
Primera parte: Sus años escolares
Año del Señor de 1790
Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.
-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.
Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:
-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.
Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:
-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.
Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.
Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:
-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"
Segunda parte: Su vida pública
Alto Perú, 1810-1815
"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.
El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:
Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta
Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.
El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.
A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.
Tercer parte: El Juicio de la Historia
En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.
Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...
Epílogo
Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.
¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!
Año del Señor de 1790
Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.
-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.
Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:
-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.
Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:
-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.
Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.
Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:
-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"
Segunda parte: Su vida pública
Alto Perú, 1810-1815
"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.
El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:
Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta
Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.
El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.
A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.
Tercer parte: El Juicio de la Historia
En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.
Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...
Epílogo
Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.
¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario