lunes

Corchomancia


En aquellos tiempos -tan parecidos a estos- cuando alguno destapaba una botella de champagne o sidra en el medio de una fiesta, el corcho salía despedido e impactaba sobre uno de los invitados. “¡Te vas a casar este año!” aplaudían todos. Pero entonces se hacía el silencio: el corchomante se acercaba para considerar la trayectoria del corcho, el lugar del impacto y hacer, templadamente, su predicción.

El arte de la corchomancia -la adivinación del futuro por la lectura del tapón de corcho- nunca fue tan simple como parecía. ¿Qué pasa si una misma persona recibe dos corchazos en la misma fiesta? ¿Va a casarse dos veces? Si va a hacerlo, ¿será con la misma mujer o con dos mujeres diferentes? ¿Viudez temprana, pronta separación o bigamia? El buen corchomante nunca hacía vaticinios tan universales (y tan burdos). Sabía que cada corcho llevaba un mensaje diferente, y que -de acuerdo a la fuerza con que impactaba y a la curva de su trayectoria- podía estar diciéndonos “vas a perder el apéndice”, “vas a obtener un crédito hipotecario”, “te va a nacer un primo político” o “vas a experimentar sentimientos de honda desazón”.

Las leyendas del oficio cuentan que los grandes maestros de la corchomancia podían provocar el cumplimiento de las profecías con sus descorches. De acuerdo a la forma de dirigir la botella, eran capaces de embarazar o suscitar prontos fallecimientos. Hoy, que el arte de la adivinación se está perdiendo, los discípulos lejanos tratamos de reconstruir esta sabiduría. Pero -por más que pasemos jornadas enteras destapando botellas frente a una misma persona para encontrar ese hilo invisible, esa constante que los corchos se niegan a revelarnos- no sabemos mucho, y, a veces, lo único que acertamos a pronosticar es un “algo está por sucederte”. Pero el sujeto nos agradece, de todas formas. Quizá no necesite más que eso.


Breve Curso de Utopía


Esta maldita costumbre que tenemos de no desear y aferrarnos a lo que existe, ha debilitado nuestra capacidad creadora. Para cambiar esta situación y elevar nuestra auto-estima creadora, te propongo que practiquemos unos simples ejercicios prácticos de pensamiento utópico. No vaya a ser que algún día a la señora Utopía se le ocurra venir a vernos, se ofenda y se vaya porque nadie estuvo presente a la hora de su llegada.

Para comenzar a desear lo que no existe, es aconsejable comenzar deseando, primero, lo que existe. Así, de a poco, y progresivamente, podemos recorrer el camino que separa lo existente de lo maravilloso.

Comencemos:

1º- Dedicá unos minutos del día a desear lo que te está pasando, lo que ya tenés, lo cotidiano: el momento y el lugar en los cuales apoyaste tus honorables patas. Por la mañana, cuando abras los ojos, mirá a tu alrededor y decí para tus adentros: "me encantaría vivir en la casa donde vivo".

2º- Como siguiente paso, hay que desear lo que existe pero está lejos, o lo que existió y ya no está. Por ejemplo: Hay que extrañar el aroma de nuestro primer patio o la torre inclinada de Pisa; aquel pantalón de corderoy verde de “pata de elefante”, o la fortaleza de Sacsahuamán.

3º- Ya más entonado, podemos empezar a desear una realidad como la que vivís, pero invertida: un mundo en el que los automovilistas se ceden el paso, la gente honesta tiene su premio, vos sos inteligente y yo soy bello.

4º- Llegado a este punto, deseá una realidad en la que se combinen lo real con lo irreal: donde los unicornios pasten en el baldío de la esquina y los demonios conduzcan los buses de tu ciudad.

5º- Por último, observá atentamente esta realidad -que es la mejor creadora de utopías- y aprendé a desear lo que ella puede darte de extraño, de prodigioso y de admirable.

Puede ser que después de estos sencillos ejercicios ya estés experimentando una picazón persistente, como la comezón del jugador compulsivo que siente que (¡por fin!) va a salir su número en la ruleta.

Si es así, habrás llegado, entonces, al Estado Continuo de Utopía; y aunque en algún momento sospeches -o temas- que no tendrás la menor posibilidad de éxito, no por eso vas a dejar de apostarle todas tus fichas. Porque en el mundo de la Utopía -como en las grandes cosas- los únicos que en verdad ganan son aquellos que no tienen miedo de perderlo todo.