lunes

Competiciones secretas (segunda parte)


Detallaré sus reglas. Se trata de seleccionar en la calle a una persona de caminar ágil y proponerse alcanzarla antes de llegar a un punto establecido. Está rigurosamente prohibido correr.

Antes de comenzar cada justa, se deciden las recompensas y penalidades: si llego a la esquina antes que el pelado, aprobaré el examen de lingüística.

Durante muchos años competí sin perder jamás. Me asistía una ventaja decisiva: mis adversarios no estaban enterados de su participación y, por lo tanto, casi no oponían resistencia.

Obtuve premios fabulosos. En Plaza Francia, me aseguré vivir más de noventa años. En la Avenida Cabildo, garanticé la prosperidad de mis familiares y amigos. En el Metro de Palermo, por escaso margen, logré que Dios existiera.

Tantas victorias me volvieron imprudente. Cada vez elegía rivales más difíciles de alcanzar. Cada vez los castigos que me prometía eran más horrorosos.

Una tarde, al bajar del tren, puse mis ojos en un marinero que marchaba unos veinte pasos delante de mí. Me hice el propósito de alcanzarlo antes de la puerta del andén.

Con el atrevimiento y la generosidad que suelen ser hijos del aburrimiento, decidí jugármelo todo. Una vida dichosa, si ganaba. Una existencia miserable, si perdía. Y como una compadreada final, me vacié los bolsillos: aposté el amor de la mujer deseada.

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