
En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.
Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.
En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.
En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).
Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.
Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.
El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.
Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.
(continuará)
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