jueves

Pánfilo Martesani



Pánfilo Martesani quería ocultarse del mundo, y por eso mismo comenzó su carrera literaria. ("Porque para eso escribe el que escribe –afirmaba, eufórico-, para desaparecer detrás de su escritura…") Lo cierto, es que una mañana de enero se largó a escribir su autobiografía, y, 742 páginas después -o 72 horas, que es casi el tiempo que le llevo escribirla-, empezó a borrar todos sus rastros.

Primero, eliminó del texto toda referencia a su persona. El resultado fue un relato turbio y enigmático, como una comedia sin cómico, una tragedia sin coro o un baño sin jabón. Un relato que avanzaba como un tren en la noche, sin su mótorman.

Martesani había optado por hacer voto de ausencia. Se abstuvo, por lo tanto, de decir las cosas tal como las hubiera proferido naturalmente. Eliminó todos aquellos giros literarios y metáforas en los que parecía que la ideología del autor era demasiado evidente. Sostuvo con vehemencia aquellas afirmaciones que contradecían sus creencias morales, sus elucubraciones más lúcidas.

Cuando llegó al final de la redacción del tercer manuscrito, Pánfilo ya se había abandonado totalmente a su propia escritura y se encontraba rendido a las pasiones y los trajines de alguien que no era él, sino apenas un dactilógrafo atento a los dictados de la ausencia, un abandonado a la negación de sí mismo, un amanuense de su propia confusión.

Por fin, una mañana de octubre, fue publicada la primera edición de “Ausencias”. Pánfilo esperó las reseñas de los diarios con la avidez del criminal que espera la noticia de su crimen, con la certeza del que no va a ser descubierto. Pero los críticos literarios –que suelen ser tan impiadosos como para decir las verdades más tremendas- alabaron el estilo particular, hecho de austeros silencios y vacías miradas. Y el mundo literario celebró, entonces, el nacimiento del “Martesanismo”, tan personal e intransferible.

A partir de entonces, las profesoras de letras de las escuelas municipales estimulaban a sus alumnos para que se convirtieran en nuevos Martesani, "si es que algún día -escribía la directora general en la revista mensual educativa- ande bayan, quieren ganar la fama y la gloria in Perez cedera, y no tener que jugar al Bingo como nosotra... " (sic)

Pánfilo, en su desesperación, trató de escribir un relato que pudiera devorarlo y hacerlo desaparecer. Espantado de su éxito y de sí mismo, no volvió a escribir ni una escueta lista de supermercado. Y a la hora de buscar el anonimato y la no existencia en vida, se hizo artesano de zandalias franciscanas en la Plaza de San Isidro.

Piedra libre para aquellos que, como Martesani, quieren esconderse y no encuentran mejor lugar que detrás de sí mismos.

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