sábado

La Dinastía



Solo hay una forma de llegar a la corona en Santangelia: traicionando, conspirando y asesinando al rey. Ninguna de estas muertes (por asfixia, envenenamiento o apuñalamiento) llega a aparecer en los libros de historia: el conspirador, después de cumplir con su cometido, ordena la corrección del último capítulo de las crónicas reales, presentándose a sí mismo como el hijo preferido del rey ultimado.

Para no despertar la ira del pueblo -que guarda una fidelidad incondicional para con sus viejos monarcas- cada usurpador trata de asemejarse a su predecesor, copiando sus gustos, practicando sus aficiones y adoptando su particular forma de caminar, de tal manera que (como los malos actores) termina pareciéndose más a una caricatura de su predecesor que al predecesor mismo. Cuando se revisan las crónicas y los anales de Santangelia, se llega a la conclusión de que este reino ha sido gobernado por una única dinastía, una gran familia amorosa en la que cada soberano cede su trono al que le sigue.

Mientras los cronistas reales corren a buscar un trozo de piedra pómez que les sirva para borrar y enmendar sus manuscritos, su Majestad agoniza con una sonrisa resignada, sabedor de que su asesino se ocupará de prolongar su existencia, puesto que el usurpador reclamará para sí su color de ojos, el tartamudeo de sus momentos de furia, la inflexibilidad al declarar la guerra a los países vecinos. Pero en un último relámpago de lucidez termina de darse cuenta de que este constante morir y matar de los reyes jamás ha sido una elección del asesino ni del asesinado. Ambos son apenas los hilos involuntarios y fatídicos de una trama larga e inmisericorde llamada Santangelia. Todos sus reyes están unidos por un lazo de sangre; que no es el de la sangre compartida, sino el de la sangre derramada.


No hay comentarios.: