
La memoria es como una esponja, decían hace siglos. O como un balde. O como una tabla. Eran tiempos sencillos, donde una cosa era una cosa o, a lo sumo, otra cosa diferente. Hasta que alguien se le ocurrió pensar que nuestra cabeza era algo parecido a una máquina. Eureka, dijeron los ilustradores de manuales escolares y se pusieron a dibujar esas cabezas que por dentro están llenas de engranajes y poleas; si pensás mucho, el mecanismo se recalienta y te empieza a salir humo.
Hoy se dice que nuestra mente es como una computadora, y yo les creo. Principalmente porque Lourdes –mi computadora, el objeto de mis desvelos- cada vez se comporta de una manera más parecida a mí. Lourdes empieza a olvidarse de las cosas, pierde mis datos importantes y me los trae de vuelta cuando ya no los necesito. El sábado pasado no pude hacer casi nada porque –entre otras cosas- Lourdes se olvidó de arrancar. El técnico trató en vano de acceder a su memoria. “Vamos a tener que formatear el disco”, me dijo lacónicamente, y yo sentí lo que el dueño del corralero cuando le piden que sacrifique al potrillo. Pero yo dije sí, y lo sacrifiqué, personalmente, apretando el botón ENTER.
Por suerte tengo varios CDs con mis archivos, que llega hasta abril del 2004. Todo lo que pensé y escribí (dos o tres cuentos, muchos apuntes, algunos fragmentos de guiones) flota hoy en la Tierra de las Palabras Perdidas, junto a las promesas vanas de los políticos y los amantes.
En “Cuéntame tu vida” (Hitchcock, 1945), Gregory Peck perdía su memoria y la doctora Ingrid Bergman lo ayudaba a recobrarla. Gregory había vivido una situación traumática que en este tipo de películas era siempre la misma: el haber visto el asesinato de un ser querido. Con el tiempo el truco se convirtió en un recurso típico del policial: hay un culpable y un amnésico. Curen al amnésico y obtendrán un culpable.
Lourdes, mi computadora, mi “negrita linda”, acaba de perder la memoria de los últimos cuatro meses. Andá a saber lo que habrá visto, la pobrecita!
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