazos, hábitos y desamores que, solo por comodidad, llamamos mundo- se ha vuelto cada día más viejo. “Yo permanezco. Todo me abandona”, piensa Dorian Gray, enojado como un niño, casi en el borde de toda tristeza.

“No hay mérito en nacer”, decía el filósofo Melitón de Antropía, el que no festejaba los cumpleaños. “La vida se nos da sin que la pidamos. Llegamos a viejos sin proponérnoslo. Sólo deberíamos festejar aquello que nos hemos ganado”.
“Solo es digno de festejo aquello que nos sorprende, aquello que no esperamos”, afirmaba su discípulo, Hiparco de Etrustia. Hiparco recomendaba el festejo de los ascensos imprevistos y los embarazos no buscados.
Jansenio de Eonia festejaba todo: los cumpleaños y las defunciones, los cambios de dentición y la caída del pelo. “Todo es regalo” afirmaba. “Aún aquello que creemos merecernos”.

La muerte de mi familia es una mujer gorda y perfecta en su redondez. Su piel es de un color entre blanco y rosado y su pelo corto es marrón rojizo, aunque yo creo que se lo tiñe. A la muerte de mi familia le gustan las películas de Robin Williams, los boleros melosos y la sabiduría chota de aquellas frases (copys) que aparecen en los posters junto a la foto de un bebé. La muerte de mi familia anda por nuestra casa los días de cumpleaños, no habla con nadie y se pasa las horas mirando fotos y hojeando números viejos del Para Ti. A la hora de soplar las velitas, yo digo en voz alta: “Quién sabe si estaré acá el año que viene. Quién sabe si la muerte no me estará buscando”. Y la muerte de mi familia –que es orgullosa, y no le gusta recibir órdenes ni sugerencias- se va y me deja tranquilo, al menos hasta el próximo cumpleaños.

Los que sabían de estas cosas sostenían que un año era, en realidad, el tiempo que la Tierra tardaba en dibujar una órbita alrededor del sol. Además –agregaban estos, los que sabían- cada órbita era el dibujo de un círculo perfecto.
Hoy sabemos que no, que no es para tanto, que a veces la Tierra se corre una millonésima de milímetros a la izquierda, y que otras veces llega a la cita un poquito más tarde de lo debido, por lo que el recorrido, más que un redondel perfecto, es un espiral equívoca y mal disimulada.
Ahora que alguno cumple años, festejemos porque una vez más la Tierra acaba de completar otro giro de una vuelta inexacta, un paso más en esta danza de borrachos.
Que siga el baile.

martes

Crítica Cinematográfica


“…Y vivan como si no tuvieran cuerpo”, ordena el Dios de los Sacumanos, que disfraza de fe su misantropía y considera al cuerpo humano como “el Gran Error Estratégico en el Perfecto Plan de la Creación”. Los pintores sacumanitas son especialistas en arte abstracto, más por necesidad que por vocación, porque su fe les prohíbe la reproducción de cualquier figura humana. El cine sacumano, sobrino segundo del arte de la pintura, se esfuerza por contar sus historias con formas y colores: mientras un destello de rojo borravino significa “la llegada de aquella mujer lejana”, una raya de color azul francia que se diluye lentamente significa “un hombre tomando una grave decisión”.

Yo conocí la rara experiencia de ver cine sacumanita cuando, allá por los ochenta, pude asistir a la proyección de su versión de “Edipo Rey”. Algunos espectadores se ocultaban detrás de su pañuelo para disimular el llanto que se asomaba a sus ojos conmovidos; otros, a duras penas, podían contener sus carcajadas. Pero el resto -los más- charlaban o se besaban, porque, de la película, no entendían un carajo.

Déjenme decirles la verdad: miento yo y mienten mis colegas. Los críticos de cine mentimos de toda mentira cuando hablamos del cine de Orestes Scavino. Aunque hayamos compuesto enciclopedias sobre Scavino y hayamos coordinado seminarios sobre su obra, aunque hayamos escrito miles de veces que el último filme que se estrenó “es un típico ejercicio scavinesco”, ninguno de nosotros ha visto un solo fotograma de alguna película de Orestes Scavino. Déjenme decirles otra cosa: tampoco existe Orestes Scavino. Es un pretexto, una mentira sobre la que hemos construido nuestras carreras y nuestras vidas. Sólo existimos nosotros y nuestras palabras, huérfanos de un padre inexistente que nunca tuvo hijos.

En una playa de Antofagasta -después de ahogarse y antes de ser rescatado por un bañero- Carmelo del Socorro Antúnez ve pasar toda su vida como si fuera una película. Esa tarde resuelve reconstruir aquella visión. Con la ayuda de amigos y parientes se dedica a recrear delante de una cámara las escenas más importantes de su historia.

El cortometraje (“Escenas de la vida de Carmelo del Socorro”) nunca llega a estar terminado; cada dos o tres meses Carmelo destruye el guión y lo reemplaza por otro distinto, vuelve a rodar de nuevo las mismas escenas y retrasa con vagos pretextos la finalización del rodaje. Es que Carmelo del Socorro tiene tanto miedo como ganas de completar su obra. Carmelo del Socorro cree que, el día en que la remake de la película de su vida esté lista para su proyección, la misma Muerte va a sentarse en la butaca de al lado. Sospecha que a la salida del cine, ella va a invitarlo a una pizza con cerveza para discutir la película... Supone que no va a animarse a decirle que no.

viernes

Algunas mentiras acerca de San Martín



El acto del colegio fue así: Carnevali, De La Barra y Arusmendi, grandotes y macizos, representaban a la cordillera de los Andes. López Peña, con las patillas de corcho quemado que le cruzaban los dos cachetes, era San Martín y les pedía permiso para pasar. Las montañas deliberaban un momento y, con toda cortesía, le decían que no, que ni a palos. Entonces yo (que era su granadero asistente) le hacía un estribo con mis manos, López Peña se trepaba sobre los hombros de los Andes y el colegio se venía abajo de los aplausos. Y el verdadero San Martín -que estaba en el cielo con mi abuela, con Belgrano, con Colón y con los dinosaurios- nos aprobaba asintiendo con la cabeza, o no.

-Yo puedo hacerlo reírse -dijo el pintor de retratos. - Que se prepare ese San Martín. Si alguien es capaz de hacerle mostrar la dentadura, ese voy a ser yo, es decir, Gil de Castro. Al otro día, San Martín se presentó a posar para su retrato; Gil de Castro lo recibió vestido de dama andaluza. San Martín, ni se mosqueó. Durante los días siguientes apareció vestido de mulato, de Fernando VII, de Libertad Guiando al Pueblo y de Emperador de la Cochinchina. Fueron esfuerzos inútiles. "Al cuerno", dijo, ya harto: el último día mostró su cuadro al Libertador de las Américas, lo despidió con fingido respeto y le pintó una sonrisa a su retrato.

De todos los monumentos a San Martín, el que más me gusta es este: la Templanza, la Magnanimidad y el Pundonor conversan animadamente mientras hacen fila para felicitar al Libertador. Detrás de ellos esperan su turno las tres Gracias, la Conciencia Escrupulosa y tres de las nueve Musas. Una secretaria -graduada en el Instituto Sanmartiniano- les dice que el General está en una reunión. San Martín, mientras tanto, se ha quitado las botas y está leyendo una revista Condorito; la Gloria le sirve un chocolate caliente con bay-biscuits.

La historia -que cuando te muestra uno, quiere decir que te escondió nueve- jamás te va a contar lo que pasó allá dentro. Yo supongo que Bolívar cerró la puerta, contó hasta diez y la volvió a abrir, para asegurarse de que no hubiera ningún curioso con la oreja pegada al vano. Después se sentó frente a San Martín y lo examinó como un niño de seis años examinaría una ecuación de logaritmos. San Martín lo miró sin mirarlo. Pasaron así una hora larga. Entonces, Bolívar se levantó y dijo:
-Entonces, se hará lo que deba hacerse.
-No esperaba otra cosa - dijo San Martín.
Luego se puso de pie, le dio la mano y se fue.

En sus últimos días, San Martín se paraba al borde del acantilado. Mientras el viento trataba de despeinarlo y las olas le salpicaban los pies, él se acordaba de aquel diálogo con su hija Remeditos:
-Yo vivo para el futuro, Remeditos... -le dijo, como disculpándose. -El pasado vamos a dejárselo a nuestros descendientes.
-A mí me toca la peor parte, entonces -respondía Remeditos. -Voy a tener que ocuparme del presente
Al borde del acantilado, San Martín se quedaba quieto, duro, observando el mar y las olas. Y ensayaba poses para cuando fuera bronce.

Canciones


“Ya lo estoy queriendo.
Ya me estoy volviendo canción”

Luis Alberto Spinetta.

Cuando era chico aprendía muchas canciones de amor para poder cantarlas cuando estuviera enamorado. Y canciones tristes para cuando estuviera en situación de llorar. Y canciones alegres para salir de mi casa por la mañana, con el sol haciéndome cosquillas: Que para eso está la infancia (y la adolescencia, y la juventud): para llenarse de canciones. Para atesorar el material de tarareo necesario para el resto de nuestras vidas.
Corolario: ser joven es seguir buscando canciones nuevas que tararear.

Don Atahualpa Yupanqui escribió miles de canciones y cuando una vez un periodista le inquiriera respecto de si había estudiado música, le respondió que no: “Sólo he estudiado mucho silencio”, respondió. Tenía razón. Las mejores canciones son las que no necesitan asesinar el silencio, sino hacerse sus amigas.

Me desperté con frío en los pies y lagañas en mis ojos, y ese Hit que suena en mi cabeza. Los hits son canciones que parasitan en nuestras mentes para poder sobrevivir a costa de nuestros pensamientos. Los hits son los troyanos de la conciencia. Pagaría lo que sea a la persona que me enseñe cómo se desaloja a estos intrusos.

Hay canciones que detesto porque me engañaron. Siento por ellas ese odio sociabilizado que sólo se tiene hacia los viejos amores que ya no son. Ellas me abandonaron, pasaron los años y las encontré de vuelta; hoy me juran que todo volverá a ser como antes. Y me ruegan que vuelva a cantarlas, aunque más no sea por gratitud a aquellos tiempos.
Pero no hay caso: soy capaz de perdonar cualquier cosa, de olvidar todos los agravios y las infidelidades. Pero jamás podría perdonar a una canción que me ha mentido.

Cuando muera, Dios va a acercar su oreja a mi corazón para auscultar las canciones que me quedaron dentro. Yo voy a pedirle perdón por todo ese tiempo -¡Horas, días y años de mi vida!- que he “perdido” escuchando las canciones “equivocadas”.

Yo conozco una canción vieja: Cuando se la canta, el hoy deja de ser hoy y se convierte en ayer. También sé de una canción que sabe detener el reloj. Quizás ahora, en este mismo momento, aunque no seamos capaces de descifrarla, estamos escuchando una de aquellas canciónes de mañana. "Esto lo toqué mañana", dice el trompetista del cuento de Cortázar
La música es uno de las pocos poderes capaces de confundir al tiempo y de recobrar lo mejor de nosotros mismos.