
El poeta y Sosa Farell se conocieron en Córdoba, al calor de las discusiones del Primer Coloquio Hispanoamericano de Poetas y Dramaturgos; alguien supuso que estas dos especies estaban acostumbradas a vivir en armonía, pero fue una semana de discusiones, insultos y grescas a trompada limpia. Saturnino(que, en su talante timorato, siempre fue más proclive a ser golpeado que a golpear) encontró cientos de razones para odiar al boliviano. Sosa Farrell -que era capaz de cambiar de opinión varias veces en la misma frase- se había pasado al bando de los dramaturgos y desde allí se dedicaba a aguijonear al poeta.
La patria es, ante todo, un poema -decía Solargento. -Una sucesión de imágenes, revelaciones y pequeñas alegrías que llegan sin que se las llame y que desaparecen antes de que se les pueda poner nombre. La poesía es testigo de esta imposibilidad de ordenarlas. La patria es su demostración.
-Si la patria fuera un poema, bien que estaríamos fregados, Saturnino. La patria es un drama, acción dramática. Una patria es una sucesión de cuentos compartidos, de recuerdos comunes; no importa si verdaderos o falsos siempre que cuenten algo y tengan principio y final.
El resto de los concurrentes se olvidaba –por un momento- de darse trompadas y se detenía a escucharlos. Al final del coloquio, Sosa Farrell recibió un encargo del gobierno nacional para inventar historias patrióticas que se enseñaran en los colegios, como aquella que decía: “...Y el general Lamarque murió pobre de toda pobreza; murió de amor a su Patria, y de frío, en una plaza, abrazado a un perro. Estaba recitando, uno a uno, los nombres de los que habían sido sus soldados”.
Saturnino hizo un gesto de silencio a los suyos. El dramaturgo estaba tan cerca de ellos que se lo podía escuchar como si estuviera susurrando a sus oídos:
-A éstas -señalando a las piedras-, se las puede dividir en dos grupos: las que asemejan motivos patrióticos y las que asemejan motivos extranjeros. En este grupo podemos reconocer al resero, a la simpleza de la simplicidad de nuestra gente simple, al mate de yerbas aromáticas. Pero estas rocas viven asediadas por sus enemigos, los conjuntos pétreos del foxtror, el ultraísmo y el socialismo materialista.
-¿Y qué vamos a hacer? -se oyó decir a otra voz.
-Por lo pronto, leer el guión que te escribí -espero que no en vano-, la otra noche, Saralegui.
Hubo un ruido de papeles revueltos y Saralegui leyó sus líneas con intención y vivacidad, como los malos actores:
-Ardo en deseos por saber lo que mi Patria anhela, Sosa Farell.
-Es sencillo. Vamos a reclamar a estas formaciones rocosas para la Nación. Todos ustedes van a pintar una pequeña bandera boliviana en la base de cada.
-¿También en las piedras que asemejan motivos extranjeros?
-Con más razón, Saralegui; con más razón!.
-Vámonos -cuchicheó Saturnino a los suyos.
Esa noche, en el campamento, el poeta reunió a su equipo expedicionario.
-Nuestra misión corre peligro. Ya mismo vamos a salir a ponerle nuestra marca a las piedras. Cada uno de nosotros va a tomar un balde de pintura celeste y otro blanco. Y va a pintar una pequeña bandera argentina en su base.
-¿También el cellista?
-También el cellista.
La patria es, ante todo, un poema -decía Solargento. -Una sucesión de imágenes, revelaciones y pequeñas alegrías que llegan sin que se las llame y que desaparecen antes de que se les pueda poner nombre. La poesía es testigo de esta imposibilidad de ordenarlas. La patria es su demostración.
-Si la patria fuera un poema, bien que estaríamos fregados, Saturnino. La patria es un drama, acción dramática. Una patria es una sucesión de cuentos compartidos, de recuerdos comunes; no importa si verdaderos o falsos siempre que cuenten algo y tengan principio y final.
El resto de los concurrentes se olvidaba –por un momento- de darse trompadas y se detenía a escucharlos. Al final del coloquio, Sosa Farrell recibió un encargo del gobierno nacional para inventar historias patrióticas que se enseñaran en los colegios, como aquella que decía: “...Y el general Lamarque murió pobre de toda pobreza; murió de amor a su Patria, y de frío, en una plaza, abrazado a un perro. Estaba recitando, uno a uno, los nombres de los que habían sido sus soldados”.
Saturnino hizo un gesto de silencio a los suyos. El dramaturgo estaba tan cerca de ellos que se lo podía escuchar como si estuviera susurrando a sus oídos:
-A éstas -señalando a las piedras-, se las puede dividir en dos grupos: las que asemejan motivos patrióticos y las que asemejan motivos extranjeros. En este grupo podemos reconocer al resero, a la simpleza de la simplicidad de nuestra gente simple, al mate de yerbas aromáticas. Pero estas rocas viven asediadas por sus enemigos, los conjuntos pétreos del foxtror, el ultraísmo y el socialismo materialista.
-¿Y qué vamos a hacer? -se oyó decir a otra voz.
-Por lo pronto, leer el guión que te escribí -espero que no en vano-, la otra noche, Saralegui.
Hubo un ruido de papeles revueltos y Saralegui leyó sus líneas con intención y vivacidad, como los malos actores:
-Ardo en deseos por saber lo que mi Patria anhela, Sosa Farell.
-Es sencillo. Vamos a reclamar a estas formaciones rocosas para la Nación. Todos ustedes van a pintar una pequeña bandera boliviana en la base de cada.
-¿También en las piedras que asemejan motivos extranjeros?
-Con más razón, Saralegui; con más razón!.
-Vámonos -cuchicheó Saturnino a los suyos.
Esa noche, en el campamento, el poeta reunió a su equipo expedicionario.
-Nuestra misión corre peligro. Ya mismo vamos a salir a ponerle nuestra marca a las piedras. Cada uno de nosotros va a tomar un balde de pintura celeste y otro blanco. Y va a pintar una pequeña bandera argentina en su base.
-¿También el cellista?
-También el cellista.
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