
Diríase que fue ayer -nomás-que el hombre-niño, entonces sentado a los pies de la abuelita, le preguntaba, mientras se movía con la lengua el colmillo flojo y torcía, nervioso, la punta de su camisa: “¿De qué era el zapatito de la cenicienta?”. La abuela levantaba los ojos de la puntilla primorosísima –cada espacio una ausencia, cada nudo un amor- y respondía ufana como si hubiese sido ella misma la que hubiera tenido a su cargo calzar a la afortunada muchachita: “Era de Cristal”.
¡Y claro que era de cristal! No puede haber ningún hombre decente que en el fondo de su alma no siga sintiendo la necesidad de que el zapato de la Cenicienta haya sido de cristal y que no sea capaz de defender con todos sus corajes y fervores eso, poco pero encantador, que le fue posible seguir creyendo.
Aparecieron, sin embargo, los exegetas –los pinchadores profesionales de globos-, y dijeron: “No, no, no. El zapato de la cenicienta, según las últimas investigaciones de Discovery Channel, era de cuero”. Arguyeron que donde Perrault puso pantoufle en vaire (zapatina de cuero), el traductor entendió pantoufle en verre (zapatina de vidrio). Y seguramente que si trabajan unos años más en este asunto, son capaces de demostrar que fue mentira que la calabaza se transformó en carroza y los ratones en caballos para que pudiera asistir a la fiesta real nuestra querida Cenicienta.
Y su osadía llegará a pretender reírse de nosotros, los nobles ignorantes, que confiamos serenamente en la magia de esas cosas, porque muchas veces, aquí en el mundo que tenemos a mano, hemos visto cómo un adiós se transforma en lágrimas, un hallazgo en sonrisa, un beso en suspiro.
¡Qué poco queda de las cosas cuando se las explica!
¡Qué insensatos los que se inquietan cuando no les encuentran una explicación a las cosas!
Por eso, amigo, no aclare... que lo oscurece!
1 comentario:
Recuerdo cuando tenía 4, que como buen fanático de Mazinger Z y poseedor de poderes como los de el, solía fulminarme a cualquiera que se metiera conmigo. Estoy seguro que sentía poder saliendo de mis ojos, lo que no podía tener otra explicación que fueran rayos láser, igual que Mazinger. Jamás podré recuperar la oscuridad que me trajo, el que mi madre me aclarara la vida diciéndome un día que estaba ajusticiando a mi abuelo: "Y deje de estar haciendo bizco! Se va a quedar así!"
Como que con el crecimiento se gana luz en muchos ámbitos. Pero mucho se nos oscurece. Cierto?
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