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jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.

martes

Y vos qué mirás



Adelmo Cacasorno fue el primer árbitro ciego de la historia del fútbol. Durante dos décadas arbitró partidos en Villa Insuperable hasta su retiro voluntario, luego de que una desgraciada intervención quirúrgica le devolviera la vista. Los que lo vieron dirigir en sus tiempos de gloria cuentan que no era ni más ni menos injusto que sus colegas videntes. Y que cuando le preguntaban como hacía para dirigir un partido sin verlo, respondía:

-Y... ¡pá lo que hay que ver!

Narciso te mira fijamente y sus ojos te parecen dos preguntas y dos respuestas, y estás a punto de caer en sus brazos pero no lo hagas, porque Narciso sólo tiene ojos para sí mismo y si te mira es porque quiere ver su reflejo en tus pupilas, y así saber si está bien peinado.

Un error en los cálculos del experimento lo convirtió en el Hombre Mosca: cuerpo de hombre y cabeza de insecto. Y en vez de dos, cientos de ojos: ojos en la cara, en la frente, a los costados, en la nuca, en el c...

A una persona con tantos ojos nada se le podía escapar. El Hombre Mosca pronto consiguió empleo como celador de un renombrado colegio secundario, y nadie podía contradecirlo: lo veía todo!. Pero murió solo -el pobre-; porque, a diferencia de los demás, nunca necesitó de la presencia de alguien que lo ayudara a completar su mirada.

Llevaban semanas enteras sin ver tierra. Sin embargo, los planos del capitán eran precisos y determinantes: la costa aparecería por estribor. Pero la costa no aparecía; la tripulación pasaba sus ratos de ocio sentada sobre la cubierta: los brazos acodados en la barandilla y los ojos fijos en el horizonte, hasta que dolían. Varias veces escucharon el grito del grumete: ¡Tierra a babor! ¡Tierra a babor! Pero no le hicieron caso. A la semana, el grumete se quedó afónico o se cansó de discutir. Si hubieran mirado hacia babor, hubieran descubierto América.

A veces, sabemos con tanta claridad hacia donde tenemos que mirar, que no somos capaces de ver nada.

El gran peligro es que el universo desaparezca en un parpadeo, si el Gran Dios de los Hutos deja de mirarlo. Es por eso que los sacerdotes hutos -en representación de su Gran Dios- se dedican a observar con obsesión y solicitud a cada una de las construcciones de la tribu, de los terrenos y de los sembradíos.

Los obreros de la municipalidad de Almirante Brown, en Buenos Aires, salen a la calle en grupos de a cuatro: son tres que hacen el trabajo y uno que los mira trabajar. Este último cumple una función esencial: sostiene con su visión el trabajo de sus compañeros, para que el esfuerzo de éstos no se esfume por negligencia de la mirada.

Digamos la verdad, de una vez por todas. La Bestia no era un príncipe hechizado: era una Bestia hecha y derecha. Porque Bestia había nacido y Bestia hubiera muerto, si no fuera porque la Bella lo creía príncipe, lo trataba como así lo fuera y se pasaba tardes enteras mirando y ad-mirando a su Alteza. Lógicamente, de tanto ser observada de esta manera, la Bestia terminó por convertirse en príncipe. La mirada amorosa, cuando es persistente, tiene esos poderes...

También conozco personas que, con el solo poder de su visión, han convertido a su príncipe en una verdadera Bestia, y a su princesa en una verdadera bruja.


sábado

Leandro Evangelino: una vida patricia


Primera parte: Sus años escolares

Año del Señor de 1790

Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.

-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.

Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:

-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.

Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:

-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.

Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.

Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:

-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"

Segunda parte: Su vida pública

Alto Perú, 1810-1815

"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.

El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:

Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta


Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.

El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.

A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.

Tercer parte: El Juicio de la Historia

En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.

Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...

Epílogo

Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.

¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!

jueves

El más gardel de todos


Muchas cosas se cuentan sobre Gardel y lo más probable es que todas sean ciertas, porque Gardel no era un solo Gardel sino muchos gardeles, un montón de gardeles, como más de catorce gardeles.

Había un Gardel que sabía cebar mate con naranja y otro que tomaba ginebra con una gota de leche. Había un Gardel que se levantaba a todas las minas y otro Gardel que les tenía miedo. Un Gardel sandunguero que componía rumbas y foxtrotes, y otro Gardel misantrópico y huraño al que solo le salían tangos funestos. Un Gardel para las fotos con sonrisas llenas de dientes y un Gardel que se dedicaba a seducir micrófonos y que sabía como susurrarle para sacarle los mejores sonidos.

A veces un mismo Gardel se ocupaba de dos funciones al mismo tiempo; así, el Gardel gordo era el mismo Gardel que cantaba valses y el Gardel burrero era a su vez el Gardel que no dejaba de extrañar el barrio de su adolescencia y juventud y al cual nunca había abandonado, decía.

Un tío abuelo mío cuenta que una vez entró a un caserón de Villa Urquiza y se encontró a todos los gardeles juntos. Lo más probable es que esta sea una mentira, porque una ley nunca escrita prohibía categóricamente el encuentro de dos o más gardeles en un mismo lugar.

Todos tienen alguna anécdota que contar, pero andá a saber a cuál de los gardeles le pertenece. Mona Maris, la gran actriz de cine, jura que salió con el más Gardel de todos. Libertad Lamarque cuenta que una noche estaba comiéndose una muzzarella en la pizzería “Los Inmortales” cuando Gardel se sentó en su mesa, le sonrió y le dijo: “Yo soy el Gardel Gardel”.

Cuál de todos se habrá muerto en Medellín. Cuál sirvió de modelo para el bronce del cementerio de La Chacarita. Qué hicieron los que quedaron. Yo solo sé que uno -el Gardel hollywoodense- se quedó en Estados Unidos. Todas las mañanas se engominaba la cabeza, se pintaba la cara de blanco y salía

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

miércoles

Vocación de Poeta | Parte II


Hacía casi un mes que dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea de no escribir nada, pero había una frase que no dejaba de rebotar adentro de mí. Era una simple línea de texto, poco más que una brizna de idea. No había llegado al extremo de los llamados poetas nadistas, que no escribían pero vivían como si lo hubieran hecho, pero trataba de esconder estas palabras de la vista de mis compañeros.

Tenía muchas razones para no escribir esa frase, pero la principal era la debilidad de mi constitución física: en aquellos tiempos no eras un alma poética si no sabías tomarte a trompadas con tus colegas. Mientras tanto, mis amigos poetas se entrenaban en el ring del gimnasio al tiempo que escribían, y algunos pendencieros nos traían sus (malos) poemas, que eran apenas la excusa para reñir con alguien.

Yo pasaba largas tardes ayudando a Saturnino con sus “Cantares del buen hincha”, dedicados a su amor, el Club Social y Deportivo Sacachispas. Los poemas de Saturnino eran malísimos, pero tenía buena trompada y nos convenía tenerlo de nuestra parte: su nariz de boxeador delataba a un poeta hecho y derecho.

-Saturnino: ¿Si en vez de “aver” ponemos “haber”? Esto va a sonar un poquito mejor- le corregía, con cuidado y hasta con afecto.

Por fin, una mañana anoté estas palabras, para sacármelas definitivamente de la cabeza:

"No debe ser amor, porque no duele"

Era un buen principio para un soneto: mis compañeros sufrían en octavas o en verso libre, pero yo prefería sufrir en forma de cuarteto y terceto con rima consonante. En los versos siguientes iba a enumerar las características y la sintomatología del amor: el vacío en el estómago, los cortos y períodos de exaltación y angustia, puntuados por arritmias, los largos diálogos imaginarios con la persona amada, el esfuerzo de torcer al universo para hacerlo girar alrededor de ella. En eso estaba pensando esa mañana cuando Ottone se acercó para espiar mi alma y mi cuaderno de apuntes.

-¿Y entonces?, Marcial. ¿Siempre con ese miedo a la poesía? –preguntó.

Yo esquivé su mirada, pero Ottone me examinó de la misma manera que escrutaba un poema ultraísta: con mirada desconfiada y penetrante. Y lo supo. Antes de irme guardé mi cuaderno con sus seis palabras en un cajón de mi escritorio. Sabía que, al otro día, ese cuaderno de tapas azules iba a desaparecer de ese lugar.

Volví a la casa de Ottone a la otra tarde. Los saludos de mis compañeros eran distintos: algunos me daban la mano y me palmeaban la espalda con exagerada cordialidad; otros -que había considerado mis amigos- me evitaban o me devolvían el saludo con fastidio. Ottone me esperaba con un par de vasos llenos de ajenjo hasta el borde. Me tendió uno de ellos y probé unas gotas. Me sentí tan mareado como Baudelaire después de tres botellas.

-Vaya entrenando, Marcial, que le queda una semana –dijo, entrechocando su vaso con el mío. -El viernes que viene vamos a presentar su libro de poemas; o, mejor dicho, su libro de un solo poema y de una sola línea. ¡Y se va a armar de lo lindo!...


(continuará)

Los Fernández Werther | Parte II


En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.

Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.

En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.

En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).

Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.

Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.

El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.

Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.

(continuará)

lunes

Vocación de Poeta | Parte I


-¿Y quién te dijo que la poesía es triste? -esputó Saturnino enarbolando su ejemplar de “47 poemas para matarse de la risa” como arma y estandarte. Clemente se arrojó sobre él con un gruñido, mezcla de gemido con grito de batalla: el gordo había decidido ser triste por elección y por vocación, y la noción de que ser poeta equivalía a ser un profesional de la tristeza le había dado un sentido a su vida. Los dos rodaron por el patio de la casa fajándose con sus poemarios; pero el de Clemente -“Desconsuelos Rioplatenses”- tenía tapa dura y lo estaba llenando a Saturnino de moretones.

Este era mi primer día como redactor en la Editorial Llaneza y me llamaba la atención que ninguno de los que estaban allí mirando moviera un dedo para interrumpir esta pelea. “Dejalos: ¿no ves que son poetas?” explicó Ottone, mi futuro jefe. La editorial funcionaba en los fondos de la casa de sus padres. Y yo –que no conocía más peleas que las de la Illíada y las del Quijote- ingresaba así a dos mundos: el de los sonetos y el de los puñetazos. Que aquí eran el mismo.

La verdad es que en aquellos tiempos todos éramos muy jóvenes, ninguno tenía más de veinte años, leíamos a Rimbaud y a Baudelaire y, aunque no sabíamos quiénes éramos, teníamos muy en claro lo que no queríamos ser. Cada vez que tomábamos la pluma era para escribir en contra de algo. Los críticos literarios llamaron a nuestra escuela “negacionismo” o “contrerismo”.

Una tertulia se iniciaba con la proposición de un tema -el presidente de turno, los meseros que tardan en atender, la prosa de Rubén Darío, los trenes llenos- e inmediatamente comenzaban los insultos. Hacia la madrugada -entre tragos, vendajes y bizcochitos de grasa- yo tomaba mi carpeta negra, leía un resumen de la jornada y Ottone repartía las tareas para el próximo número de nuestra revista.

-A ver cuando te escribís algo tuyo, hermano -se despedían los muchachos palmeándome la espalda. Yo sentía un horror metafísico por todo lo que fueran golpes y trompadas. Pero mi musa (que siempre me odió, desde el momento de mis primeros garabatos) estaba empezando a dictarme un poema.

(continuará)

viernes

Nombramientos


En Llavallol -tu pueblo y el mío- cambiamos de nombre como de camisa. No termina uno de nacer cuando ya empiezan los nombramientos: “Ay”, lo llama su madre, “Obstáculo”, su hermano mayor, “Entonces”, su padre; “Porotito”, la tía segunda.

Con el paso de los días cada llavallolense recibe, junto a la leche, sus nuevos nombres: “Media tarde”, “Chico Sentado en el Pasto”, “Ayayay”, “Pituchi”, “Grito” y “Jorge Alfredo”. Los años le traen amigos, novias y apelativos: “Pochi”, “Maleta de loco”, “Perno”, “Paciente de las 19:45”, “Antenor”, “Tipo Parado Ahí”.

Hacia el final de la vida cada uno de nosotros caerá bajo el peso de sus nombres, y nuestros parientes tratarán de llenar nuestra lápida con la inscripción de los pocos que puedan recordar. El resultado, algunas veces, será un palimpsesto, una telaraña de palabras que alguna vez señalaron algo. Otras, la lápida quedará pulida y gastada de tanta inscripción. En ninguno de los dos casos podrá leerse ni entenderse nada.

Pero no importa. En el resto del mundo la gente pone nombres para identificar, fijar y poseer. En Llavallol -mi pueblo y el tuyo- ponerle nombre al ser querido es darle un abrazo de despedida, soltar su mano y dejarlo ir.

Algunas mentiras acerca de San Martín



El acto del colegio fue así: Carnevali, De La Barra y Arusmendi, grandotes y macizos, representaban a la cordillera de los Andes. López Peña, con las patillas de corcho quemado que le cruzaban los dos cachetes, era San Martín y les pedía permiso para pasar. Las montañas deliberaban un momento y, con toda cortesía, le decían que no, que ni a palos. Entonces yo (que era su granadero asistente) le hacía un estribo con mis manos, López Peña se trepaba sobre los hombros de los Andes y el colegio se venía abajo de los aplausos. Y el verdadero San Martín -que estaba en el cielo con mi abuela, con Belgrano, con Colón y con los dinosaurios- nos aprobaba asintiendo con la cabeza, o no.

-Yo puedo hacerlo reírse -dijo el pintor de retratos. - Que se prepare ese San Martín. Si alguien es capaz de hacerle mostrar la dentadura, ese voy a ser yo, es decir, Gil de Castro. Al otro día, San Martín se presentó a posar para su retrato; Gil de Castro lo recibió vestido de dama andaluza. San Martín, ni se mosqueó. Durante los días siguientes apareció vestido de mulato, de Fernando VII, de Libertad Guiando al Pueblo y de Emperador de la Cochinchina. Fueron esfuerzos inútiles. "Al cuerno", dijo, ya harto: el último día mostró su cuadro al Libertador de las Américas, lo despidió con fingido respeto y le pintó una sonrisa a su retrato.

De todos los monumentos a San Martín, el que más me gusta es este: la Templanza, la Magnanimidad y el Pundonor conversan animadamente mientras hacen fila para felicitar al Libertador. Detrás de ellos esperan su turno las tres Gracias, la Conciencia Escrupulosa y tres de las nueve Musas. Una secretaria -graduada en el Instituto Sanmartiniano- les dice que el General está en una reunión. San Martín, mientras tanto, se ha quitado las botas y está leyendo una revista Condorito; la Gloria le sirve un chocolate caliente con bay-biscuits.

La historia -que cuando te muestra uno, quiere decir que te escondió nueve- jamás te va a contar lo que pasó allá dentro. Yo supongo que Bolívar cerró la puerta, contó hasta diez y la volvió a abrir, para asegurarse de que no hubiera ningún curioso con la oreja pegada al vano. Después se sentó frente a San Martín y lo examinó como un niño de seis años examinaría una ecuación de logaritmos. San Martín lo miró sin mirarlo. Pasaron así una hora larga. Entonces, Bolívar se levantó y dijo:
-Entonces, se hará lo que deba hacerse.
-No esperaba otra cosa - dijo San Martín.
Luego se puso de pie, le dio la mano y se fue.

En sus últimos días, San Martín se paraba al borde del acantilado. Mientras el viento trataba de despeinarlo y las olas le salpicaban los pies, él se acordaba de aquel diálogo con su hija Remeditos:
-Yo vivo para el futuro, Remeditos... -le dijo, como disculpándose. -El pasado vamos a dejárselo a nuestros descendientes.
-A mí me toca la peor parte, entonces -respondía Remeditos. -Voy a tener que ocuparme del presente
Al borde del acantilado, San Martín se quedaba quieto, duro, observando el mar y las olas. Y ensayaba poses para cuando fuera bronce.