jueves

Entre la historia y el surrealismo


La Revolución de los Seis Compañeros triunfó bajo la inspiración del Comandante Sepúlveda, y la primera orden del Comando Revolucionario fue la de ejecutar en el acto a todos los historiadores y fotógrafos del país. La determinación fue unánime, con la sola resistencia del compañero Sufriategui quien, luego de declarar su oposición, cayó en desgracia desde el décimo piso del Ministerio de Asuntos Revolucionarios. Los pintores oficiales, que en ese momento daban las últimas pinceladas al “Retrato del Comandante Sepúlveda arengando a sus Cinco Compañeros Revolucionarios”, cambiaron su rostro por la cara de un mandril. Horas más tarde, el compañero Martiarena decidió suicidarse con la ayuda de un pelotón de fusilamiento. Los pintores –cansados del realismo y sin tiempo material para pintar en su cara el retrato de su sucesor- lo reemplazaron por un cocodrilo vestido de jacquet.

El compañero Murguiondo decidió esconderse, y, usando el método de la carta robada de Poe, se sentó en su oficina para despistar a sus ejecutores ocultándose en el sitio más obvio. No lo consiguió, y fue encontrado. En su lugar, los pintores dibujaron un patito de hule. Luego, el compañero Cademartoli partió en misión secreta; tan secreta, que no era conocida ni por el gobierno, ni por Dios y ni por él mismo. Su figura fue sustituida por una canasta de hortalizas. Del compañero De Souza apenas se sabe que se volvió parte de aire, y así es como fue plasmado en el lienzo.

Por fin, “El Supremo Estratega Sepúlveda arengando a una serie de objetos revolucionarios” fue exhibido en el Museo de Historia a un mes del triunfo de la Revolución. Pero cada semana, con cada nueva crisis de gabinete, el cuadro era quitado de la pared y modificado. Así, a lo largo de las décadas, fue titulándose “El Munificente Amo Sepúlveda arengando a un montón de tortugas”, “El Sumo Pontífice Sepúlveda arengando a un conjunto indeterminado de átomos” y “El Supremo Hacedor Sepúlveda arengando a un grupo de electrodomésticos”. Ya en su chochez, Sepúlveda pasaba largas horas discutiendo, cara a cara, con su ventilador de pie.

La Academia de Historia -poblada de poetas, cuentistas, novelistas, dramaturgos, afectos todos ellos al valor de las metáforas-, consideró que mantener este retrato en exhibición era ceder “en nefasta condescendencia ante el realismo, que tanta confusión había creado y crea en las mentes”, y ordenó que fuera corregido en el acto.

El ventilador y los otros electrodomésticos permanecieron en el cuadro, pero la cabeza de Sepúlveda fue reemplazada por la del ratón Mickey. Esta decisión estética precipitó los hechos: la Academia anunció, a renglón seguido, la asunción del ratón Mickey como Dictador Provisional. A Sepúlveda el cambio no le importó demasiado: ocupado estaba arengando y muriéndose, muriéndose y arengando. Al pueblo tampoco le interesó demasiado porque, a esta altura de los hechos, palabras como “realidad”, “verdad” e “historia” ya no le interesaban un comino a nadie.


miércoles

Un Secreto


En el momento del nacimiento -junto con la tierra natal, la fecha de cumpleaños y el color de pelo- cada niño de Llavallol recibe un destino, con sus gozos y sus fatigas. El padre toma al recién nacido en sus brazos, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, garabatea un signo sobre su nuca, que es la zona del cuerpo donde se encuentra el porvenir de cada persona. Este signo, que representa su destino, puede ser un dibujo (un automóvil, una ardilla) o una palabra ("peristilo", "reconcomio"). El pelo del bebé crece rápidamente y el destino queda escondido detrás de su melena: ni él ni nadie podrán verlo mientras dure su existencia. La vida de cada llavallolense -salvo para aquellos que son tan pobres, que ni destino tienen- se vive de espaldas al propio signo, a ese dibujo tan escondido, a esa rasgo tan íntimo que ni uno mismo es capaz de conocerse. Sólo a los monjes y a los criminales se les permite rasurarse la cabeza: para vergüenza y escándalo, andan con el destino a la vista de todo el mundo.

Después de morir, (junto al regalo de una fecha de defunción, una eternidad y algunas lágrimas sentidas o fingidas) cada llavallolense recibe un sentido. El hijo se acerca al cuerpo de su padre, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, va trazando un signo sobre su frente, que es la parte del cuerpo donde se aloja el pasado de una persona. Este signo puede ser un dibujo (la península de Yucatán, una bicicleta) o una palabra ("passepartout", "miomancia"). Después llegarán los sacerdotes, que serán los encargados de cortarle el pelo, tomar una yilé para afeitar su cabeza y exponer ante la curiosidad del mundo el destino secreto y el sentido final de esa persona.

Es muy difícil encontrar una persona en la que concuerden los dos signos, el de la nuca y el de la frente. Algunos sostienen que la perfección de una vida consiste en la coincidencia entre esos dos dibujos. Otros creen que el verdadero trabajo de esta vida consiste en oponerse al primer signo, aún sin conocerlo, y llegar a merecer el signo opuesto. Por último, los conciliadores -que no pueden ver a nadie discutiendo- dicen que el dibujo de la frente es el mismo dibujo de la nuca, que se ha transfigurado y modificado con el paso de los años.

En estas discusiones, en las tardes de Llavallol, se nos va la vida.

jueves

No aclare, que lo oscurece


Diríase que fue ayer -nomás-que el hombre-niño, entonces sentado a los pies de la abuelita, le preguntaba, mientras se movía con la lengua el colmillo flojo y torcía, nervioso, la punta de su camisa: “¿De qué era el zapatito de la cenicienta?”. La abuela levantaba los ojos de la puntilla primorosísima –cada espacio una ausencia, cada nudo un amor- y respondía ufana como si hubiese sido ella misma la que hubiera tenido a su cargo calzar a la afortunada muchachita: “Era de Cristal”.

¡Y claro que era de cristal! No puede haber ningún hombre decente que en el fondo de su alma no siga sintiendo la necesidad de que el zapato de la Cenicienta haya sido de cristal y que no sea capaz de defender con todos sus corajes y fervores eso, poco pero encantador, que le fue posible seguir creyendo.

Aparecieron, sin embargo, los exegetas –los pinchadores profesionales de globos-, y dijeron: “No, no, no. El zapato de la cenicienta, según las últimas investigaciones de Discovery Channel, era de cuero”. Arguyeron que donde Perrault puso pantoufle en vaire (zapatina de cuero), el traductor entendió pantoufle en verre (zapatina de vidrio). Y seguramente que si trabajan unos años más en este asunto, son capaces de demostrar que fue mentira que la calabaza se transformó en carroza y los ratones en caballos para que pudiera asistir a la fiesta real nuestra querida Cenicienta.

Y su osadía llegará a pretender reírse de nosotros, los nobles ignorantes, que confiamos serenamente en la magia de esas cosas, porque muchas veces, aquí en el mundo que tenemos a mano, hemos visto cómo un adiós se transforma en lágrimas, un hallazgo en sonrisa, un beso en suspiro.

¡Qué poco queda de las cosas cuando se las explica!

¡Qué insensatos los que se inquietan cuando no les encuentran una explicación a las cosas!

Por eso, amigo, no aclare... que lo oscurece!