lunes

Competiciones secretas (final)


Apresuré la marcha. Poco a poco fui acortando la distancia que el marinero me llevaba. Las primeras dificultades comenzaron pronto: una familia me cerró el camino y perdí segundos preciosos. Al borde del ridículo, ensayé el más veloz de los pasos gimnásticos. El infierno me envió una gorda llena de bolsas en sentido contrario. Luego, tuve que eludir a unas niñas que se divertían empujándose. La carrera estaba difícil, tuve miedo.

Ya cerca de la meta, conseguí ponerme a la par del marinero. Fijé la vista en él y descubrí algo escalofriante: él también competía. Y no estaba dispuesto a dejarse vencer. Había en sus ojos un desafío y una determinación que me llenaron de espanto.

En en último tramo, perdimos toda compostura. Avanzábamos a los gritos y sin el menor pudor, empujando a cualquiera. Pensé en la mujer que amaba y estuve al borde del llanto. En el último instante, cuando ya todo parecía perdido, una reserva misteriosa de fortaleza y valor me permitió cruzar la puerta con lo que yo creí era una ínfima ventaja.

Sentí plenitud y felicidad. Pensé que aquella misma noche mis sueños más profundos empezarían a cumplirse. No pude reprimir un ademán de victoria. Alcé los brazos y miré al cielo. Después, como en un gesto de cortesía, busqué a mi desdichado compañero. Lo que vi me llenó de dudas. También él festejaba con unos saltitos estúpidos. Por un instante nos miramos y hubo entre nosotros un no expresado litigio.

Era evidente que aquel hombre creía haberme ganado. Sin embargo, yo estaba seguro de haberle sacado, al menos, una baldosa de ventaja.

Entonces me ganaron las dudas. ¿Había calculado bien? ¿Cuál sería el procedimiento legal en esos casos? Desde luego, no me atreví a consultarlo con el marinero. Me alejé confundido y pensé que pronto conocería el veredicto. Una vida dichosa, un amor correspondido, darían fe de mi triunfo. La suerte aciaga, el rechazo terco, me harían comprender la derrota.

Pasaron los años y nunca supe si en verdad gané aquella carrera. Muchas veces fui afortunado, muchas otras conocí la desdicha. La mujer de mis sueños me aceptó y rechazó sucesivamente.

Todas las noches pienso en buscar a aquel marinero y preguntarle cómo lo trata la suerte. Solamente él tiene la respuesta acerca de la exacta naturaleza de mi destino. Quizá, en alguna parte, también él me esté buscando.

Me resisto a considerar una posibilidad que algunos amigos me han señalado, y que daría por tierra todos mis pasados desvelos: la inoperancia de los triunfos o derrotas obtenidos en competiciones secretas.


Competiciones secretas (segunda parte)


Detallaré sus reglas. Se trata de seleccionar en la calle a una persona de caminar ágil y proponerse alcanzarla antes de llegar a un punto establecido. Está rigurosamente prohibido correr.

Antes de comenzar cada justa, se deciden las recompensas y penalidades: si llego a la esquina antes que el pelado, aprobaré el examen de lingüística.

Durante muchos años competí sin perder jamás. Me asistía una ventaja decisiva: mis adversarios no estaban enterados de su participación y, por lo tanto, casi no oponían resistencia.

Obtuve premios fabulosos. En Plaza Francia, me aseguré vivir más de noventa años. En la Avenida Cabildo, garanticé la prosperidad de mis familiares y amigos. En el Metro de Palermo, por escaso margen, logré que Dios existiera.

Tantas victorias me volvieron imprudente. Cada vez elegía rivales más difíciles de alcanzar. Cada vez los castigos que me prometía eran más horrorosos.

Una tarde, al bajar del tren, puse mis ojos en un marinero que marchaba unos veinte pasos delante de mí. Me hice el propósito de alcanzarlo antes de la puerta del andén.

Con el atrevimiento y la generosidad que suelen ser hijos del aburrimiento, decidí jugármelo todo. Una vida dichosa, si ganaba. Una existencia miserable, si perdía. Y como una compadreada final, me vacié los bolsillos: aposté el amor de la mujer deseada.

martes

Competiciones secretas (primera parte)


Existe una teoría que afirma que todos los objetos del universo se condicionan mutuamente, aun más allá de la causalidad y el silogismo, la cual ha sido sostenida por muchas civilizaciones.

Se supone que la visión de un meteorito asegura el cumplimiento de un anhelo. La incompetencia de los emperadores chinos produce terremotos. El futuro imprime advertencias en las entrañas de las aves. La adecuada articulación de una palabra puede destruir el mundo.

Yo, desde niño, he participado -sin admitirlo- de estas convicciones. Con toda frecuencia, me imponía sencillas tretas y preveía unas módicas sanciones para el caso de su incumplimiento. Antes de acostarme a dormir, cerraba las puertas de los roperos, sabiendo que si no lo hacía debería soportar pesadillas. Bajaba de la cama con el pie derecho. Evitaba pisar baldosas manchadas de cemento. Al interrumpir la lectura, cuidaba de hacerlo en una palabra terminada en "s".

Las sanciones que imaginaba eran al principio leves. Pero después empecé a apostar fuerte. Si me bañaba por las noches, mi madre moriría; si hablaba con un japonés, quedaría mudo; si no alcanzaba a tocar las ramas de algunos árboles, dejaría de caminar para siempre.

Este ramillete legislativo fue creciendo con el tiempo y al llegar mi adolescencia, mi vida transitaba en medio de una intrincada red de obligaciones y prohibiciones, a menudo contradictorias.

Todo se hizo más simple -más dramático- cuando descubrí las competiciones secretas.