miércoles

Otro Secreto


Desde que el mundo es mundo, cuando alguien de mi pueblo está listo para ser adulto, se le vendan los ojos y se lo lleva a una choza en las afueras de la ciudad de Llavallol para contarle el secreto. Los únicos que no pueden escuchar el secreto son los niños, los enanos y los deficientes mentales (y yo, por razones que desconozco, pues no soy ninguna de las tres cosas). Por eso, lo poco que sé del secreto lo aprendí acechando detrás de los árboles, o en el insomnio de una madrugada de campamento. He tratado de completar las cosas que no sé con aquellas que me imagino, y hasta es posible que algo de lo que voy a contarles sea cierto.

La mecánica es la siguiente: los escogidos pasan toda la noche con los ojos abiertos dentro de la choza del secreto, mientras alguien les habla incesantemente; cuando ninguno puede distinguir una palabra de sueño de otra palabra de vigilia, se les desliza el secreto por la oreja izquierda. Al día siguiente vuelven al poblado. Se conoce a los que han escuchado el secreto por el tono inquietante de su voz: las palabras que antes eran cordiales y francas siguen siendo las mismas palabras, pero ahora se las habla en un tono entre hosco y esquivo. Una vez al año el secreto recibe a unos muchachos animosos y devuelve hombres valientes y desesperanzados.

Las mujeres -sospecho- también tienen su secreto. El hecho de que no tengamos ninguna señal de esto, para mí ya es prueba suficiente de su existencia. Yo supongo que el secreto de las mujeres no es el mismo que el secreto de los hombres y eso se percibe en su mirada; si un día te están mirando, al otro día también te miran, pero te miran distinto.

Son pocos los días en lo que no pienso en el secreto. Tanto cambia la vida de los que lo escuchan, que debe ser un secreto que toca la totalidad de la existencia. No un secreto de automóviles, ni de ardillas, ni de puestas de sol. Yo tengo dos conjeturas. Una: que el secreto no existe, que no hay secreto alguno en el mundo, que solo está lo que se ve, sólo hay lo que hay. Dos: que solo el secreto existe y somos nosotros los que no existimos; que somos, apenas, torpes imaginaciones del secreto.

viernes

Nombramientos


En Llavallol -tu pueblo y el mío- cambiamos de nombre como de camisa. No termina uno de nacer cuando ya empiezan los nombramientos: “Ay”, lo llama su madre, “Obstáculo”, su hermano mayor, “Entonces”, su padre; “Porotito”, la tía segunda.

Con el paso de los días cada llavallolense recibe, junto a la leche, sus nuevos nombres: “Media tarde”, “Chico Sentado en el Pasto”, “Ayayay”, “Pituchi”, “Grito” y “Jorge Alfredo”. Los años le traen amigos, novias y apelativos: “Pochi”, “Maleta de loco”, “Perno”, “Paciente de las 19:45”, “Antenor”, “Tipo Parado Ahí”.

Hacia el final de la vida cada uno de nosotros caerá bajo el peso de sus nombres, y nuestros parientes tratarán de llenar nuestra lápida con la inscripción de los pocos que puedan recordar. El resultado, algunas veces, será un palimpsesto, una telaraña de palabras que alguna vez señalaron algo. Otras, la lápida quedará pulida y gastada de tanta inscripción. En ninguno de los dos casos podrá leerse ni entenderse nada.

Pero no importa. En el resto del mundo la gente pone nombres para identificar, fijar y poseer. En Llavallol -mi pueblo y el tuyo- ponerle nombre al ser querido es darle un abrazo de despedida, soltar su mano y dejarlo ir.

La Señorita Ene


Primer día de clases

-Ahora vas a empezar sexto grado y vas a jugar en el recreo con todos nosotros –me dijo mi hermano mayor, cuando íbamos camino al colegio. -No te voy a dar consejos, porque los consejos no sirven para nada: si querés, peleate a trompadas con quien se te dé la gana. Pero te digo una sola cosa: nunca toques a la señorita Ene.
Y sin esperar a que yo le preguntara nada, continuó:

-La señorita Ene es la de música. No es mala, pero es distinta a las otras profesoras. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima: en cuanto la rozás, se pone como loca. A Velarde, el año pasado, lo echaron por tocarle el hombro con el dedo.

Un mes después

La señorita Ene no parece joven ni vieja. Tampoco es especialmente linda ni notablemente fea. Su cara es blanca, como la cara de aquellas fotos en las que el flash se acercó demasiado y nos reveló el retrato de un rostro sin rasgos, con los ojos rojos de conejo. Lleva un gabán negro de grandes botones dorados, que no se quita ni en las tardes más tórridas del verano. Pero, cuando pasa caminando al lado nuestro, todos sentimos un frío oscuro y húmedo que invade nuestras almas.

Dos semanas después

La señorita Ene decidió que habíamos trabajado lo suficiente, y, con una sonrisa de su rostro blanco nieve, nos dejó salir antes de que termine la clase.
-Y usted, Rossoni... -me dijo, cuando estaba atravesando el umbral de la puerta-… mándele saludos de mi parte a su abuela. Siempre la recuerdo con profundo cariño.

Cuando se lo conté a mi abuela, esa misma tarde, se persignó y fue a encerrarse en su habitación, de la cual no salió por varios días, sumida en un pozo depresivo.
-Siempre que le hablan de la señorita Ene, se impresiona mucho –me explicó mamá- ¿No sabías que la abuela fue alumna de ella?

Como dos meses y medio después

La señorita Ene estaba corrigiendo las evaluaciones de mitad de año. Nos acercamos a su escritorio. Yo tosí.
-Señorita Ene: un alumno de séptimo me dijo que teníamos que felicitarla porque hoy es su cumpleaños.
La señorita Ene levantó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo, sonrió y siguió escribiendo como si nada. Abelardi –que siempre se destacó por ser el más valiente– se atrevió a hacerle la pregunta:
-Señorita Ene: ¿es verdad que usted es un fantasma?
-Sí. Es verdad –dijo, sin levantar la vista de las hojas. -Ahora, chicos, les ruego que no me interrumpan más. Tengo que entregar estas evaluaciones antes de que suene la campana.

Algún tiempo después

Cuando la señorita Ene le puso un uno a Altube, que era el mejor promedio de la clase, la madre fue a protestar a la oficina del director y a exigirle que echaran a “esa señorita Ene”.
-¡Lo menos que se puede pedir de un docente que viene a dar clases, es que esté con vida!- rezongó.
-Discúlpeme, usted, señora Altube- dijo nuestro director. -Pero la señorita Ene es la profesora más antigua del colegio. Nunca falta a clase, ni se enferma, ni pide licencias. Es un ejemplo para todos nosotros. Si su hijo no es capaz de convivir con una persona tan, pero tan especial, le recomendamos que lo ponga en otra institución.

A fin de año

-La verdad, que les tomé cariño –nos confió la señorita Ene el último día de clases. -Pero vamos a tener que despedirnos-. Todos protestamos.
-No me prometan nada – continuó. Que nadie diga que va a volver a visitarme. Cuando ustedes crezcan, van a ponerse a pensar en lo raro que es que este fantasma les haya dado clases. Y la idea les va a producir cada vez más miedo. Créanme.
Protestamos de nuevo, la aplaudimos y simulamos un abrazo a su alrededor, sin tocarla y entre lágrimas.

Un montón de años después

La señorita Ene tenía razón. Desde ese entonces, volví a pasar innumerables veces por la puerta del colegio, y nunca me animé a entrar a saludarla.

Hoy, ya más grande (o menos chico), me paro frente al viejo frontispicio y siento la tentación de entrar para ver si el patio sigue reduciéndose o si alguien borró las inscripciones que con una cortaplumas grabé, trabajosamente, en el añoso nogal del patio de juegos. Pero hay algo que no me deja. Es una sensación que no llega a ser miedo, pero se le parece bastante. Entonces, doy la vuelta rumbo a mi casa, con un renovado desaliento, intentando olvidarme, una vez más, de que la señorita Ene sigue dando su eterna clase de música, como un regalo del Cielo o un castigo del Infierno.

El Naúfrago y su Botella


Hay náufragos que escriben un mensaje, lo introducen en una botella y corren a enterrarlo en ese lugar secreto que sólo ellos conocen, porque no quieren que nadie se entere de que necesitan ayuda.

Hay náufragos que aman el gesto de pedir ayuda porque les parece simpático y de buen gusto, pero -como consideran que no necesitan la ayuda de nadie- arrojan al mar una botella vacía.

Hay náufragos tan tímidos, que en vez de poner su nombre y su dirección en el mensaje, piden ayuda “para un amigo mío, que tiene un problema”.

Hay náufragos que consideran que sus necesidades son únicas y personales. “Yo me entiendo”, se dicen a sí mismos, mientras escriben su nota y la introducen en la botella. Los que encuentran su mensaje nunca pueden descifrar la letra.

Hay náufragos que escriben el triste relato de sus penurias y, entre lágrimas, lo introducen en la botella y arrojan ésta al aire para luego atajarla y abrirla, leer el triste relato de sus penurias, conmoverse y entre lágrimas introducirlo nuevamente en la botella para arrojarla al aire y luego atajarla y abrirla y leer el triste relato de sus penurias y conmoverse.

Hay náufragos que hacen del lanzamiento de la botella al mar su deporte predilecto, y se pasan el día entero ocupados en este menester. Y cuando llega alguien a rescatarlos, lo reciben a botellazo limpio.

Hay náufragos tan enamorados de sus penas y sus dolores, que cuando reciben una botella no quieren abrirla porque saben que en el mensaje que trae se encuentra la solución a sus problemas.

Hay náufragos que en sus mensajes piden la compasión del otro, y son tan conmovedoras sus palabras que llegan a despertar la conciencia de la soledad y el desamparo en sus lectores. En vez de recibir ayuda, estos náufragos reciben pedidos de auxilio.

Y hay naúfragos que viven buscando papel y lápiz para escribir algún mensaje; o botella, para meter alguno dentro.

jueves

Aclaración de Firma


Dios lo miró a Adán.

En aquellos tiempos todavía no se practicaba la literatura. Por eso no había ninguna persona lo suficientemente capacitada como para describir esa mirada; lo único que se podía hacer era experimentarla, y por eso Adán no tenía palabras para explicar como era que Dios lo estaba mirando. Pero por su mirada se dio cuenta de que este asunto, a Yahvé, no lo divertía para nada.

Pensó rápido y extendió su dedo índice, rígido por el miedo, hacia Eva.

-Todo es por culpa de esa mujer que me diste.

Para las matemáticas de Adán, una culpa compartida se convertía en media culpa.

Eva miró a su alrededor. Necesitaba una salida, y que fuera rápido. (En aquella época no había ninguna sociedad, ni sistema económico ni globalización para echarle la culpa, y cada uno se las arreglaba con lo que encontraba a mano).

- Fue la serpiente. –Dijo. -Ella me sedujo.

Para las matemáticas de Eva, una culpa compartida se convierte en cero culpa para uno y una culpa para el otro.

-Todo fue por culpa tuya –le dijo la serpiente a Dios. -Si no hubieras hecho así las cosas y no me hubieras echado del cielo, esto no hubiera pasado.

Para las matemáticas de la serpiente, la culpa estaba tan repartida que ya no existía culpa.

Y Dios, indignado o aburrido, hizo lo que hacen los padres, los jefes y las directoras de colegio cuando están irritados: los echó a los tres, y a otra cosa...

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros - Última Parte


-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad sólo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.

Y desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“De todas las Calaterras posibles, esta debe ser la más difícil de habitar”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

El hombre viejo humedeció con saliva su dedo índice y trazó una línea larga y despareja, de izquierda a derecha, del oeste al este. Acababa de darle vida al horizonte. A partir de ese momento ya existía un Cielo y una Tierra, un Arriba y un Abajo. Cómo era lógico, todos los que flotábamos caímos al suelo, mareados, tratando de hacer pie. Pero algunos se tropezaban y chocaban entre sí. Lo único quieto en todo el pueblo era un árbol marrón y deshojado.

-¿Ese no es tu amigo, el enamorado? -dijo Leandro. -Tuvo suerte en no desaparecer con todo el resto.
-Por más pesado que sea, sigue siendo una persona y no un lugar. Eso fue lo que lo salvó –respondí, pasándole mi mano para quitarle el polvo acumulado. Pero Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. El hombre viejo había vuelto a hablar.

-Así era el desierto de donde vine –dijo levantando su mano derecha, la palma extendida. –El cielo era de un color azul gastado, y el suelo, de un marrón desteñido.
Y tanto el cielo como el suelo empezaron a adquirir color.
-Cuando llegué por este camino…
Y el camino apareció.
-…me recibieron los perros…
Y aparecieron perros, jadeantes y ladrantes.
-…Y un hombre me vendió un tomate. Nunca había visto algo así -dijo, tomando entre sus manos un tomate del puesto de verduras que acababa de hacer aparecer.

Entonces, entendí el plan. El hombre viejo estaba construyendo una nueva Calaterra, que era igual a la vieja.

Algunos calaterrenses empezaron a imitarlo. En pocos minutos un nuevo Barrio de los Mercaderes estaba terminando de dibujarse. Aparecieron tres tarimas: una para los artistas, otra para los dementes y otra para los profetas, y una nueva posada, en el mismo lugar de la anterior. Corrimos a cobijarnos, pero la posada, por dentro, estaba vacía, como el decorado de una obra de teatro antes del estreno.
-Hay que esperar un poco. La ciudad todavía no esta terminada –advertí.

Toda la ciudad se parecía más a su dibujo que a sí misma. La nueva Calaterra estaba a medio camino entre el estar y el no existir, y hasta las piedras todavía eran huecas.
-Lástima de ciudad. Pero nosotros nos vamos. Ya no tenemos nada más que hacer acá -dijo Macedonio. -¿Vas a acompañarnos?, espía.
Asentí con la cabeza. La espantosa semana de los milagros estaba finalizando.

Salimos con facilidad atravesando los muros inconsistentes de la nueva Calaterra, como si fuéramos fantasmas. Nadie nos prestó atención: el único gesto de despedida fue un piedrazo que se estrelló contra la espalda de Leandro, arrojado por la mujer gorda que todavía se negaba a creer que no fuéramos profetas.
-Ya te dije que estos tipos no me gustan –reafirmó Leandro, quitándose de memoria con la mano los restos de polvo que le deshonraban la espalda.

“Su Majestad, Cuesta resbaladiza Bajo los Pies del Deshonesto, Azúcar Negra que Gusta y Alegra”: a la mañana siguiente llegamos a Calaluna, la ciudad hermana de Calaterra. Allí, las historias corren más rápido que las personas. En la taberna -mis visitas a una ciudad siempre empiezan por la taberna- los parroquianos están hablando de Calaterra y de los tres dioses que visitaron la ciudad.

-Dicen que a cada uno le regalan el milagro que se les pide -vocifera un joven de pelo verde, picado de viruela.
-No han de ser dioses, entonces -sostiene el tabernero. -Un buen dios nunca cumple lo que le piden sus devotos.
-Solo eran tres profetas, pero dicen que se robaron la ciudad y no querían devolverla. Y nunca va a saberse dónde quedó escondida-murmuró un hombre flaco de bigotes gruesos.

Yo dejo por un momento mi vaso de vino y hago un racconto a la ávida concurrencia de todo lo vivido: Digo que hoy existen dos Calaterras en un mismo lugar: la Nueva, la del deseo; y la vieja, la de la realidad. Que la Calaterra del deseo se va a ir desvaneciendo, porque las cosas que son del sueño no sobreviven mucho tiempo entre la gente despierta. Que en su lugar va a aparecer la vieja y querida Calaterra. Que al principio nadie va a darse cuenta, pero dentro de algunas semanas todo va a volver a ser como antes, y el enamorado va a volver a enamorarse de su Dorelia, y va a reírse y a llorar de nuevo, y ningún espía, ni Dios ni profeta va a poder hacer nada al respecto.

Los hombres del pueblo se ríen aparatosamente y me palmean la espalda en reconocimiento a mi ignorancia, puesto que es sabido que los forasteros no saben nada de nada, y siguen contándose las historias que quieren escuchar. Pero, lo que nunca sabrán es que cada vez que hablan de Calaterra y de su espantosa semana de los milagros están hablando de mí y de mis amigos. Yo también me río mientras termino de imaginar esta carta que voy a escribirle apenas pueda, Su Majestad, para que usted me crea, porque tengo miedo de ir desapareciendo en este mar de historias ajenas, de dejar de ser el que cuenta para volverme parte del cuento, de dejar de ser el hombre de las mentiras para convertirme en lo mentido, de no ser más el soñador para transformarme en lo soñado...


-Fin-