miércoles

Otro Secreto


Desde que el mundo es mundo, cuando alguien de mi pueblo está listo para ser adulto, se le vendan los ojos y se lo lleva a una choza en las afueras de la ciudad de Llavallol para contarle el secreto. Los únicos que no pueden escuchar el secreto son los niños, los enanos y los deficientes mentales (y yo, por razones que desconozco, pues no soy ninguna de las tres cosas). Por eso, lo poco que sé del secreto lo aprendí acechando detrás de los árboles, o en el insomnio de una madrugada de campamento. He tratado de completar las cosas que no sé con aquellas que me imagino, y hasta es posible que algo de lo que voy a contarles sea cierto.

La mecánica es la siguiente: los escogidos pasan toda la noche con los ojos abiertos dentro de la choza del secreto, mientras alguien les habla incesantemente; cuando ninguno puede distinguir una palabra de sueño de otra palabra de vigilia, se les desliza el secreto por la oreja izquierda. Al día siguiente vuelven al poblado. Se conoce a los que han escuchado el secreto por el tono inquietante de su voz: las palabras que antes eran cordiales y francas siguen siendo las mismas palabras, pero ahora se las habla en un tono entre hosco y esquivo. Una vez al año el secreto recibe a unos muchachos animosos y devuelve hombres valientes y desesperanzados.

Las mujeres -sospecho- también tienen su secreto. El hecho de que no tengamos ninguna señal de esto, para mí ya es prueba suficiente de su existencia. Yo supongo que el secreto de las mujeres no es el mismo que el secreto de los hombres y eso se percibe en su mirada; si un día te están mirando, al otro día también te miran, pero te miran distinto.

Son pocos los días en lo que no pienso en el secreto. Tanto cambia la vida de los que lo escuchan, que debe ser un secreto que toca la totalidad de la existencia. No un secreto de automóviles, ni de ardillas, ni de puestas de sol. Yo tengo dos conjeturas. Una: que el secreto no existe, que no hay secreto alguno en el mundo, que solo está lo que se ve, sólo hay lo que hay. Dos: que solo el secreto existe y somos nosotros los que no existimos; que somos, apenas, torpes imaginaciones del secreto.

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