
Aún no eran las seis de la mañana cuando Saturnino reunió al grupo de los expedicionarios. Alrededor del fogón se amontonaban un geólogo, cuatro militares, dos topógrafos, tres sacerdotes, un cellista, dos cartógrafos, un pintor, un historiador y dos poetas más.
-En este desierto tenemos dos clases de rocas –dijo el poeta tomando una hoja de papel blanco y dividiéndola por la mitad, con una raya azul. –Están las piedras que parecen cosas y las piedras que parecen ideas.
Todos sacaron sus libretas de apuntes y tomaron nota a excepción de Mititieri, que masticaba inquina contra el poeta. Mientras él tenía veintisiete poemarios -entre antologías y volúmenes colectivos-, Saturnino tenía una sola publicación, llamada “No debe ser amor porque no duele”, pero ya era conocido como “el cisne mudo de Llavallol”.
-Esa formación rocosa de allá, por ejemplo -continuó Saturnino- va a llamarse “la sonrisa de Meme”, porque se parecen a Meme, que fue mi primera novia; esas rocas se parecen a una cosa que existe.
-Y esa otra que está al lado, podría llamarse “la Voluntad de Poder”, porque es igualita a ese concepto filosófico –agregó el teniente Morgante; últimamente se pasaba el día leyendo a Nietszche y lo veía hasta en la sopa.
-Ya tengo el nombre pero me falta la piedra -agregó Mititieri, bostezando, como en sueños. -Quiero encontrar una que se llame “La traición del amigo”. ¿Eso es una cosa o una idea?
Pero ya todos se empezaban a levantar para aprovechar el frescor de la mañana y hacer sus tareas. Antenor, el pintor, se sentaba delante de la misma piedra para borronear papeles, y romperlos, hora tras hora (“la piedra se mantiene quieta, pero su aspecto cambia a cada minuto”, se quejaba con fastidio). Los curas deambulaban entre las rocas discutiendo acerca del versículo veinte del primer capítulo del libro del Génesis, y, ocasionalmente, bendecían alguna roca. El cellista no hacia nada. Los militares planeaban ocupaciones de territorios y dibujaban gráficos en la arena. Y los poetas, mientras tanto, se dedicaban a escribir sobre otra cosa.
-Nunca escribo cuando estoy pasando por algo importante. No es así el asunto. Los buenos nombres para estas piedras van a aparecer cuando deje de tenerlas delante de mí –se disculpaba Tramanzoli, escondiendo su libreta de notas en la que guardaba el borrador de un soneto dedicado a la calle Bocayuva.
A la hora de la siesta, Saturnino se recostaba bajo la sombra protectora de la sonrisa de Meme –la piedra se le parecía tanto, que daba miedo- y en la duermevela trataba de descubrir una armonía secreta. “Bajo este aparente despelote, tiene que haber un orden que organice a todas estas rocas. Cuando lo encontremos, vamos a poder nombrarlas”, pensaba. “Si les pusiéramos los nombres que se nos ocurren, este lugar parecería un texto modernista. O, tal vez peor, un poema ultraísta”.
La expedición parecía destinada al fracaso y hubieran pasado semanas de ocio creativo e improductivo si no fuera por la llegada de los otros visitantes. El poeta, el historiador y un topógrafo terminaban de ponerse de acuerdo en llamar “José de San Martín” a una formación rocosa que habían encontrado -porque les parecía una piedra lo suficientemente grande- cuando escucharon un grupo de voces que venían del otro lado de esa piedra.
-¡Es la más grande de todas! ¡La llamaremos “Bernardo O'Higgins”! -se oyó gritar desde el otro lado, entre aplausos y vivas de aprobación.
-Es la voz de un boliviano -dijo Mititieri.
-Conozco esa voz. -dijo Solargento. -Es Sosa Farell, el poeta topográfico boliviano. ¡Diablos!
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