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Los Fernández Werther | Parte I


Mientras trataban de olvidar ese verano húmedo que convertía sus vidas en un martirio blando y pringoso, los porteños de 1914 se consagraban con fervor a las modas del dominó, las polainas y el suicidio. Algunos snobs, incluso, calzaban sus polainas, iban a jugar dominó con sus amistades y, si tenían la suerte de ganar la partida, en una especie de ruleta rusa inversa, terminaban suicidándose. Mientras tanto, las revistas femeninas proponían formas elegantes de extinción, tales como el veneno suave y aromático, o la autoasfixia; formas éstas de autoinmolarse sin ofender el decoro y el buen gusto popular.

Saturnino Fernández Werther partió una noche de marzo rumbo al barrio de Balvanera. Entró en un prostíbulo de mala muerte, se acercó a un compadrito que trataba de matar el tiempo con ginebra fraudulenta, y le hizo notar que el color de su pañuelo no combinaba con el del resto de su vestimenta. El pañuelo era un regalo de su madre: el hombre se sintió legítimamente ofendido y lo desafió a duelo. Saturnino respiró aliviado; la parte más difícil del plan ya estaba completa y sólo restaba dejarse llevar por los acontecimientos. Salieron a la esquina. Esa noche había tantos duelos que tuvieron que esperar con paciencia el turno para achurarse. A la hora del cuchillo, Fernández Werther ensayó una puñalada descuidada -producto más del miedo a no morirse que de las ganas de estar vivo- pero el malevo le cruzó el abdomen de un estiletazo certero. Saturnino cayó mientras veía su vida transcurrir de un tirón como si fuera una película (como en aquella época sólo había cine mudo, la visión de esta película se redujo a la contemplación apurada de unas pocas escenas, mudas, discontinuas y mal iluminadas). Avergonzado por la nula resistencia de su oponente, el malevo unió sus manos y se arrodilló a rogar a la virgencita, de la que era fiel devoto, por la resurrección de Saturnino. (Por una cuestión de justicia, quería devolverlo a la vida para darle la muerte que se merecía). Pero era demasiado tarde. Con una sonrisa triunfal en su boca, Saturnino expiraba con todo éxito.

El festejo del suicidio de Saturnino Fernández Werther fue el acontecimiento social del mes; más comentado aún que el suicidio de Teodelina Álzaga Unzué, que se murió de amor, nomás. Los Fernández Werther que lo sobrevivieron (y que cada vez eran menos: porque si algo se puede decir de esta familia es que eran suicidas natos) brindaron a su salud con envidiosa alegría, y todo fue un volar por los aires de polainas, disparos y fichas de dominó. El fantasma de Saturnino también estuvo presente, y, sentado en su silla preferida, los miraba largamente. En realidad, antes de su suicidio, tampoco hacía gran cosa y sólo sabía pasarse horas y horas mirando el espejo. Hoy, su fantasma sigue mirándolo, pero desde el Otro Lado.

(continuará)

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