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jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Pánfilo Martesani



Pánfilo Martesani quería ocultarse del mundo, y por eso mismo comenzó su carrera literaria. ("Porque para eso escribe el que escribe –afirmaba, eufórico-, para desaparecer detrás de su escritura…") Lo cierto, es que una mañana de enero se largó a escribir su autobiografía, y, 742 páginas después -o 72 horas, que es casi el tiempo que le llevo escribirla-, empezó a borrar todos sus rastros.

Primero, eliminó del texto toda referencia a su persona. El resultado fue un relato turbio y enigmático, como una comedia sin cómico, una tragedia sin coro o un baño sin jabón. Un relato que avanzaba como un tren en la noche, sin su mótorman.

Martesani había optado por hacer voto de ausencia. Se abstuvo, por lo tanto, de decir las cosas tal como las hubiera proferido naturalmente. Eliminó todos aquellos giros literarios y metáforas en los que parecía que la ideología del autor era demasiado evidente. Sostuvo con vehemencia aquellas afirmaciones que contradecían sus creencias morales, sus elucubraciones más lúcidas.

Cuando llegó al final de la redacción del tercer manuscrito, Pánfilo ya se había abandonado totalmente a su propia escritura y se encontraba rendido a las pasiones y los trajines de alguien que no era él, sino apenas un dactilógrafo atento a los dictados de la ausencia, un abandonado a la negación de sí mismo, un amanuense de su propia confusión.

Por fin, una mañana de octubre, fue publicada la primera edición de “Ausencias”. Pánfilo esperó las reseñas de los diarios con la avidez del criminal que espera la noticia de su crimen, con la certeza del que no va a ser descubierto. Pero los críticos literarios –que suelen ser tan impiadosos como para decir las verdades más tremendas- alabaron el estilo particular, hecho de austeros silencios y vacías miradas. Y el mundo literario celebró, entonces, el nacimiento del “Martesanismo”, tan personal e intransferible.

A partir de entonces, las profesoras de letras de las escuelas municipales estimulaban a sus alumnos para que se convirtieran en nuevos Martesani, "si es que algún día -escribía la directora general en la revista mensual educativa- ande bayan, quieren ganar la fama y la gloria in Perez cedera, y no tener que jugar al Bingo como nosotra... " (sic)

Pánfilo, en su desesperación, trató de escribir un relato que pudiera devorarlo y hacerlo desaparecer. Espantado de su éxito y de sí mismo, no volvió a escribir ni una escueta lista de supermercado. Y a la hora de buscar el anonimato y la no existencia en vida, se hizo artesano de zandalias franciscanas en la Plaza de San Isidro.

Piedra libre para aquellos que, como Martesani, quieren esconderse y no encuentran mejor lugar que detrás de sí mismos.

Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.

sábado

Leandro Evangelino: una vida patricia


Primera parte: Sus años escolares

Año del Señor de 1790

Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.

-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.

Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:

-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.

Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:

-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.

Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.

Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:

-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"

Segunda parte: Su vida pública

Alto Perú, 1810-1815

"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.

El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:

Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta


Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.

El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.

A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.

Tercer parte: El Juicio de la Historia

En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.

Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...

Epílogo

Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.

¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!

domingo

Maurice Carné y las amebas


A fines de la década del ’60, el biólogo francés Maurice Carné comenzó a investigar la vida social de las amebas. (No hay nada más aburrido que la observación de las amebas: seres que no manifiestan ninguna clase de afecto ni ambición, como algunos hombres). Luego de cinco años de observación sistemática y minuciosa, se encontró con las manos vacías, se encerró en su bohardilla y escribió -de un tirón- su obra cumbre: "Pucky: Escenas de la vida privada de una ameba".

Pucky es la descripción –tan novelesca como falsa- de la genealogía de una comunidad de amebas. La obra relata, al detalle, el nacimiento de Pucky por generación espontánea y su iniciación al mundo, sin ahorrarle al lector las numerosas escenas de sexo explícito seguidas de violencia sin justificación alguna. ("¿Qué querían encontrar? ¿Moralidad en una ameba?", decía Carné).

Su libro salió a la venta en la Navidad del ’69 y fue comprado y obsequiado por miles de personas; algunos, incluso, aseguraban haberlo leído. La prensa oficial y la opositora se aunaron con porfía, a fin de instalar esta feroz polémica: "Las amebas: ¿culpables o inocentes?". Gesto inútil que, como era esperable, solo sirvió para reforzar la fama y la inocultable y creciente soberbia de Carné.

Todas las asociaciones científicas de la época se ocuparon de despojar a Carné de sus matrículas: desde la Asociación Racionalista de Montechingolos hasta el Club de Leones de Venado Tuerto, le llovieron las proscripciones. Pero para Maurice Carné ya esto era pasado, y su interés presente se enfocaba en la preparación de lo que, sin dudas, sería su obra maestra: los trece tomos de "La saga de los paramecios".

Mientras tanto, sus invenciones pseudocientíficas atraían la atención de los productores de Hollywood que ya se animaban a comparar a Maurice Carné con los más disímiles personajes: Ray Bradbury, Jacques Coustau, Daktari y La Cicciolina. Todo esto, al mismo tiempo que se apuraban a adquirir los derechos sobre Pucky.

Actualmente, uno de los más grandes estudios cinematográficos prepara su versión fílmica, esperando contar entre su reparto estelar con la participación de Keiko –más conocido por Willy-, para rodar las escenas finales de interiores, donde Pucky, encarcelado en el estómago de la orca, lucha desesperadamente contra los terribles jugos gástricos.

Deborah Dardanella


La lasciva Deborah Dardanela vivía en un terreno baldío de Villa del Parque. Desde allí aguardaba la llegada de los jóvenes pintones para tomarlos del cuello de su camisa y arrastrarlos hacia el fondo del terreno. Una vez desparramados en un improvisado colchón de cajitas de tetrabrick que ella misma preparaba cuidadosamente, los obligaba a cumplir con sus requerimientos amorosos. Y si tardaban más de treinta segundos en satisfacerla, se los comía vivos.

Durante años, el baldío se convirtió en la tumba de los amantes parsimoniosos y los “lentejas” del barrio. Hasta que un día pasó por allí un joven, que no era otro que Tito, dios protector de los ejecutivos, los yuppies y la gente apurada. Tito -sin soltar su Nokia- poseyó a Deborah Dardanela en once segundos con cuatro décimas. Deborah Dardanela, ofendida y abochornada por tan infamante marca, se suicidó colocándose debajo de un volquete que casualmente caía desde un décimo piso.

Como significativo ejemplo, los dioses del barrio erigieron un Mc Donalds sobre este mismo terreno. Allí, el espectro de Deborah Dardanela, en castigo, debe sonreír eternamente mientras atiende los pedidos de sus novios fantasmales. Estos se quejan a viva voz de la lentitud del servicio, y son tantas las demandas de que los combos no llegan a su debido tiempo, que Deborah Dardanela pierde una y otra vez la oportunidad de ser premiada como la mejor empleada de este Hades celestial.

Las historias de nuestra ciudad están llenas de ese... qué sé yo, ¿viste?

miércoles

La Historia de Uno


Uno se cansa de los otros. Entonces busca su álbum de fotografías y arranca esa hoja con el retrato de su familia; toma su encendedor, le prende fuego, y las caras, los cuerpos y las voces de los Unos se convierten en chispitas que bailan por el aire. "No se pierde mucho", piensa Uno. Cuando la familia de Uno se encontraba en un mismo cuarto -Unopadre, Unomadre, Unohermana y Unomismo- parecían cuatro piezas de rompecabezas distintos que nunca llegaban a formar una figura: cuatro que no hacían uno.

Uno encuentra la foto de sus compañeros de colegio. Es difícil distinguir la cara de Uno de las otras caras: Uno siempre trató de pasar inadvertido, de vestirse como ellos, de peinarse como todos, de escuchar la música que escucha la mayoría y de no leer los libros que los demás no leían. Sin furia y sin pena arranca la fotografía, la enciende y uno a uno desaparecen.

Uno junta las fotos de sus amigos, hace un pilón y lo convierte en cenizas. Los amigos de Uno era gente como Uno, que pensaban lo mismo que Uno, se preocupaban por las mismas cosas y disfrutaban de los mismos placeres. Espejos de Uno con diferentes rostros. Pero el fuego no pregunta. Al fuego no le interesa. El fuego se los devora.

Uno busca y rebusca, y encuentra esa instantánea de la cena con sus compañeros de trabajo. Tardan en arder e irse. La última en esfumarse es su secretaria. Estar con ella -recuerda- era como participar de una reunión de dos personas en la que una de las dos está ausente.

Uno encuentra dos imágenes: la de su primera novia (esa a la que dejó porque "los dos éramos demasiado parecidos") y la de su ex esposa (esa que dejó porque "los dos éramos demasiado diferentes"). El fuego se las bebe, despacito, y a Uno no le importa.

Y cuando Uno termina de incinerar los últimos retratos -los de aquellos cuyo nombre empieza con ele y con jota, aquellos que llevan tilde en el apellido o nariz en el rostro- recuerda que hay una fotografía que quiere salvar. Una sola: la que se sacó a sí mismo con su cámara digital. Revisa las poquísimas páginas que quedan en el álbum, pero la foto no aparece. ¡Qué lástima! -piensa-, mientras suelta el libro en llamas que se va deshojando en su camino al suelo. Antes de poder terminar otro pensamiento, Uno desaparece, dejando un cúmulo de cenizas, unos pocos pedazos de papel chamuscado y mucho olor a quemado.

Y Uno (y uno) nunca sabe qué pasó.

jueves

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

Los Fernández Werther | Final



Oliverio Fernández Werther era un mozalbete escuálido y sensible cuando leyó en las epístolas de San Pablo aquella frase que lo sobrecogiera: “...Y por más que yo entregara mi cuerpo a las llamas…” Inundado de profundo misticismo, abandonó el libro y se dirigió al zoológico citadino con paso resuelto para confiarse a la muerte. Pero las llamas se negaron a apropiarse de su macilento cuerpo: los pocos camélidos que no lo ignoraron, se entretuvieron pisoteándolo y escupiéndolo. Oliverio volvió a su casa con el orgullo magullado, su anatomía llena de moretones y una migraña persistente que le latía en el occipital.

Habían decidido morirse de ópera italiana. Oliverio y su primo Macedonio estaban sentados en el palco del teatro, aguardando a sus respectivas muertes, cuando, hacia la mitad del tercer acto del Otello (se trataba de una agonía lenta, pero melodiosa) se encontraron suspendidos en el vacío. Como si nadaran de noche en un río sin agua, avanzaron trabajosamente hacia algo que parecía una orilla: allí los esperaban el tío Saturnino, la prima Ercilla y una cantidad enorme de parientes. Macedonio fue recibido con aplausos y vítores, pero Oliverio fue rechazado con gritos, chiflidos y gestos por demás obscenos. “¡No es momento de morirse, m'hijo!”, vociferó la tía Amanda. Oliverio volvió a zambullirse en el río de sombras y regresó al teatro para presenciar el comienzo del cuarto acto, ante un Pavarotti que, hinchado como una pavo de navidad, acababa de comerse a Desdémona.

El revolver de Oliverio Fernández Werther nunca se disparaba, el veneno no le surtía efecto, su daga se negaba a hendir y traspasar su carne. Cuando Oliverio manejaba, los carros y los árboles se apartaban de su camino, alevosamente.

Una mañana se detuvo a mirar su cuerpo en el espejo. Podía contar las marcas y cicatrices y, a través de ellas, recorrer, como en un mapamundi, aquella travesía de muertes fallidas que parecía no llegar nunca a destino.

Nahuel Fernández Werther se incendió: una mañana, después de ducharse con gasoil, encendió un fósforo y declaró que se inmolaba en un gesto de solidaridad con el Tatú Carreta, animal casi extinto, decía, por culpa de Greenpeace, que sólo se preocupaba por la defensa de las ballenas francas. Los pocos transeúntes que pasaban por allí cuentan que no entendieron nada, que sólo escucharon un balbuceo sin sentido y pensaron que era un joven que practicaba la glosolalia. (Que era una de las modas de aquel verano, junto con el taquirari y el arrojar piedras a los espejos de agua tratando de hacer “sapitos”). Su muerte acaparó la atención de la prensa de todo el mundo durante exactos doce segundos.

Era el penúltimo Fernández Werther que quedaba con vida. “Así que esto era entregar el cuerpo a las llamas”, pensó Oliverio con tristeza. En la intimidad definitiva (porque ya hasta los fantasmas lo evitaban) se sirvió una ginebra. “Tal vez –se consoló- seguir con vida sea la forma más lenta de suicidarse. Pero es la única segura”.

Después -por enésima vez-, cerró las puertas y ventanas, encendió el gas y se sentó a leer el suplemento especial de Mafalda, en el periódico de los domingos...


lunes

Los Fernández Werther | Parte I


Mientras trataban de olvidar ese verano húmedo que convertía sus vidas en un martirio blando y pringoso, los porteños de 1914 se consagraban con fervor a las modas del dominó, las polainas y el suicidio. Algunos snobs, incluso, calzaban sus polainas, iban a jugar dominó con sus amistades y, si tenían la suerte de ganar la partida, en una especie de ruleta rusa inversa, terminaban suicidándose. Mientras tanto, las revistas femeninas proponían formas elegantes de extinción, tales como el veneno suave y aromático, o la autoasfixia; formas éstas de autoinmolarse sin ofender el decoro y el buen gusto popular.

Saturnino Fernández Werther partió una noche de marzo rumbo al barrio de Balvanera. Entró en un prostíbulo de mala muerte, se acercó a un compadrito que trataba de matar el tiempo con ginebra fraudulenta, y le hizo notar que el color de su pañuelo no combinaba con el del resto de su vestimenta. El pañuelo era un regalo de su madre: el hombre se sintió legítimamente ofendido y lo desafió a duelo. Saturnino respiró aliviado; la parte más difícil del plan ya estaba completa y sólo restaba dejarse llevar por los acontecimientos. Salieron a la esquina. Esa noche había tantos duelos que tuvieron que esperar con paciencia el turno para achurarse. A la hora del cuchillo, Fernández Werther ensayó una puñalada descuidada -producto más del miedo a no morirse que de las ganas de estar vivo- pero el malevo le cruzó el abdomen de un estiletazo certero. Saturnino cayó mientras veía su vida transcurrir de un tirón como si fuera una película (como en aquella época sólo había cine mudo, la visión de esta película se redujo a la contemplación apurada de unas pocas escenas, mudas, discontinuas y mal iluminadas). Avergonzado por la nula resistencia de su oponente, el malevo unió sus manos y se arrodilló a rogar a la virgencita, de la que era fiel devoto, por la resurrección de Saturnino. (Por una cuestión de justicia, quería devolverlo a la vida para darle la muerte que se merecía). Pero era demasiado tarde. Con una sonrisa triunfal en su boca, Saturnino expiraba con todo éxito.

El festejo del suicidio de Saturnino Fernández Werther fue el acontecimiento social del mes; más comentado aún que el suicidio de Teodelina Álzaga Unzué, que se murió de amor, nomás. Los Fernández Werther que lo sobrevivieron (y que cada vez eran menos: porque si algo se puede decir de esta familia es que eran suicidas natos) brindaron a su salud con envidiosa alegría, y todo fue un volar por los aires de polainas, disparos y fichas de dominó. El fantasma de Saturnino también estuvo presente, y, sentado en su silla preferida, los miraba largamente. En realidad, antes de su suicidio, tampoco hacía gran cosa y sólo sabía pasarse horas y horas mirando el espejo. Hoy, su fantasma sigue mirándolo, pero desde el Otro Lado.

(continuará)

viernes

La Señorita Ene


Primer día de clases

-Ahora vas a empezar sexto grado y vas a jugar en el recreo con todos nosotros –me dijo mi hermano mayor, cuando íbamos camino al colegio. -No te voy a dar consejos, porque los consejos no sirven para nada: si querés, peleate a trompadas con quien se te dé la gana. Pero te digo una sola cosa: nunca toques a la señorita Ene.
Y sin esperar a que yo le preguntara nada, continuó:

-La señorita Ene es la de música. No es mala, pero es distinta a las otras profesoras. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima: en cuanto la rozás, se pone como loca. A Velarde, el año pasado, lo echaron por tocarle el hombro con el dedo.

Un mes después

La señorita Ene no parece joven ni vieja. Tampoco es especialmente linda ni notablemente fea. Su cara es blanca, como la cara de aquellas fotos en las que el flash se acercó demasiado y nos reveló el retrato de un rostro sin rasgos, con los ojos rojos de conejo. Lleva un gabán negro de grandes botones dorados, que no se quita ni en las tardes más tórridas del verano. Pero, cuando pasa caminando al lado nuestro, todos sentimos un frío oscuro y húmedo que invade nuestras almas.

Dos semanas después

La señorita Ene decidió que habíamos trabajado lo suficiente, y, con una sonrisa de su rostro blanco nieve, nos dejó salir antes de que termine la clase.
-Y usted, Rossoni... -me dijo, cuando estaba atravesando el umbral de la puerta-… mándele saludos de mi parte a su abuela. Siempre la recuerdo con profundo cariño.

Cuando se lo conté a mi abuela, esa misma tarde, se persignó y fue a encerrarse en su habitación, de la cual no salió por varios días, sumida en un pozo depresivo.
-Siempre que le hablan de la señorita Ene, se impresiona mucho –me explicó mamá- ¿No sabías que la abuela fue alumna de ella?

Como dos meses y medio después

La señorita Ene estaba corrigiendo las evaluaciones de mitad de año. Nos acercamos a su escritorio. Yo tosí.
-Señorita Ene: un alumno de séptimo me dijo que teníamos que felicitarla porque hoy es su cumpleaños.
La señorita Ene levantó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo, sonrió y siguió escribiendo como si nada. Abelardi –que siempre se destacó por ser el más valiente– se atrevió a hacerle la pregunta:
-Señorita Ene: ¿es verdad que usted es un fantasma?
-Sí. Es verdad –dijo, sin levantar la vista de las hojas. -Ahora, chicos, les ruego que no me interrumpan más. Tengo que entregar estas evaluaciones antes de que suene la campana.

Algún tiempo después

Cuando la señorita Ene le puso un uno a Altube, que era el mejor promedio de la clase, la madre fue a protestar a la oficina del director y a exigirle que echaran a “esa señorita Ene”.
-¡Lo menos que se puede pedir de un docente que viene a dar clases, es que esté con vida!- rezongó.
-Discúlpeme, usted, señora Altube- dijo nuestro director. -Pero la señorita Ene es la profesora más antigua del colegio. Nunca falta a clase, ni se enferma, ni pide licencias. Es un ejemplo para todos nosotros. Si su hijo no es capaz de convivir con una persona tan, pero tan especial, le recomendamos que lo ponga en otra institución.

A fin de año

-La verdad, que les tomé cariño –nos confió la señorita Ene el último día de clases. -Pero vamos a tener que despedirnos-. Todos protestamos.
-No me prometan nada – continuó. Que nadie diga que va a volver a visitarme. Cuando ustedes crezcan, van a ponerse a pensar en lo raro que es que este fantasma les haya dado clases. Y la idea les va a producir cada vez más miedo. Créanme.
Protestamos de nuevo, la aplaudimos y simulamos un abrazo a su alrededor, sin tocarla y entre lágrimas.

Un montón de años después

La señorita Ene tenía razón. Desde ese entonces, volví a pasar innumerables veces por la puerta del colegio, y nunca me animé a entrar a saludarla.

Hoy, ya más grande (o menos chico), me paro frente al viejo frontispicio y siento la tentación de entrar para ver si el patio sigue reduciéndose o si alguien borró las inscripciones que con una cortaplumas grabé, trabajosamente, en el añoso nogal del patio de juegos. Pero hay algo que no me deja. Es una sensación que no llega a ser miedo, pero se le parece bastante. Entonces, doy la vuelta rumbo a mi casa, con un renovado desaliento, intentando olvidarme, una vez más, de que la señorita Ene sigue dando su eterna clase de música, como un regalo del Cielo o un castigo del Infierno.

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros - Última Parte


-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad sólo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.

Y desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“De todas las Calaterras posibles, esta debe ser la más difícil de habitar”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

El hombre viejo humedeció con saliva su dedo índice y trazó una línea larga y despareja, de izquierda a derecha, del oeste al este. Acababa de darle vida al horizonte. A partir de ese momento ya existía un Cielo y una Tierra, un Arriba y un Abajo. Cómo era lógico, todos los que flotábamos caímos al suelo, mareados, tratando de hacer pie. Pero algunos se tropezaban y chocaban entre sí. Lo único quieto en todo el pueblo era un árbol marrón y deshojado.

-¿Ese no es tu amigo, el enamorado? -dijo Leandro. -Tuvo suerte en no desaparecer con todo el resto.
-Por más pesado que sea, sigue siendo una persona y no un lugar. Eso fue lo que lo salvó –respondí, pasándole mi mano para quitarle el polvo acumulado. Pero Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. El hombre viejo había vuelto a hablar.

-Así era el desierto de donde vine –dijo levantando su mano derecha, la palma extendida. –El cielo era de un color azul gastado, y el suelo, de un marrón desteñido.
Y tanto el cielo como el suelo empezaron a adquirir color.
-Cuando llegué por este camino…
Y el camino apareció.
-…me recibieron los perros…
Y aparecieron perros, jadeantes y ladrantes.
-…Y un hombre me vendió un tomate. Nunca había visto algo así -dijo, tomando entre sus manos un tomate del puesto de verduras que acababa de hacer aparecer.

Entonces, entendí el plan. El hombre viejo estaba construyendo una nueva Calaterra, que era igual a la vieja.

Algunos calaterrenses empezaron a imitarlo. En pocos minutos un nuevo Barrio de los Mercaderes estaba terminando de dibujarse. Aparecieron tres tarimas: una para los artistas, otra para los dementes y otra para los profetas, y una nueva posada, en el mismo lugar de la anterior. Corrimos a cobijarnos, pero la posada, por dentro, estaba vacía, como el decorado de una obra de teatro antes del estreno.
-Hay que esperar un poco. La ciudad todavía no esta terminada –advertí.

Toda la ciudad se parecía más a su dibujo que a sí misma. La nueva Calaterra estaba a medio camino entre el estar y el no existir, y hasta las piedras todavía eran huecas.
-Lástima de ciudad. Pero nosotros nos vamos. Ya no tenemos nada más que hacer acá -dijo Macedonio. -¿Vas a acompañarnos?, espía.
Asentí con la cabeza. La espantosa semana de los milagros estaba finalizando.

Salimos con facilidad atravesando los muros inconsistentes de la nueva Calaterra, como si fuéramos fantasmas. Nadie nos prestó atención: el único gesto de despedida fue un piedrazo que se estrelló contra la espalda de Leandro, arrojado por la mujer gorda que todavía se negaba a creer que no fuéramos profetas.
-Ya te dije que estos tipos no me gustan –reafirmó Leandro, quitándose de memoria con la mano los restos de polvo que le deshonraban la espalda.

“Su Majestad, Cuesta resbaladiza Bajo los Pies del Deshonesto, Azúcar Negra que Gusta y Alegra”: a la mañana siguiente llegamos a Calaluna, la ciudad hermana de Calaterra. Allí, las historias corren más rápido que las personas. En la taberna -mis visitas a una ciudad siempre empiezan por la taberna- los parroquianos están hablando de Calaterra y de los tres dioses que visitaron la ciudad.

-Dicen que a cada uno le regalan el milagro que se les pide -vocifera un joven de pelo verde, picado de viruela.
-No han de ser dioses, entonces -sostiene el tabernero. -Un buen dios nunca cumple lo que le piden sus devotos.
-Solo eran tres profetas, pero dicen que se robaron la ciudad y no querían devolverla. Y nunca va a saberse dónde quedó escondida-murmuró un hombre flaco de bigotes gruesos.

Yo dejo por un momento mi vaso de vino y hago un racconto a la ávida concurrencia de todo lo vivido: Digo que hoy existen dos Calaterras en un mismo lugar: la Nueva, la del deseo; y la vieja, la de la realidad. Que la Calaterra del deseo se va a ir desvaneciendo, porque las cosas que son del sueño no sobreviven mucho tiempo entre la gente despierta. Que en su lugar va a aparecer la vieja y querida Calaterra. Que al principio nadie va a darse cuenta, pero dentro de algunas semanas todo va a volver a ser como antes, y el enamorado va a volver a enamorarse de su Dorelia, y va a reírse y a llorar de nuevo, y ningún espía, ni Dios ni profeta va a poder hacer nada al respecto.

Los hombres del pueblo se ríen aparatosamente y me palmean la espalda en reconocimiento a mi ignorancia, puesto que es sabido que los forasteros no saben nada de nada, y siguen contándose las historias que quieren escuchar. Pero, lo que nunca sabrán es que cada vez que hablan de Calaterra y de su espantosa semana de los milagros están hablando de mí y de mis amigos. Yo también me río mientras termino de imaginar esta carta que voy a escribirle apenas pueda, Su Majestad, para que usted me crea, porque tengo miedo de ir desapareciendo en este mar de historias ajenas, de dejar de ser el que cuenta para volverme parte del cuento, de dejar de ser el hombre de las mentiras para convertirme en lo mentido, de no ser más el soñador para transformarme en lo soñado...


-Fin-

lunes

Christopher Perfect



Voy a tratar de aprisionar al viento y de tapar el cielo con un harnero. A dejar unas palabras escritas sobre el agua. Voy a emprender la reseña de una obra que no existe y contarte acerca de Cristopher Perfect, uno de mis actores favoritos.


Ninguno de los biógrafos de Perfect pudo ver jamás alguna de sus actuaciones. En rigor de verdad, no existe un miserable fotograma que nos muestre su trabajo. Sólo nos queda la leyenda, y a la leyenda sólo se la puede alimentar, celebrar o refutar. No creo que en este espacio incompleto llegue a hacer ninguna de estas tres acciones.

Cristopher Perfect era un joven actor de teatro que –una infausta madrugada de 1934- tuvo una discusión de borrachos con un hombre canoso. Christopher lo apaleó, le rompió ambos brazos y huyó con su girl. Al otro día, cuando fue a presentarse a un estudio de Hollywood para hacer una audición, supo que aquel señor canoso era nada menos que el dueño de los “Estudios Warner Bostas”.

-“Jamás verás tu detestable cara en una pantalla de cine” –maldijo el magnate, fuera de sí. En aquellos tiempos, la maldición del dueño de un estudio cinematográfico equivalía –escalón más, escalón menos- a la maldición de un dios babilonio. Pero al otro día le llegó un contrato y Cristopher filmó así su primer largometraje. Esperó con ansias el día del estreno, para descubrir que su personaje había sido eliminado del montaje final. Pasó lo mismo durante sus próximas cuatro películas.

Por fin, la noche del estreno de su filme “Los dos amigos inseparables” (su personaje era uno de los dos amigos), contempló con inocultable decepción que no aparecía en ninguno de los 124 minutos de rodaje. Cristopher Perfect descubrió la índole de la venganza a la que estaba sometido. ¿Sería, acaso, un Narciso de suerte inversa, condenado a escrutar eternamente la superficie del lago para ver si, alguna vez, llega a aparecer su reflejo?.

Aunque participó en 221 películas, ningún espectador pudo ver jamás su rostro. Los camarógrafos apagaban sus cámaras cada vez que entraba en el plató para ahorrar cinta. Pero Cristopher Perfect hacía su trabajo como si de esa actuación dependiera su vida. Sus compañeros de set concuerdan en que eran actuaciones únicas, memorables,... e indescriptibles.

Apenas una imagen escapó a la censura: su silueta huyendo por los pasillos de un castillo, en “Hamlet” (1951). En ese film, Christopher se encargó de darle vida a un personaje a su medida: fue el fantasma del padre.

James Cameron le rindió un último homenaje en “Titanic”. Lo llamó para el papel del anciano Leonardo Di Caprio y la escena de su aparición costó 3,7 millones de dólares. Después, como corresponde, fue eliminada del metraje.
¿Cuántas películas van a sobrevivir a un tiempo de –digamos- setenta años? ¿Cien, catorce, tres? ¿Cuántos actores van a ser recordados dentro de ocho décadas? ¿Uno?

El universo no sabe más que de ausencia y desmemoria. Cristopher Perfect fue un adelantado. Cuando todo rastro nuestro desaparezca, él nos estará esperando para preguntarnos: “¿Por qué tardaron tanto? Yo desaparecí primero, señores”.

No nos engañemos. La desaparición y el olvido son los destinos ineluctables de toda obra artística (y, por qué no, humana). Y la función del artista es la de fingir que no lo sabe.

domingo

La Espantosa Semana de los Milagros | V Parte


Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?

-Podrías volver a tu desierto.
-Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.


“Su Majestad: Corazón de Melón, Mano Poderosa que todo lo Vigila”, en este momento lo imagino escuchando mi relato con los ojos entornados, mientras acaricia los festones de seda de su manto. Me imagino como se mueren de sueño los Cortesanos de Turno De Esa Hora, y como el Coro de Aduladores Reales trata de disfrazar sus bostezos de suspiros. “Habría que liquidar a esta ciudad. Es peligrosa: los pueblos que pueden cumplir con todos sus deseos no necesitan un Soberano que los proteja”, piensa entre sueños el Consejero Real, que sólo sabe recomendar guerras. Pero el Tesorero Aúleo -que sólo sabe cancelarlas, porque le salen demasiado caras al Erario- anda deambulando por el mismo sueño. “Sí que necesitan un Rey”, le contesta al Consejero. “Necesitan un Rey que los defienda de ellos mismos”. El Lector de Relatos Extensos y Aburridos anuncia con alivio que éste es el último rollo de esta historia. Las suyas son palabras mágicas que invitan a restregarse los ojos somnolientos y a preocuparse de que el rey no los pesque pensando en otra cosa. Y yo, sigo con mi relato.

Antes de volver a la posada, dejé mi soga tendida para que el viejo me siguiera. El viejo fue a buscar a sus amigos. En pocos minutos se había formado detrás de él una larguísima hilera de calaterrenses que trataban de salir de la ciudad avanzando sin soltar el salvoconducto. Uno por uno, fueron llegando a la otra punta de la soga. Toda Calaterra caía sobre nosotros, literalmente, del cielo. La posada pronto quedó atestada de gente, y los que no pudieron entrar nos espiaban desde las ventanas, sin animarse a volver a sus casas. Y aunque todos estábamos incómodos, apretados como sardinas, ninguno se atrevía a intentar el más mínimo de los milagros.

En uno de los rincones, algunos calaterrenses habían improvisado un partido de dados. Podía escucharse los bramidos de alegría de los que ganaban y los bufidos de desilusión de los que perdían.
-¿Qué están apostando? –pregunté.
-Estamos jugándonos nuestra ciudad. Yo acabo de ganarme la Calle de los Piropos y la Fábrica de Cuentas de Vidrio –dijo un hombre gordo.
Macedonio comenzó a abrirse paso entre el gentío. Tenía la mirada afiebrada de los jugadores impenitentes.
-Si vas a jugar con nosotros -profeta- hay una sola regla: nada de milagros –dijo el hombre gordo.
-Eso mismo es lo que yo digo, amigo.
-Y ¿qué vas a apostar?, Macedonio -le pregunté.
-Apuesto mi pedazo de la ciudad: la tarima de los dementes- respondió con decisión.

Macedonio no necesitaba milagros. Era tan buen jugador que sólo le tomó parte de la tarde para quedarse con la mitad de Calaterra. El Arsenal de Loros, el Callejón de los Murmuradores, el Monumento a la Guerra de las Mandarinas, la Plaza de los Amantes Fracasados, la mitad de Calaterra estaba entre sus manos. (Aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que a esta altura del asunto los otros jugadores ya se habían cansado de su ciudad y se la regalaban en cada tirada de dados). La otra mitad quedó en poder de su único rival de peso: el hombre viejo.

-Si me quedo con la ciudad, voy a construirla de nuevo -decía el hombre viejo mientras besaba sus dados y los echaba. -Va a llamarse “Nueva Calaterra”. Y todos los que estamos perdidos vamos recuperar nuestros nombres y nuestras vidas.
-Si yo gano, voy a hacer desaparecer todo -respondía Macedonio, para hacerlo enojar. Primero, voy a hacer que se esfume tu pueblito, después va a perderse su recuerdo, y, por último, van a desaparecer ustedes mismos.

Fue una larga tarde y una larga partida, pero la suerte parecía estar de ambos lados. Cuando todo indicaba que los dioses de Calaterra también se habían aburrido de nosotros y se habían ido, el viejo tentó a la suerte por última vez.
-No va a ganar el mejor, sino el más paciente -dijo tirando los dados, sin ganas y sin entusiasmo. Los dados se atropellaron entre sí y tambalearon como dos bailarines borrachos. Era un doble seis.
-¡El Ciempiés Entusiasta! ¡El más alto de los puntajes! -observó un parroquiano.
Un murmullo de excitación recorrió el aire. Pero Macedonio estaba en otro asunto. Se había llevado la mano al estómago y torcía la cara en una sola mueca.
-Estoy cansado -gimió, en sordina. -Si sigo jugando, voy a morirme.
-¡No se puede abandonar el juego! -protestamos todos.
-Nadie va a abandonar nada. Leandro va a jugar en nombre mío.
Leandro lo miró, sorprendido. Macedonio puso los dos dados en su mano.
-Confío en tu suerte, amigo.
-Confiar en mi suerte es suicidarse, Macedonio.

Leandro arrojó sus dados y gimoteó antes de que cayeran sobre la mesa. El aire podía cortarse con un suspiro. Nunca tuvo suerte Leandro, ni en el amor ni en el juego: sacó un uno y un dos, los Mellizos Tuertos, la más baja de las tiradas posibles. Cuando los dados cayeron sobre la mesa, Calaterra tenía un solo dueño, y este era el hombre viejo. Todos festejamos con aplausos tibios, la mayoría de nosotros porque no sabía si había que alegrarse o estar preocupados. Pero el hombre viejo no festejaba. Se lo veía pensativo, concentrado en otra cosa, como si hubiera ganado otro y no él.

-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad solo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.
Y, entonces, desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.

“Esta debe ser la última de las Calaterras posibles”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

(Como Calaterra, esto también se acaba)

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros | IV Parte


Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

El viernes a la madrugada, por fin, se hizo el silencio.

No era una simple ausencia de ruidos. No hay ningún silencio que se parezca a otro, y éste era un silencio sucio y frío como el de una mañana de invierno. Salí a ver lo que pasaba. “Su Majestad, Farol del Dubitativo, Zapato de Bronce en el Trasero del Renegado”, no encuentro forma de describir a la Calaterra que encontré cuando me asomé a la puerta. Podría hablar de un helado derretido de muchos sabores, o de un mazo de naipes desordenados, o de un laberinto sin puerta de entrada ni puerta de salida, o de un espejo roto. Calaterra era todo eso al mismo tiempo.

La posada era el único lugar que permanecía sin cambios. Recordé las palabras de Macedonio: “Mientras nosotros tres sigamos sin hacer milagros, este lugar es como un ancla. Es el único lugar de este pueblo que tiene que ver con la realidad y no con los deseos”. También fue mi ancla. Tomé una cuerda larga y até una de sus puntas alrededor de mi cintura. La otra punta quedó asegurada a una reja de hierro, en la ventana de la posada. Cuando estuve seguro de que la cuerda me mantenía unido a la realidad, y que si me perdía podía regresar, me zambullí en aquel desbarajuste infernal.
En algún momento me pareció que subía por un sendero empinado; luego, que flotaba en el aire; unos metros después, que caminaba de cabeza como las moscas y las arañas. Seguí avanzando hasta que la cuerda tirante me alertó de que ya era hora de volver. Como a dos pasos de mí, se encontraba un viejo que murmuraba. Estaba sentado en cuclillas, con las manos entrelazadas, como si estuviera rezando. Le hice señas.

-Hola, profeta –me dijo, sin levantarse.
-No soy un profeta. Soy un espía –contesté, enojado.
-Eso ya no importa.

Se levantó y se me acercó, mirando con curiosidad mi cuerda tirante.
-Y ¿dónde está la otra punta?- preguntó.
-En la posada. La até allí para no perderme.
-Buena idea. Todo el mundo está perdido aquí dentro, en Calaterra –sonrió. Podrías sentarte conmigo un rato para hacerme compañía.

Era una sugerencia extraña, porque no había suelo sobre el cual sentarse. Pero me vino a la mente el refrán “mejor dos personas perdidas que una sola encontrada”; aflojé mi cuerda para poder dar un par de pasos más, y me senté al lado suyo. El hombre viejo señaló hacia su izquierda.
-Creo que aquí estaba el barrio de los quirománticos y los teñidores de conejos. Y más allá había unas palmeras, pero emigraron a otro barrio.
-Y ¿los otros habitantes?
-Todos están durmiendo. Es natural: después de tres días de milagros ininterrumpidos, hasta los más jóvenes están muertos de sueño. Pero no creo que en Calaterra nadie esté descansando. Están soñando que todos sus deseos se cumplen –continuó. –Nadie puede descansar realmente cuando en el sueño le está sucediendo las mismas cosas que cuando estaba despierto…

Le eché un vistazo a mi cuerda. Aunque el camino que había recorrido atado a ella era parecido a una travesía por un laberinto, desde la punta se veía como si hubiera seguido un largo camino en línea recta.

-Y la ciudad es un supremo desastre. En algunos barrios es de noche, en otros es de día y en algunos ninguna de las dos cosas. Las flores andan por ahí diciendo estupideces. Los pájaros cantan vulgaridades y, además, hubo que soportar una lluvia de picaportes herrumbrados…

Se desinfló en un suspiro. Me hubiera gustado darle alguna palabra de consuelo, pero no se me ocurría nada y el hombre viejo tenía ganas de seguir hablando.

-Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y jamás había abandonado el desierto. Durante ese primer día caminé por el mercado con los ojos abiertos como dos preguntas. Nunca había oído tanta gente hablando al mismo tiempo; en el desierto hablábamos poco, para conservar la saliva. Esa noche no pude dormir. Tampoco pude hacerlo las noches siguientes. Era como si Calaterra tuviera mil voces que nunca se callaban. Quería irme, pero también quería quedarme. Después de mucho tiempo las voces fueron desapareciendo hasta que solo quedó una: la verdadera voz de la verdadera Calaterra que, como todos saben, es la voz de un hombre petiso, de ojos marrones y barba entrecana, como mi padre. Pero ayer las otras voces, las de la confusión, volvieron. Un mugido interminable, cientos de murmullos chillones y nerviosos, una música graciosa y distante y un canto de ratas; un trueno pavoroso o un sonido color añil. La voz de Calaterra se convirtió en un montón de voces que gritaban al mismo tiempo. Me tapé los oídos, pero ¿cómo se puede hacer para no oírlas?

-Sin embargo, yo no escucho nada.
-No me estás entendiendo, profeta. Voy a explicártelo de otra manera. Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y todo era ajeno. Después de sesenta años, cada rincón de Calaterra me saludaba por mi nombre, y yo saludaba al caminito de ladrillos, a las puertas de madera pintadas de verde, a cada perro y a cada mosca.

Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?
-Podrías volver a tu desierto.
-No me entiendes. Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.

(Esto continúa, y parece que se termina. No sé.)

Sanseacabó, Ora Pro Nobis



Despedía a todo, y todo lo despedía. Llegaba para el remate del chiste y el final del juego, para el brindis de los postres y los saludos en los atrios. Una tarde de otoño -donde él llegaba siempre era otoño- Sanseacabó resolvió que esto no era casualidad y que la mera mala suerte no era una explicación suficiente para su destino; para el que supiera ver, allí se podía descifrar la señal de una vocación, de un don o de un presagio. A partir de aquel momento, Sanseacabó dedicó su vida a perfeccionarse en el inexplorado arte de la despedida.

Probablemente, Sanseacabó nunca sea canonizado. Su gestos y sus obras parecen -más que los de un beato- los del Ángel de la Muerte. A su paso los sometidos se rebelaban, los enfermos morían con felicidad y los matrimonios se divorciaban sin rencores. Fue conocido como Sanseacabó, “el que apaga la luz y cierra la puerta”. O, sencillamente, El Despedidor.

El escritor no sabía cómo -no quería- ponerle fin a su obra de teatro. Estaba tan encariñado con sus personajes que no los dejaba irse, y retrasaba el desenlace con mil pretextos banales. Mientras ellos languidecían en el limbo del aburrimiento, Sanseacabó se apareció en sueños al autor y le reveló el final de una nueva historia; se trataba de un desenlace tan sobrecogedor que sólo necesitaba una obra de teatro que la contuviera. El escritor despachó rápidamente a los personajes de su anterior drama (mató a algunos, casó a otros y mandó de viaje a los que sobraron) y se dedicó a escribir la nueva obra.

Sanseacabó sabía dar el abrazo que no se aferra y el apretón de manos que libera.
El mendigo detuvo a Sanseacabó y le suplicó que lo curara de su renguera. Sanseacabó extendió sus manos sobre la pierna del mendigo y despidió a su enfermedad con dulzura y firmeza. Pasaron diez minutos, treinta, una hora de despedida. Pero la renguera no se iba. Sanseacabó, visiblemente cansado, se puso de pie.

- Puedo curarte, pero el precio va a ser muy alto –le dijo al mendigo. –Tu enfermedad está tan unida a tu cuerpo, que si despedimos a una tenemos que despedirnos del otro.
Y el mendigo, aterrado, le pidió que no la despidiera. Estaba demasiado enamorado de su enfermedad.

Los gobernantes nunca llamaban a Sanseacabó. A los poderosos no les gusta la idea de que todas las cosas tienen un fin.

-¿Por qué conformarse con un solo final? –decía aquel director de cine. -¿Por qué no llenar una obra entera con esta emoción tan dulce y angustiante? Yo hago películas llenas de finales: empiezan con la muerte de algo y continúan con un desenlace tras otro. Cuando yo mato al monstruo, es para que vuelva a levantarse, para que lo maten y se levante de nuevo.

Fastidiado, Sanseacabó le respondió:
-Una buena historia necesita un principio y un final. Es lo que hace la diferencia entre la Odisea y el Cuento de la Buena Pipa. Y –para ponerle fin elocuente al diálogo- se mandó a mudar.
-No me gustan los finales tristes. Prefiero los finales felices. –Dijo ella.
-Por definición, todos los finales son felices. –Respondió Sanseacabó, serenamente.
Sanseacabó nunca predicaba: no sabía, no podía, no quería o, simplemente, no le salía. No había ningún dios que lo asistiera y al cual él adorara. Por eso nunca escribió ningún Apocalipsis, ni textos iniciáticos, ni catequésis profanas.
Despreciaba todos los discursos que se escriben acerca del fin y huía de aquellas palabras que se tejen como telarañas enderredor de las despedidas.

Vaya, pues, esta semblanza, sincera y medida, como postrer homenaje a Sanseacabó, quien una tarde de otoño, en circunstancias por demás desconocidas, se despidió a sí mismo para siempre.

martes

La Espantosa Semana de los Milagros | III Parte



-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a hacerlos a nosotros? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.


Nunca hubo ni habrá en todo su reino un lugar más feliz que la ciudad de Calaterra, ese miércoles por la mañana. “Su Majestad: Sonrisa de los Dioses, Lindo Capullo de Alelí”, sé que no va a entender lo que voy a decirle, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo: la ciudad era igual que antes, pero distinta. La Calaterra soñada y la Calaterra real eran la misma ciudad.

Las mujeres eran bellas y amables, y sus miradas me reconocían y se iluminaban con una sonrisa (En realidad le sonreían a todos los hombres, y cada uno de nosotros creía que esas sonrisas tenían un solo destinatario). Los hombres eran fuertes, y altos, y simpáticos, y sabios. Salí a la calle a pedir mi primer milagro: quería ser tan fuerte y tan bello como un hombre de Calaterra. Corrí hacia la fuente de la plaza para verme en el reflejo, pero nada había cambiado: mi cara era la misma de siempre.
-Es que ya eras todo lo inteligente, lo fuerte y lo bello que un hombre puede llegar a ser -dijo Leandro, más tarde.
-O no pediste con suficiente fe -trató de explicar Macedonio.

Yo estaba triste. “Así fue siempre mi vida. Los milagros pasan por delante de mí, me hacen burlas y se escapan”. Decidí hacer lo que siempre hago cuando estoy triste y enojado, y salí en busca de una pluma y un trozo de papiro en donde escribir algo: “Al final de cuentas, solo estoy acá para ver y tomar nota de todo”- me dije, sin convencerme.

De pronto, empezó a sonar una música de fiesta, y una chica clara de ojos negros me tomó del brazo y me llevó a cantar con sus amigas. Bailamos, comimos, nos reímos y bailamos de nuevo hasta que se hizo de noche y ya no podíamos reconocer las caras de nuestros compañeros. El frío se hizo presente intempestivamente, y todos se retiraban rápidamente a sus casas. Yo no quería irme. Busqué, a un costado de la fogata, un lugar abrigado para dormir. Sólo quedaba una fogata ardiendo, y al lado de ella estaba el joven enamorado, echando pedazos de corteza en el fuego. Resignado, me senté junto a él. Como si yo le hubiera preguntado algo, empezó a hablarme:

-Todos los habitantes de Calaterra pidieron ser más jóvenes. Yo, en cambio, pedí otra cosa.
Bostecé. No lo hice a propósito. Estaba realmente cansado.
-Antes tenía miedo de que Dorelia no me quisiera, y pedí un milagro. Ahora Dorelia me ama.
-Y ¿entonces? –dije medio dormido, sin ganas ni interés. El joven enamorado tenía los ojos rojos y húmedos, a punto de lanzar un llanto.
-Ahora sufro, porque tengo miedo de perderla.

Esa noche soñé que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y boca y los árboles hacían carreras por las calles de Calaterra. Al amanecer, cuando desperté, vi que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y bocas, y me levanté rápidamente antes de ser atropellado por un abedul que pasaba disparado, dejando un reguero de hojas en su camino. Me puse de pie, con la mente nublada y los huesos doloridos por el sueño a la intemperie, y traté de volver a la taberna.

La travesía fue por demás peligrosa -los árboles y los arbustos se interponían en mi camino, y estuve a un paso de ser tragado por varias casas hambrientas- pero a la mitad de la mañana ya estaba llegando a la puerta de la posada. La reconocí con facilidad. Era la única casa que no había cambiado de aspecto ni se había movido de su sitio.

Lo único extraño era aquel árbol sentado al lado de la puerta. Tenía su espalda encorvada (si es que los árboles tienen espalda) y con dos de sus ramas, a modo de brazos, se cubría el rostro (si es que un árbol puede tener rostro). No parecía uno de esos árboles trotadores que acababa de esquivar en mi camino. Y el sonido de su voz me parecía extrañamente familiar.
-Te conozco –me dijo cuando pasé a su lado.

Era la voz del joven enamorado. Me quedé mirándolo unos segundos, sorprendido. Él apoyó una de sus ramas en mi hombro.
-Te estarás preguntando que fue lo que me pasó –continuó.
-No me estaba preguntando nada.
-Voy a decírtelo. Hoy pedí un milagro: no sufrir más por el amor de Morelia. Y ahora soy un árbol. ¿Sabías que las plantas no sufren ni se ponen contentas?

Le sonreí sin cortesía y entré a la posada. “Pero esto no está tan mal. Sólo que extraño un poco a la tristeza…” -le oí decir vagamente.
Adentro, Leandro y Macedonio ocupaban su mesa de siempre. Había unos restos de comida y dos copas de vino vacías.
-Ahí llega nuestro espía. Ya somos tres para los dados –sonrió Leandro.
-Pero está mareado. Debe andar con resaca de milagros- agregó Macedonio.
Me senté con ellos.
-Espía: si vas a jugar con nosotros, te aclaramos que este juego de dados tiene una sola regla: nada de milagros.
Leandro arrojó sus dados sobre la mesa.
-¡Un seis y un uno! ¡El ciempiés rengo!
-Perdiste –dijo Macedonio. -Es natural. Nunca tuviste suerte, ni para el amor ni para el juego.
Leandro asintió con tristeza.
-¿Por qué son los únicos en este pueblo que no quieren hacer milagros? –pregunté.
-Yo no me animo –dijo Leandro. –Los milagros no tienen marcha atrás. No se puede “desmilagrizar”. Es demasiada responsabilidad.
-Además, –continuó Macedonio, como para sí, mientras inspeccionaba sus dados– es aburrido. Cada vez que en un pueblo como este existió la posibilidad del milagro, pasó siempre lo mismo. Seguro que en este momento el sol y la luna están juntos, tan juntos que no se sabe donde empieza uno y donde termina la otra. ¿Te cuesta creerme? No hay más que mirar por la ventana…
Me asomé a la ventana, y vi que no era de día, ni de noche, ni todo lo contrario.
-Además -continuó Macedonio-, seguro que la línea del horizonte se borró, y el cielo y la tierra son la misma cosa.
Era verdad. Por eso había tardado tanto en encontrar la puerta de la posada.
-Y en pocos segundos comenzarán a llover candados.
-Y aparecerán unos pájaros muy extraños, cada uno de ellos con la cara de la reina, para cantar algunas canciones indecentes acerca del rey y un pato.
-Y las flores hablarán en idiomas aromáticos desconocidos.
-Y nacerán cachorros dálmatas perfectos, sin una sola mancha.
-¿Cómo saben que va a pasar todo esto? – pregunté admirado.
-Si tuvieras el poder de hacer milagros, ¿acaso se te ocurriría hacer otra cosa?
Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

(Estos milagros continúan)

domingo

La Espantosa Semana de los Milagros | II Parte


-La plaza es un lugar muy grande. ¿Dónde conviene empezar a predicar?
-La plaza tiene la forma de un triángulo –describí. -En cada uno de sus vértices hay una tarima para que todo el que tenga algo que decir, se trepe y hable. Los escenarios son tres: la tarima de los dementes, la tarima de los profetas y la tarima de los artistas.
-¿Y en cuál deberíamos subirnos para que todos nos conozcan y nos escuchen?
-En la tarima de los dementes.


El martes al mediodía la plaza estaba colmada de gente. Debajo de la tarima de los dementes había una larga fila de locos esperando su turno de subir. Mientras tanto, un orate explicaba que el fin del mundo ya había llegado, que había sido hace tres años, pero que ninguno de nosotros se había dado cuenta. En la tarima de los artistas, un hombre hacía una demostración del arte de la conferencia muda: estaba parado de frente al público, sencillamente, sin abrir la boca ni decir palabra. Ninguno de ellos era competencia para Macedonio y Leandro.
-¿Y si vamos al escenario del medio? Ése, el de los profetas. No hay nadie allí -sugirió Leandro.
-Ni se les ocurra! Todo el mundo sabe que los profetas no son para ser escuchados: están para que el pueblo se ría con lo que dicen, para que después se indignen y más tarde matarlos a piedrazos o de tristeza. Hay que reconocer que algunos, después de asesinarlos, los lloran y les hacen un digno monumento. Pero no creo que a ustedes les guste pasar por eso.
Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. Trepaban con todo entusiasmo al escenario de los profetas, sin darse cuenta de los manchones de sangre seca que adornaban su madera. Corrí hacia ellos para alertarlos, pero ya era demasiado tarde: Macedonio golpeaba palmas para llamar la atención de todos.
-¡Amigos! ¡Somos el regalo que nuestro Maestro les manda a Calaterra!
Los calaterranses más lentos corrieron hacia el escenario. Los más rápidos ya estaban en los primeros lugares, con su piedra en la mano.
-¿Y ustedes son sus profetas? –preguntó con ansiedad una mujer gorda, con un solo ojo claro y un bebé entre sus brazos.
-No. Sólo somos hacedores de milagros.
Un “¡Oh…!” de desilusión recorrió la plaza y el mercado. Con tristeza, varios dejaron caer sus piedras al suelo.
-No venimos a profetizar nada. Venimos a hacer muchos milagros, para que ustedes crean y crean de verdad.
-¿Y si creemos?, aunque no haya milagros –preguntó un muchacho de pelo rojo.
-¿Y si, aunque haya milagros, nosotros no les creemos? –preguntó su amigo, otro muchacho albino, con la cara llena de granos.
-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a nosotros a hacerlos? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia, cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.
-Pero –agregó Leandro- no todo va a ser tan fácil. Hoy a la noche va a caer una lluvia con olor a gato. Y todos deberán salir a la calle imitando el graznido de un pato nervioso.
Macedonio tomó a su compañero por el hombro.
-¡Eso no lo habíamos acordado! ¿Para qué?
-Cuánto más difícil hagamos todo, más respeto van a tenernos. Además, estos tipos no me gustan nada.
Se levantaron algunas voces de protesta, pero ese fue el único gesto de intransigencia; eso y una piedra perdida que golpeó el hombro izquierdo de Leandro, y que seguramente pertenecía a alguien que se resistía a creer que ellos no fueran profetas. Esa noche llovió una lluvia con olor a gato. Yo salí unos minutos para bañarme y hacer mi imitación de la voz del pato nervioso. Después, me dormí soñando con todo lo que iba a hacer al otro día, cuando tuviera mis nuevos poderes.

(Esto todavía continúa)