
En Llavallol -tu pueblo y el mío- cambiamos de nombre como de camisa. No termina uno de nacer cuando ya empiezan los nombramientos: “Ay”, lo llama su madre, “Obstáculo”, su hermano mayor, “Entonces”, su padre; “Porotito”, la tía segunda.
Con el paso de los días cada llavallolense recibe, junto a la leche, sus nuevos nombres: “Media tarde”, “Chico Sentado en el Pasto”, “Ayayay”, “Pituchi”, “Grito” y “Jorge Alfredo”. Los años le traen amigos, novias y apelativos: “Pochi”, “Maleta de loco”, “Perno”, “Paciente de las 19:45”, “Antenor”, “Tipo Parado Ahí”.
Hacia el final de la vida cada uno de nosotros caerá bajo el peso de sus nombres, y nuestros parientes tratarán de llenar nuestra lápida con la inscripción de los pocos que puedan recordar. El resultado, algunas veces, será un palimpsesto, una telaraña de palabras que alguna vez señalaron algo. Otras, la lápida quedará pulida y gastada de tanta inscripción. En ninguno de los dos casos podrá leerse ni entenderse nada.
Pero no importa. En el resto del mundo la gente pone nombres para identificar, fijar y poseer. En Llavallol -mi pueblo y el tuyo- ponerle nombre al ser querido es darle un abrazo de despedida, soltar su mano y dejarlo ir.
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