jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Malinterpretaciones


De todos los cuadros del museo, el más extraño es el de aquella mujer, madura, pero todavía joven, que nos mira y nos sonríe mientras esconde algo detrás de su espalda. El primer catálogo del museo (1892) lo describe como “La Alegoría de la Previsión y el Ahorro, que lleva tras de sí al Progreso y la Industria”. Treinta años después, el historiador Marío Ineso Schmidt describe a esta mujer como “la alegre esposa del labriego, que recibe a su marido con una sorpresa, tal vez un nuevo hijo”. Sin embargo, en el último catálogo razonado del museo se nos habla de “el retrato de la adúltera Clitemnestra, que con hipócrita sonrisa invita a su esposo Agamenón al lecho, mientras esconde tras de sí la daga asesina, pronta a apuñalarlo con la energía que el encono y la adúltera lascivia le prestan”.

Todos los miércoles visito el museo, me siento frente al cuadro y leo su etiqueta. Simplemente dice: “Una mujer. Óleo”.

Te miré. Leí en tu mirada (que parecía decirme “éste es el momento”) y me arrojé encima de ti para besar tu boca, pero vos te inclinaste y terminé estampándote un beso sobre tu ojo izquierdo; avergonzado, retrocedí, pero vos quisiste tomarme de mi brazo, y te quedaste con un pedazo de mi corbata entre tus manos; yo volví a intentar el beso definitivo, pero chocamos con violencia y dolor nuestras sienes. Algún día llegaremos a besarnos, y sólo espero que no sea demasiado tarde.

El sello discográfico Deutsche Grammophone, en su colección “Grandes Malinterpretaciones” acaba de editar las históricas grabaciones de Gabriello Cantalamessa, quizás el peor intérprete de Chopin en toda la historia de la humanidad. “Ustedes no me comprenden, pero yo toco para el futuro”, decía Gabriello. “Cantalamessa toca para el pasado. Sus oyentes ya murieron”, sostenían algunos críticos. Yo creo que no tocaba ni para el pasado ni para el futuro: yo creo que tocaba para la mierda.

El primer filme de Margretto Sock, “Familias disfuncionales”, era una prolija recreación de las duras y trágicas experiencias de su infancia. Pero el público se desternilló de risa y la película fue definida por el New York Times como “la mejor comedia en un año de comedias”. Cuando Sock escribió el guión de la secuela decidió agregar algunos toques de humor y poner punto final a la saga con un final optimista y esperanzador. Pero –sospechó, al ver a su público, a la salida del estreno- algo debería andar mal; que tantos eran los llantos desconsolados, los pañuelos húmedos y los ojos enrojecidos...

Está todo ahí: no hay más que leer los diarios de la época. Los candidatos fueron claros y sólo nos prometieron más pobreza, más desocupación y más dureza: Más de lo mismo! Pero nosotros –que no los entendíamos, o no queríamos entenderlos- fuimos a las urnas y los votamos con entusiasmo, porque detrás de cada amenaza queríamos ver una promesa. Así de ciegos esta(ba)mos.

Ay! de los escritores que sean comprendidos por sus contemporáneos. Ay! de mí -lector o lectora- si entendieras lo que trato de decirte.

Pánfilo Martesani



Pánfilo Martesani quería ocultarse del mundo, y por eso mismo comenzó su carrera literaria. ("Porque para eso escribe el que escribe –afirmaba, eufórico-, para desaparecer detrás de su escritura…") Lo cierto, es que una mañana de enero se largó a escribir su autobiografía, y, 742 páginas después -o 72 horas, que es casi el tiempo que le llevo escribirla-, empezó a borrar todos sus rastros.

Primero, eliminó del texto toda referencia a su persona. El resultado fue un relato turbio y enigmático, como una comedia sin cómico, una tragedia sin coro o un baño sin jabón. Un relato que avanzaba como un tren en la noche, sin su mótorman.

Martesani había optado por hacer voto de ausencia. Se abstuvo, por lo tanto, de decir las cosas tal como las hubiera proferido naturalmente. Eliminó todos aquellos giros literarios y metáforas en los que parecía que la ideología del autor era demasiado evidente. Sostuvo con vehemencia aquellas afirmaciones que contradecían sus creencias morales, sus elucubraciones más lúcidas.

Cuando llegó al final de la redacción del tercer manuscrito, Pánfilo ya se había abandonado totalmente a su propia escritura y se encontraba rendido a las pasiones y los trajines de alguien que no era él, sino apenas un dactilógrafo atento a los dictados de la ausencia, un abandonado a la negación de sí mismo, un amanuense de su propia confusión.

Por fin, una mañana de octubre, fue publicada la primera edición de “Ausencias”. Pánfilo esperó las reseñas de los diarios con la avidez del criminal que espera la noticia de su crimen, con la certeza del que no va a ser descubierto. Pero los críticos literarios –que suelen ser tan impiadosos como para decir las verdades más tremendas- alabaron el estilo particular, hecho de austeros silencios y vacías miradas. Y el mundo literario celebró, entonces, el nacimiento del “Martesanismo”, tan personal e intransferible.

A partir de entonces, las profesoras de letras de las escuelas municipales estimulaban a sus alumnos para que se convirtieran en nuevos Martesani, "si es que algún día -escribía la directora general en la revista mensual educativa- ande bayan, quieren ganar la fama y la gloria in Perez cedera, y no tener que jugar al Bingo como nosotra... " (sic)

Pánfilo, en su desesperación, trató de escribir un relato que pudiera devorarlo y hacerlo desaparecer. Espantado de su éxito y de sí mismo, no volvió a escribir ni una escueta lista de supermercado. Y a la hora de buscar el anonimato y la no existencia en vida, se hizo artesano de zandalias franciscanas en la Plaza de San Isidro.

Piedra libre para aquellos que, como Martesani, quieren esconderse y no encuentran mejor lugar que detrás de sí mismos.

Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.