jueves

Si las piedras hablaran | Final



Fue una noche extraña -se acuerda el poeta- aunque, después, nunca haya podido diferenciar lo recordado de lo sucedido. El desierto se llenó de hombres con antorchas que deambulaban entre las piedras haciéndoles marcas. A algunos no los había vista nunca, y susurraban entre sí en idiomas extraños, pero Saturnino no les prestó atención; estaba demasiado ocupado pintarrajeando piedras y reclamándolas para su gobierno.

En algún momento el poeta recuerda o imagina haberse cruzado con Sosa Farrell. Sostuvieron este diálogo:

-A las piedras se las puede dividir en dos grupos: las que se dejan aprehender y las que lo atrapan a uno. Si supiéramos cuál es el verdadero nombre de estas piedras, podríamos nombrarlas y hacerlas nuestras. Y les ganaríamos de mano.

-Mariconadas de poeta. El nombre es lo de menos, Saturnino. Sólo tenemos que ponérselo, y ya.

-Pero es que estas rocas se resisten, Farrell. No colaboran con nosotros. No quieren decirnos nada. Y no dejan de mirarnos.

-Al nombre verdadero no se lo descubre: se lo inventa.

El poeta lo miró como quien mira a un blasfemo.

-¿Nunca has tratado de enseñarle algo a una piedra? -continuó el dramaturgo. -La sientas sobre una silla y, día tras día, le das la misma lección. Al cabo de unos años descubres que la piedra sigue siendo la misma; pero tú te has modificado. Si vas a dedicar tu vida a la educación de las piedras, deberías tener claro lo que haces para educarte a ti mismo.

Y desapareció. Al poeta le gustaron estas palabras, pero odiaba tanto al dramaturgo, que decidió no haber tenido esa conversación...

A la mañana siguiente, las formaciones rocosas amanecieron llenas de banderas pintadas en sus pies. Banderas argentinas y bolivianas, banderas exóticas del Asia y de Europa, banderas de países desconocidos. También había escritas algunas palabras: “tricornio”, “Sonnets of William Shakespeare”, “positivismo lógico”, “Deutsche über alles”, “Presidente Hipólito Yrigoyen” y “cabeza de tordillo”. En estos dos últimos, el poeta reconoció la letra y la intención de Mititieri: en la pobreza de su imaginación, Mititieri sólo encontraba cabezas de caballos y retratos de hombres famosos.

El poeta mandó a borrar las banderas y las inscripciones. “Empezamos de nuevo”, pensó, desganado.

Esa tarde, a la hora de la siesta, el poeta y el dibujante se sentaron bajo las rocas. El dibujante estaba eufórico:

-Ya descubrí la forma de atrapar estas piedras. Es fácil. Dígame cualquier cosa.

-Fémur -respondió Saturnino.

-Dibujo un fémur, entonces y… ¡voilâ! Esa piedra, enfrente de nosotros, es un fémur.

El poeta entreabrió los ojos. Efectivamente, lo parecía. El cellista, desde alguna parte, desmadejaba una melodía que se desenredaba para volver a enredarse.

-Ahora dígame un país, o un animal.

Pero Saturnino ya estaba soñando, y en ese sueño se le revelaron los verdaderos nombres de las piedras. Soñó con cada de una de las rocas, y después soñó las relaciones entre ellas. Pudo conocer los lazos de amor y de desamor, tendidos y atados entre cada formación rocosa (aunque palabras como vínculo, amor y desamor eran insuficientes para explicar lo que les sucedía, y un humano nunca podrá amar u odiar como lo hace una piedra). También supo de los nombres con que las rocas habían bautizado al poeta y a sus compañeros, nombres cuya sola enunciación nos insumiría años de paciente escucha. Después de entender todo, de aceptarlo y guardarlo en la memoria, se despertó y lo olvidó. Sólo recordó que alguna vez había entendido.

Esa mañana ordenó que levantaran el campamento.

Las razones del fracaso de la expedición fueron explicadas por el poeta en su memorando al Ministerio del Interior. Es una lástima que este memorando se haya perdido; aunque, señores, cosas más valiosas que esas también se han perdido y el mundo sigue andando. Pero el gobierno de Yrigoyen tomó sus represalias contra el poeta: nunca más volvería a ser convocado a ningún cargo público que supusiera hacer cosas.

El desierto de piedra sigue sin ser reclamado por ningún país. El poeta siempre siempre sostuvo que las rocas seguían esperando a alguien que tuviera paciencia de centurias, para nombrarlo y dejarse nombrar. “Que para eso fueron hechas estas rocas”, concluía. “Pero no para nosotros”.


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