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martes

La Marcha


Aunque no teníamos muy en claro si hacer una movilización, un acto de repudio, una marcha, una toma de sede, una sentada, un bloqueo, un minuto de silencio, un piquete, un homenaje, un escrache, un abrazo simbólico, un corte de puente o una jornada de reflexión, al final nos decidimos por la marcha, porque ya contábamos con la gente y el itinerario: lo único que nos faltaba era encontrarle un sentido.

El jueves, muy temprano, salimos a la calle. Creímos que, una vez en el camino, iba a ser más fácil encontrar una razón para marchar. En el principio fue una marcha de silencio. Todavía no sabíamos a quién beneficiar con nuestro movimiento. Cuadra tras cuadra se nos ofrecían motivos y cualquiera de ellos hubiera ameritado una manifestación ad hoc. Pero no nos dejamos tentar por la gratuidad de los cantos de sirena que trataban de apartarnos de nuestro destino, por más que ese destino se encontrara temporalmente oculto y en tinieblas.

A media mañana, el compañero León propuso que la nuestra fuera una manifestación ad libitum. La consigna y las sospechas circularon como reguero de pólvora: cada cual podría marchar por lo que quisiera, siempre y cuando no expresara en voz alta el motivo de su marcha. De esta manera se evitaba que la diferencia de consignas desarmara la movilización.

El resto de la mañana transcurría entre miradas cómplices y murmullos de entendimiento ("No nos engañemos -se oía susurrar- esta marcha es por ‘aquello’ que todos sabemos"); cuando, de pronto, la columna del compañero Marcial se detuvo.

-¡No vamos a avanzar un metro más hasta que no se escuche la voz de nuestro pueblo! -exclamó a voz en cuello.

Algunos manifestantes aplaudieron; otros respondimos con chiflidos y empujones. La marcha se animó, y aparecieron las primeras pancartas: “MARCIAL, GENOCIDA DE LA VERDAD”. Al rato de caminar, todos agradecieron al compañero Marcial -sonriente pero lleno de moretones- su sacrificio personal al ofrecerse como chivo expiatorio por el éxito de la jornada y la unidad de los compañeros. Entonces, los carteles adversos fueron rápidamente reemplazados por otros que rezaban: “MARCIAL, MÁRTIR DE LA DEMOCRACIA”.

Ya estaba llegando la noche, cuando nuestras columnas arribaban a la plaza. La marcha terminó con una alocución en la que nuestros líderes enfatizaron aquellas razones por la que estábamos a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo. Aunque esto originó el retiro -entre abucheos- de una pequeña columna que se proclamó abiertamente a favor de todo lo malo, sin embargo, todos aplaudimos, nos abrazamos y nos comprometimos a encontrarnos en la próxima manifestación. Luego, cada uno volvimos a nuestras casas, contentos y con la sensación del deber cívico cumplido.

jueves

Si las piedras hablaran | Final



Fue una noche extraña -se acuerda el poeta- aunque, después, nunca haya podido diferenciar lo recordado de lo sucedido. El desierto se llenó de hombres con antorchas que deambulaban entre las piedras haciéndoles marcas. A algunos no los había vista nunca, y susurraban entre sí en idiomas extraños, pero Saturnino no les prestó atención; estaba demasiado ocupado pintarrajeando piedras y reclamándolas para su gobierno.

En algún momento el poeta recuerda o imagina haberse cruzado con Sosa Farrell. Sostuvieron este diálogo:

-A las piedras se las puede dividir en dos grupos: las que se dejan aprehender y las que lo atrapan a uno. Si supiéramos cuál es el verdadero nombre de estas piedras, podríamos nombrarlas y hacerlas nuestras. Y les ganaríamos de mano.

-Mariconadas de poeta. El nombre es lo de menos, Saturnino. Sólo tenemos que ponérselo, y ya.

-Pero es que estas rocas se resisten, Farrell. No colaboran con nosotros. No quieren decirnos nada. Y no dejan de mirarnos.

-Al nombre verdadero no se lo descubre: se lo inventa.

El poeta lo miró como quien mira a un blasfemo.

-¿Nunca has tratado de enseñarle algo a una piedra? -continuó el dramaturgo. -La sientas sobre una silla y, día tras día, le das la misma lección. Al cabo de unos años descubres que la piedra sigue siendo la misma; pero tú te has modificado. Si vas a dedicar tu vida a la educación de las piedras, deberías tener claro lo que haces para educarte a ti mismo.

Y desapareció. Al poeta le gustaron estas palabras, pero odiaba tanto al dramaturgo, que decidió no haber tenido esa conversación...

A la mañana siguiente, las formaciones rocosas amanecieron llenas de banderas pintadas en sus pies. Banderas argentinas y bolivianas, banderas exóticas del Asia y de Europa, banderas de países desconocidos. También había escritas algunas palabras: “tricornio”, “Sonnets of William Shakespeare”, “positivismo lógico”, “Deutsche über alles”, “Presidente Hipólito Yrigoyen” y “cabeza de tordillo”. En estos dos últimos, el poeta reconoció la letra y la intención de Mititieri: en la pobreza de su imaginación, Mititieri sólo encontraba cabezas de caballos y retratos de hombres famosos.

El poeta mandó a borrar las banderas y las inscripciones. “Empezamos de nuevo”, pensó, desganado.

Esa tarde, a la hora de la siesta, el poeta y el dibujante se sentaron bajo las rocas. El dibujante estaba eufórico:

-Ya descubrí la forma de atrapar estas piedras. Es fácil. Dígame cualquier cosa.

-Fémur -respondió Saturnino.

-Dibujo un fémur, entonces y… ¡voilâ! Esa piedra, enfrente de nosotros, es un fémur.

El poeta entreabrió los ojos. Efectivamente, lo parecía. El cellista, desde alguna parte, desmadejaba una melodía que se desenredaba para volver a enredarse.

-Ahora dígame un país, o un animal.

Pero Saturnino ya estaba soñando, y en ese sueño se le revelaron los verdaderos nombres de las piedras. Soñó con cada de una de las rocas, y después soñó las relaciones entre ellas. Pudo conocer los lazos de amor y de desamor, tendidos y atados entre cada formación rocosa (aunque palabras como vínculo, amor y desamor eran insuficientes para explicar lo que les sucedía, y un humano nunca podrá amar u odiar como lo hace una piedra). También supo de los nombres con que las rocas habían bautizado al poeta y a sus compañeros, nombres cuya sola enunciación nos insumiría años de paciente escucha. Después de entender todo, de aceptarlo y guardarlo en la memoria, se despertó y lo olvidó. Sólo recordó que alguna vez había entendido.

Esa mañana ordenó que levantaran el campamento.

Las razones del fracaso de la expedición fueron explicadas por el poeta en su memorando al Ministerio del Interior. Es una lástima que este memorando se haya perdido; aunque, señores, cosas más valiosas que esas también se han perdido y el mundo sigue andando. Pero el gobierno de Yrigoyen tomó sus represalias contra el poeta: nunca más volvería a ser convocado a ningún cargo público que supusiera hacer cosas.

El desierto de piedra sigue sin ser reclamado por ningún país. El poeta siempre siempre sostuvo que las rocas seguían esperando a alguien que tuviera paciencia de centurias, para nombrarlo y dejarse nombrar. “Que para eso fueron hechas estas rocas”, concluía. “Pero no para nosotros”.


miércoles

Si las piedras hablaran | Parte II



El poeta y Sosa Farell se conocieron en Córdoba, al calor de las discusiones del Primer Coloquio Hispanoamericano de Poetas y Dramaturgos; alguien supuso que estas dos especies estaban acostumbradas a vivir en armonía, pero fue una semana de discusiones, insultos y grescas a trompada limpia. Saturnino(que, en su talante timorato, siempre fue más proclive a ser golpeado que a golpear) encontró cientos de razones para odiar al boliviano. Sosa Farrell -que era capaz de cambiar de opinión varias veces en la misma frase- se había pasado al bando de los dramaturgos y desde allí se dedicaba a aguijonear al poeta.

La patria es, ante todo, un poema -decía Solargento. -Una sucesión de imágenes, revelaciones y pequeñas alegrías que llegan sin que se las llame y que desaparecen antes de que se les pueda poner nombre. La poesía es testigo de esta imposibilidad de ordenarlas. La patria es su demostración.

-Si la patria fuera un poema, bien que estaríamos fregados, Saturnino. La patria es un drama, acción dramática. Una patria es una sucesión de cuentos compartidos, de recuerdos comunes; no importa si verdaderos o falsos siempre que cuenten algo y tengan principio y final.

El resto de los concurrentes se olvidaba –por un momento- de darse trompadas y se detenía a escucharlos. Al final del coloquio, Sosa Farrell recibió un encargo del gobierno nacional para inventar historias patrióticas que se enseñaran en los colegios, como aquella que decía: “...Y el general Lamarque murió pobre de toda pobreza; murió de amor a su Patria, y de frío, en una plaza, abrazado a un perro. Estaba recitando, uno a uno, los nombres de los que habían sido sus soldados”.

Saturnino hizo un gesto de silencio a los suyos. El dramaturgo estaba tan cerca de ellos que se lo podía escuchar como si estuviera susurrando a sus oídos:

-A éstas -señalando a las piedras-, se las puede dividir en dos grupos: las que asemejan motivos patrióticos y las que asemejan motivos extranjeros. En este grupo podemos reconocer al resero, a la simpleza de la simplicidad de nuestra gente simple, al mate de yerbas aromáticas. Pero estas rocas viven asediadas por sus enemigos, los conjuntos pétreos del foxtror, el ultraísmo y el socialismo materialista.

-¿Y qué vamos a hacer? -se oyó decir a otra voz.

-Por lo pronto, leer el guión que te escribí -espero que no en vano-, la otra noche, Saralegui.

Hubo un ruido de papeles revueltos y Saralegui leyó sus líneas con intención y vivacidad, como los malos actores:

-Ardo en deseos por saber lo que mi Patria anhela, Sosa Farell.

-Es sencillo. Vamos a reclamar a estas formaciones rocosas para la Nación. Todos ustedes van a pintar una pequeña bandera boliviana en la base de cada.

-¿También en las piedras que asemejan motivos extranjeros?

-Con más razón, Saralegui; con más razón!.

-Vámonos -cuchicheó Saturnino a los suyos.

Esa noche, en el campamento, el poeta reunió a su equipo expedicionario.

-Nuestra misión corre peligro. Ya mismo vamos a salir a ponerle nuestra marca a las piedras. Cada uno de nosotros va a tomar un balde de pintura celeste y otro blanco. Y va a pintar una pequeña bandera argentina en su base.

-¿También el cellista?

-También el cellista.

domingo

Si las piedras hablaran | Parte I



Aún no eran las seis de la mañana cuando Saturnino reunió al grupo de los expedicionarios. Alrededor del fogón se amontonaban un geólogo, cuatro militares, dos topógrafos, tres sacerdotes, un cellista, dos cartógrafos, un pintor, un historiador y dos poetas más.

-En este desierto tenemos dos clases de rocas –dijo el poeta tomando una hoja de papel blanco y dividiéndola por la mitad, con una raya azul. –Están las piedras que parecen cosas y las piedras que parecen ideas.

Todos sacaron sus libretas de apuntes y tomaron nota a excepción de Mititieri, que masticaba inquina contra el poeta. Mientras él tenía veintisiete poemarios -entre antologías y volúmenes colectivos-, Saturnino tenía una sola publicación, llamada “No debe ser amor porque no duele”, pero ya era conocido como “el cisne mudo de Llavallol”.

-Esa formación rocosa de allá, por ejemplo -continuó Saturnino- va a llamarse “la sonrisa de Meme”, porque se parecen a Meme, que fue mi primera novia; esas rocas se parecen a una cosa que existe.

-Y esa otra que está al lado, podría llamarse “la Voluntad de Poder”, porque es igualita a ese concepto filosófico –agregó el teniente Morgante; últimamente se pasaba el día leyendo a Nietszche y lo veía hasta en la sopa.

-Ya tengo el nombre pero me falta la piedra -agregó Mititieri, bostezando, como en sueños. -Quiero encontrar una que se llame “La traición del amigo”. ¿Eso es una cosa o una idea?

Pero ya todos se empezaban a levantar para aprovechar el frescor de la mañana y hacer sus tareas. Antenor, el pintor, se sentaba delante de la misma piedra para borronear papeles, y romperlos, hora tras hora (“la piedra se mantiene quieta, pero su aspecto cambia a cada minuto”, se quejaba con fastidio). Los curas deambulaban entre las rocas discutiendo acerca del versículo veinte del primer capítulo del libro del Génesis, y, ocasionalmente, bendecían alguna roca. El cellista no hacia nada. Los militares planeaban ocupaciones de territorios y dibujaban gráficos en la arena. Y los poetas, mientras tanto, se dedicaban a escribir sobre otra cosa.

-Nunca escribo cuando estoy pasando por algo importante. No es así el asunto. Los buenos nombres para estas piedras van a aparecer cuando deje de tenerlas delante de mí –se disculpaba Tramanzoli, escondiendo su libreta de notas en la que guardaba el borrador de un soneto dedicado a la calle Bocayuva.

A la hora de la siesta, Saturnino se recostaba bajo la sombra protectora de la sonrisa de Meme –la piedra se le parecía tanto, que daba miedo- y en la duermevela trataba de descubrir una armonía secreta. “Bajo este aparente despelote, tiene que haber un orden que organice a todas estas rocas. Cuando lo encontremos, vamos a poder nombrarlas”, pensaba. “Si les pusiéramos los nombres que se nos ocurren, este lugar parecería un texto modernista. O, tal vez peor, un poema ultraísta”.

La expedición parecía destinada al fracaso y hubieran pasado semanas de ocio creativo e improductivo si no fuera por la llegada de los otros visitantes. El poeta, el historiador y un topógrafo terminaban de ponerse de acuerdo en llamar “José de San Martín” a una formación rocosa que habían encontrado -porque les parecía una piedra lo suficientemente grande- cuando escucharon un grupo de voces que venían del otro lado de esa piedra.

-¡Es la más grande de todas! ¡La llamaremos “Bernardo O'Higgins”! -se oyó gritar desde el otro lado, entre aplausos y vivas de aprobación.

-Es la voz de un boliviano -dijo Mititieri.

-Conozco esa voz. -dijo Solargento. -Es Sosa Farell, el poeta topográfico boliviano. ¡Diablos!

jueves

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

miércoles

Vocación de Poeta | Parte II


Hacía casi un mes que dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea de no escribir nada, pero había una frase que no dejaba de rebotar adentro de mí. Era una simple línea de texto, poco más que una brizna de idea. No había llegado al extremo de los llamados poetas nadistas, que no escribían pero vivían como si lo hubieran hecho, pero trataba de esconder estas palabras de la vista de mis compañeros.

Tenía muchas razones para no escribir esa frase, pero la principal era la debilidad de mi constitución física: en aquellos tiempos no eras un alma poética si no sabías tomarte a trompadas con tus colegas. Mientras tanto, mis amigos poetas se entrenaban en el ring del gimnasio al tiempo que escribían, y algunos pendencieros nos traían sus (malos) poemas, que eran apenas la excusa para reñir con alguien.

Yo pasaba largas tardes ayudando a Saturnino con sus “Cantares del buen hincha”, dedicados a su amor, el Club Social y Deportivo Sacachispas. Los poemas de Saturnino eran malísimos, pero tenía buena trompada y nos convenía tenerlo de nuestra parte: su nariz de boxeador delataba a un poeta hecho y derecho.

-Saturnino: ¿Si en vez de “aver” ponemos “haber”? Esto va a sonar un poquito mejor- le corregía, con cuidado y hasta con afecto.

Por fin, una mañana anoté estas palabras, para sacármelas definitivamente de la cabeza:

"No debe ser amor, porque no duele"

Era un buen principio para un soneto: mis compañeros sufrían en octavas o en verso libre, pero yo prefería sufrir en forma de cuarteto y terceto con rima consonante. En los versos siguientes iba a enumerar las características y la sintomatología del amor: el vacío en el estómago, los cortos y períodos de exaltación y angustia, puntuados por arritmias, los largos diálogos imaginarios con la persona amada, el esfuerzo de torcer al universo para hacerlo girar alrededor de ella. En eso estaba pensando esa mañana cuando Ottone se acercó para espiar mi alma y mi cuaderno de apuntes.

-¿Y entonces?, Marcial. ¿Siempre con ese miedo a la poesía? –preguntó.

Yo esquivé su mirada, pero Ottone me examinó de la misma manera que escrutaba un poema ultraísta: con mirada desconfiada y penetrante. Y lo supo. Antes de irme guardé mi cuaderno con sus seis palabras en un cajón de mi escritorio. Sabía que, al otro día, ese cuaderno de tapas azules iba a desaparecer de ese lugar.

Volví a la casa de Ottone a la otra tarde. Los saludos de mis compañeros eran distintos: algunos me daban la mano y me palmeaban la espalda con exagerada cordialidad; otros -que había considerado mis amigos- me evitaban o me devolvían el saludo con fastidio. Ottone me esperaba con un par de vasos llenos de ajenjo hasta el borde. Me tendió uno de ellos y probé unas gotas. Me sentí tan mareado como Baudelaire después de tres botellas.

-Vaya entrenando, Marcial, que le queda una semana –dijo, entrechocando su vaso con el mío. -El viernes que viene vamos a presentar su libro de poemas; o, mejor dicho, su libro de un solo poema y de una sola línea. ¡Y se va a armar de lo lindo!...


(continuará)

Los Fernández Werther | Parte II


En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.

Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.

En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.

En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).

Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.

Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.

El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.

Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.

(continuará)

lunes

Vocación de Poeta | Parte I


-¿Y quién te dijo que la poesía es triste? -esputó Saturnino enarbolando su ejemplar de “47 poemas para matarse de la risa” como arma y estandarte. Clemente se arrojó sobre él con un gruñido, mezcla de gemido con grito de batalla: el gordo había decidido ser triste por elección y por vocación, y la noción de que ser poeta equivalía a ser un profesional de la tristeza le había dado un sentido a su vida. Los dos rodaron por el patio de la casa fajándose con sus poemarios; pero el de Clemente -“Desconsuelos Rioplatenses”- tenía tapa dura y lo estaba llenando a Saturnino de moretones.

Este era mi primer día como redactor en la Editorial Llaneza y me llamaba la atención que ninguno de los que estaban allí mirando moviera un dedo para interrumpir esta pelea. “Dejalos: ¿no ves que son poetas?” explicó Ottone, mi futuro jefe. La editorial funcionaba en los fondos de la casa de sus padres. Y yo –que no conocía más peleas que las de la Illíada y las del Quijote- ingresaba así a dos mundos: el de los sonetos y el de los puñetazos. Que aquí eran el mismo.

La verdad es que en aquellos tiempos todos éramos muy jóvenes, ninguno tenía más de veinte años, leíamos a Rimbaud y a Baudelaire y, aunque no sabíamos quiénes éramos, teníamos muy en claro lo que no queríamos ser. Cada vez que tomábamos la pluma era para escribir en contra de algo. Los críticos literarios llamaron a nuestra escuela “negacionismo” o “contrerismo”.

Una tertulia se iniciaba con la proposición de un tema -el presidente de turno, los meseros que tardan en atender, la prosa de Rubén Darío, los trenes llenos- e inmediatamente comenzaban los insultos. Hacia la madrugada -entre tragos, vendajes y bizcochitos de grasa- yo tomaba mi carpeta negra, leía un resumen de la jornada y Ottone repartía las tareas para el próximo número de nuestra revista.

-A ver cuando te escribís algo tuyo, hermano -se despedían los muchachos palmeándome la espalda. Yo sentía un horror metafísico por todo lo que fueran golpes y trompadas. Pero mi musa (que siempre me odió, desde el momento de mis primeros garabatos) estaba empezando a dictarme un poema.

(continuará)

jueves

Aclaración de Firma


Dios lo miró a Adán.

En aquellos tiempos todavía no se practicaba la literatura. Por eso no había ninguna persona lo suficientemente capacitada como para describir esa mirada; lo único que se podía hacer era experimentarla, y por eso Adán no tenía palabras para explicar como era que Dios lo estaba mirando. Pero por su mirada se dio cuenta de que este asunto, a Yahvé, no lo divertía para nada.

Pensó rápido y extendió su dedo índice, rígido por el miedo, hacia Eva.

-Todo es por culpa de esa mujer que me diste.

Para las matemáticas de Adán, una culpa compartida se convertía en media culpa.

Eva miró a su alrededor. Necesitaba una salida, y que fuera rápido. (En aquella época no había ninguna sociedad, ni sistema económico ni globalización para echarle la culpa, y cada uno se las arreglaba con lo que encontraba a mano).

- Fue la serpiente. –Dijo. -Ella me sedujo.

Para las matemáticas de Eva, una culpa compartida se convierte en cero culpa para uno y una culpa para el otro.

-Todo fue por culpa tuya –le dijo la serpiente a Dios. -Si no hubieras hecho así las cosas y no me hubieras echado del cielo, esto no hubiera pasado.

Para las matemáticas de la serpiente, la culpa estaba tan repartida que ya no existía culpa.

Y Dios, indignado o aburrido, hizo lo que hacen los padres, los jefes y las directoras de colegio cuando están irritados: los echó a los tres, y a otra cosa...

martes

La Hora de la Verdad!


Yo no sé cuándo le llega a ustedes la hora de la verdad, pero en mi caso particular nunca llega por la mañana; entre las 7 y las 10 horas me encuentro con un ánimo excesivamente indulgente y estoy dispuesto a aceptar cualquier cosa que se me diga sin cuestionarme acerca de la autenticidad o la falsedad de la misma.

Pero luego, mi discernimiento se va incrementando con el paso del día y hacia las 15 horas mi sentido crítico se encuentra bastante afinado, a un punto tal que todos los engaños se me tornan evidentes y las verdades resplandecen con una luz mortecina.

El problema es que -con el devenir de las horas- el mismo sentido crítico comienza a independizarse de mi persona y, hacia las 19 horas, las verdades más incuestionables -sorber un tibio mate, por ejemplo- son refutadas acremente, acusadas de perjurio y puestas a disposición de mi Poder Judicial Interno.

Pero, a eso de las 22 horas (cuando la duda ya hizo todos los estragos que pudo y se retiró, satisfecha) las verdades son puestas en libertad condicional por falta de pruebas, y se les pide las debidas disculpas por las palizas recibidas.

Mas, después de la medianoche, mi mente, -ya desconcertada y perdida-, está lo suficientemente preparada por las experiencias del día como para ser capaz de reconocer y abrazar a la verdad en su pureza más prístina. Llegan las 2 de la mañana -la hora de los borrachos y los iluminados- y la Verdad -¡por fin!- se manifiesta.

Pero yo ya no estoy allí para recibirla.

viernes

Algunas mentiras acerca de San Martín



El acto del colegio fue así: Carnevali, De La Barra y Arusmendi, grandotes y macizos, representaban a la cordillera de los Andes. López Peña, con las patillas de corcho quemado que le cruzaban los dos cachetes, era San Martín y les pedía permiso para pasar. Las montañas deliberaban un momento y, con toda cortesía, le decían que no, que ni a palos. Entonces yo (que era su granadero asistente) le hacía un estribo con mis manos, López Peña se trepaba sobre los hombros de los Andes y el colegio se venía abajo de los aplausos. Y el verdadero San Martín -que estaba en el cielo con mi abuela, con Belgrano, con Colón y con los dinosaurios- nos aprobaba asintiendo con la cabeza, o no.

-Yo puedo hacerlo reírse -dijo el pintor de retratos. - Que se prepare ese San Martín. Si alguien es capaz de hacerle mostrar la dentadura, ese voy a ser yo, es decir, Gil de Castro. Al otro día, San Martín se presentó a posar para su retrato; Gil de Castro lo recibió vestido de dama andaluza. San Martín, ni se mosqueó. Durante los días siguientes apareció vestido de mulato, de Fernando VII, de Libertad Guiando al Pueblo y de Emperador de la Cochinchina. Fueron esfuerzos inútiles. "Al cuerno", dijo, ya harto: el último día mostró su cuadro al Libertador de las Américas, lo despidió con fingido respeto y le pintó una sonrisa a su retrato.

De todos los monumentos a San Martín, el que más me gusta es este: la Templanza, la Magnanimidad y el Pundonor conversan animadamente mientras hacen fila para felicitar al Libertador. Detrás de ellos esperan su turno las tres Gracias, la Conciencia Escrupulosa y tres de las nueve Musas. Una secretaria -graduada en el Instituto Sanmartiniano- les dice que el General está en una reunión. San Martín, mientras tanto, se ha quitado las botas y está leyendo una revista Condorito; la Gloria le sirve un chocolate caliente con bay-biscuits.

La historia -que cuando te muestra uno, quiere decir que te escondió nueve- jamás te va a contar lo que pasó allá dentro. Yo supongo que Bolívar cerró la puerta, contó hasta diez y la volvió a abrir, para asegurarse de que no hubiera ningún curioso con la oreja pegada al vano. Después se sentó frente a San Martín y lo examinó como un niño de seis años examinaría una ecuación de logaritmos. San Martín lo miró sin mirarlo. Pasaron así una hora larga. Entonces, Bolívar se levantó y dijo:
-Entonces, se hará lo que deba hacerse.
-No esperaba otra cosa - dijo San Martín.
Luego se puso de pie, le dio la mano y se fue.

En sus últimos días, San Martín se paraba al borde del acantilado. Mientras el viento trataba de despeinarlo y las olas le salpicaban los pies, él se acordaba de aquel diálogo con su hija Remeditos:
-Yo vivo para el futuro, Remeditos... -le dijo, como disculpándose. -El pasado vamos a dejárselo a nuestros descendientes.
-A mí me toca la peor parte, entonces -respondía Remeditos. -Voy a tener que ocuparme del presente
Al borde del acantilado, San Martín se quedaba quieto, duro, observando el mar y las olas. Y ensayaba poses para cuando fuera bronce.