
Dios lo miró a Adán.
En aquellos tiempos todavía no se practicaba la literatura. Por eso no había ninguna persona lo suficientemente capacitada como para describir esa mirada; lo único que se podía hacer era experimentarla, y por eso Adán no tenía palabras para explicar como era que Dios lo estaba mirando. Pero por su mirada se dio cuenta de que este asunto, a Yahvé, no lo divertía para nada.
Pensó rápido y extendió su dedo índice, rígido por el miedo, hacia Eva.
-Todo es por culpa de esa mujer que me diste.
Para las matemáticas de Adán, una culpa compartida se convertía en media culpa.
Eva miró a su alrededor. Necesitaba una salida, y que fuera rápido. (En aquella época no había ninguna sociedad, ni sistema económico ni globalización para echarle la culpa, y cada uno se las arreglaba con lo que encontraba a mano).
- Fue la serpiente. –Dijo. -Ella me sedujo.
Para las matemáticas de Eva, una culpa compartida se convierte en cero culpa para uno y una culpa para el otro.
-Todo fue por culpa tuya –le dijo la serpiente a Dios. -Si no hubieras hecho así las cosas y no me hubieras echado del cielo, esto no hubiera pasado.
Para las matemáticas de la serpiente, la culpa estaba tan repartida que ya no existía culpa.
Y Dios, indignado o aburrido, hizo lo que hacen los padres, los jefes y las directoras de colegio cuando están irritados: los echó a los tres, y a otra cosa...
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