miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros - Última Parte


-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad sólo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.

Y desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“De todas las Calaterras posibles, esta debe ser la más difícil de habitar”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

El hombre viejo humedeció con saliva su dedo índice y trazó una línea larga y despareja, de izquierda a derecha, del oeste al este. Acababa de darle vida al horizonte. A partir de ese momento ya existía un Cielo y una Tierra, un Arriba y un Abajo. Cómo era lógico, todos los que flotábamos caímos al suelo, mareados, tratando de hacer pie. Pero algunos se tropezaban y chocaban entre sí. Lo único quieto en todo el pueblo era un árbol marrón y deshojado.

-¿Ese no es tu amigo, el enamorado? -dijo Leandro. -Tuvo suerte en no desaparecer con todo el resto.
-Por más pesado que sea, sigue siendo una persona y no un lugar. Eso fue lo que lo salvó –respondí, pasándole mi mano para quitarle el polvo acumulado. Pero Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. El hombre viejo había vuelto a hablar.

-Así era el desierto de donde vine –dijo levantando su mano derecha, la palma extendida. –El cielo era de un color azul gastado, y el suelo, de un marrón desteñido.
Y tanto el cielo como el suelo empezaron a adquirir color.
-Cuando llegué por este camino…
Y el camino apareció.
-…me recibieron los perros…
Y aparecieron perros, jadeantes y ladrantes.
-…Y un hombre me vendió un tomate. Nunca había visto algo así -dijo, tomando entre sus manos un tomate del puesto de verduras que acababa de hacer aparecer.

Entonces, entendí el plan. El hombre viejo estaba construyendo una nueva Calaterra, que era igual a la vieja.

Algunos calaterrenses empezaron a imitarlo. En pocos minutos un nuevo Barrio de los Mercaderes estaba terminando de dibujarse. Aparecieron tres tarimas: una para los artistas, otra para los dementes y otra para los profetas, y una nueva posada, en el mismo lugar de la anterior. Corrimos a cobijarnos, pero la posada, por dentro, estaba vacía, como el decorado de una obra de teatro antes del estreno.
-Hay que esperar un poco. La ciudad todavía no esta terminada –advertí.

Toda la ciudad se parecía más a su dibujo que a sí misma. La nueva Calaterra estaba a medio camino entre el estar y el no existir, y hasta las piedras todavía eran huecas.
-Lástima de ciudad. Pero nosotros nos vamos. Ya no tenemos nada más que hacer acá -dijo Macedonio. -¿Vas a acompañarnos?, espía.
Asentí con la cabeza. La espantosa semana de los milagros estaba finalizando.

Salimos con facilidad atravesando los muros inconsistentes de la nueva Calaterra, como si fuéramos fantasmas. Nadie nos prestó atención: el único gesto de despedida fue un piedrazo que se estrelló contra la espalda de Leandro, arrojado por la mujer gorda que todavía se negaba a creer que no fuéramos profetas.
-Ya te dije que estos tipos no me gustan –reafirmó Leandro, quitándose de memoria con la mano los restos de polvo que le deshonraban la espalda.

“Su Majestad, Cuesta resbaladiza Bajo los Pies del Deshonesto, Azúcar Negra que Gusta y Alegra”: a la mañana siguiente llegamos a Calaluna, la ciudad hermana de Calaterra. Allí, las historias corren más rápido que las personas. En la taberna -mis visitas a una ciudad siempre empiezan por la taberna- los parroquianos están hablando de Calaterra y de los tres dioses que visitaron la ciudad.

-Dicen que a cada uno le regalan el milagro que se les pide -vocifera un joven de pelo verde, picado de viruela.
-No han de ser dioses, entonces -sostiene el tabernero. -Un buen dios nunca cumple lo que le piden sus devotos.
-Solo eran tres profetas, pero dicen que se robaron la ciudad y no querían devolverla. Y nunca va a saberse dónde quedó escondida-murmuró un hombre flaco de bigotes gruesos.

Yo dejo por un momento mi vaso de vino y hago un racconto a la ávida concurrencia de todo lo vivido: Digo que hoy existen dos Calaterras en un mismo lugar: la Nueva, la del deseo; y la vieja, la de la realidad. Que la Calaterra del deseo se va a ir desvaneciendo, porque las cosas que son del sueño no sobreviven mucho tiempo entre la gente despierta. Que en su lugar va a aparecer la vieja y querida Calaterra. Que al principio nadie va a darse cuenta, pero dentro de algunas semanas todo va a volver a ser como antes, y el enamorado va a volver a enamorarse de su Dorelia, y va a reírse y a llorar de nuevo, y ningún espía, ni Dios ni profeta va a poder hacer nada al respecto.

Los hombres del pueblo se ríen aparatosamente y me palmean la espalda en reconocimiento a mi ignorancia, puesto que es sabido que los forasteros no saben nada de nada, y siguen contándose las historias que quieren escuchar. Pero, lo que nunca sabrán es que cada vez que hablan de Calaterra y de su espantosa semana de los milagros están hablando de mí y de mis amigos. Yo también me río mientras termino de imaginar esta carta que voy a escribirle apenas pueda, Su Majestad, para que usted me crea, porque tengo miedo de ir desapareciendo en este mar de historias ajenas, de dejar de ser el que cuenta para volverme parte del cuento, de dejar de ser el hombre de las mentiras para convertirme en lo mentido, de no ser más el soñador para transformarme en lo soñado...


-Fin-

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