
Hay náufragos que escriben un mensaje, lo introducen en una botella y corren a enterrarlo en ese lugar secreto que sólo ellos conocen, porque no quieren que nadie se entere de que necesitan ayuda.
Hay náufragos que aman el gesto de pedir ayuda porque les parece simpático y de buen gusto, pero -como consideran que no necesitan la ayuda de nadie- arrojan al mar una botella vacía.
Hay náufragos tan tímidos, que en vez de poner su nombre y su dirección en el mensaje, piden ayuda “para un amigo mío, que tiene un problema”.
Hay náufragos que consideran que sus necesidades son únicas y personales. “Yo me entiendo”, se dicen a sí mismos, mientras escriben su nota y la introducen en la botella. Los que encuentran su mensaje nunca pueden descifrar la letra.
Hay náufragos que escriben el triste relato de sus penurias y, entre lágrimas, lo introducen en la botella y arrojan ésta al aire para luego atajarla y abrirla, leer el triste relato de sus penurias, conmoverse y entre lágrimas introducirlo nuevamente en la botella para arrojarla al aire y luego atajarla y abrirla y leer el triste relato de sus penurias y conmoverse.
Hay náufragos que hacen del lanzamiento de la botella al mar su deporte predilecto, y se pasan el día entero ocupados en este menester. Y cuando llega alguien a rescatarlos, lo reciben a botellazo limpio.
Hay náufragos tan enamorados de sus penas y sus dolores, que cuando reciben una botella no quieren abrirla porque saben que en el mensaje que trae se encuentra la solución a sus problemas.
Hay náufragos que en sus mensajes piden la compasión del otro, y son tan conmovedoras sus palabras que llegan a despertar la conciencia de la soledad y el desamparo en sus lectores. En vez de recibir ayuda, estos náufragos reciben pedidos de auxilio.
Y hay naúfragos que viven buscando papel y lápiz para escribir algún mensaje; o botella, para meter alguno dentro.
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