
En ese otro pueblo de la Melanesia, todos los treintayunos de diciembre eligen al azar a uno de sus ancianos, le ponen un reloj de arena entre sus manos y lo coronan “Señor Tiempo”. Después de vitorearlo y felicitarlo como es debido, lo muelen a palos para desquitarse por la desconsideración con la que el tiempo los ha tratado a lo largo del año. Los niños, los enfermos y los más viejos son los que más se ensañan.
La gente de Kamarakorum festeja el fin de año con el Brindis de la Despedida. Cada uno a su turno, con los ojos humedecidos, levanta su copa y declara que “le pido a Dios que esta sea la última fiesta de fin de año en la que brindo con ustedes”. Sucede que el dios de los kamarakorumenses es un Dios contreras, que gusta con decepcionar a sus creyentes y oponerse a los deseos de sus devotos: por eso, con este brindis, tratan de distraerlo y confundirlo en procura de prolongar sus existencias un año más. Y si, efectivamente, mueren a lo largo del nuevo año, al menos tuvieron la oportunidad de despedirse -con el necesario tiempo y el debido respeto- de sus familiares, amigos y seres queridos.
Cuando el dictador terminó con el último de sus enemigos, ya estaba demasiado viejo como para ver cumplidos los anhelos de su juventud, cuando soñaba con ser un gobernante justo y bondadoso. Pensó que el tiempo era el culpable de sus desdichas; y, como no podía encarcelarlo, decidió prohibirlo. A partir de entonces nadie podía mencionar palabras enemigas, tales como “hora”, “mes” y “año”. (Hay que reconocer que la medida contó con el apoyo de los poderosos del reino, que, en su mayoría, eran hombres maduros, cuando no francamente seniles).
En respuesta a esto, algunos huyeron al país vecino para poder envejecer libremente. Y dentro del país, la celebración del Año Nuevo se convirtió en un gesto subversivo, anárquico: un secreto acto de resistencia.
Los habitantes de Hungaria hacen un pacto con la vida. Es un contrato anual, y el último día del año aprovechan los festejos para renovarlo. Esa noche enumeran la cantidad de cosas buenas que harían si dispusieran de más tiempo de vida, y, formalmente, le solicitan a la vida que se los otorgue. Algunos se dan cuenta de que todos los 31 de diciembre repiten los argumentos y ensayan los mismos pretextos. Desde entonces, por comodidad, cada año reciben a la vida leyéndole el mismo papelito de petición.
Allá, en el pueblito de Greenwich, los habitantes acechan en las calles la llegada del año. Dicen que el primero que lo vea llegar puede hacerle una pregunta acerca de su futuro, y que el Año Nuevo estará obligado a responderla. A las doce y un minuto, frustrados, vuelven a sus casas para emborracharse y defenderse de la incertidumbre del futuro, llenos de preguntas a las que nadie va a darle respuesta.
Los científicos de Turingia sostienen que al año le está sobrando una mínima fracción de segundo. Por eso recomiendan a sus paisanos que aprovechen ese momento para hacer lo que se les dé la gana: todo lo que suceda en ese instante fugaz no quedará asentado en ninguna crónica ni formará parte de ningún almanaque. Los turinaginosos esperan con ansias ese mágico momento, pero, cuando ésta llega, solo aciertan a gritar alguna obscenidad, pegar algún alarido, extender la mano en dirección a las nalgas de alguna bella señorita o romper el vidrio de alguna ventana. Los sueños de libertad de los habitantes de Turingia son sumamente modestos.
Los miembros de las familias de Llavallol esperan el cambio de año fuertemente abrazados entre sí: tienen tanto miedo de que el año viejo se los lleve con él, que se reúnen para aferrarse con fuerza a las personas que más quieren. No saben que, en realidad, son ellos los que se han pasado todo un año arrastrando al tiempo consigo. Y que el año viejo, lastimado y dolorido, aprovecha su distracción para escaparse y no volver a verlos nunca más.
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