martes

Competiciones secretas (primera parte)


Existe una teoría que afirma que todos los objetos del universo se condicionan mutuamente, aun más allá de la causalidad y el silogismo, la cual ha sido sostenida por muchas civilizaciones.

Se supone que la visión de un meteorito asegura el cumplimiento de un anhelo. La incompetencia de los emperadores chinos produce terremotos. El futuro imprime advertencias en las entrañas de las aves. La adecuada articulación de una palabra puede destruir el mundo.

Yo, desde niño, he participado -sin admitirlo- de estas convicciones. Con toda frecuencia, me imponía sencillas tretas y preveía unas módicas sanciones para el caso de su incumplimiento. Antes de acostarme a dormir, cerraba las puertas de los roperos, sabiendo que si no lo hacía debería soportar pesadillas. Bajaba de la cama con el pie derecho. Evitaba pisar baldosas manchadas de cemento. Al interrumpir la lectura, cuidaba de hacerlo en una palabra terminada en "s".

Las sanciones que imaginaba eran al principio leves. Pero después empecé a apostar fuerte. Si me bañaba por las noches, mi madre moriría; si hablaba con un japonés, quedaría mudo; si no alcanzaba a tocar las ramas de algunos árboles, dejaría de caminar para siempre.

Este ramillete legislativo fue creciendo con el tiempo y al llegar mi adolescencia, mi vida transitaba en medio de una intrincada red de obligaciones y prohibiciones, a menudo contradictorias.

Todo se hizo más simple -más dramático- cuando descubrí las competiciones secretas.


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