
Primer día de clases
-Ahora vas a empezar sexto grado y vas a jugar en el recreo con todos nosotros –me dijo mi hermano mayor, cuando íbamos camino al colegio. -No te voy a dar consejos, porque los consejos no sirven para nada: si querés, peleate a trompadas con quien se te dé la gana. Pero te digo una sola cosa: nunca toques a la señorita Ene.
Y sin esperar a que yo le preguntara nada, continuó:
-La señorita Ene es la de música. No es mala, pero es distinta a las otras profesoras. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima: en cuanto la rozás, se pone como loca. A Velarde, el año pasado, lo echaron por tocarle el hombro con el dedo.
Un mes después
La señorita Ene no parece joven ni vieja. Tampoco es especialmente linda ni notablemente fea. Su cara es blanca, como la cara de aquellas fotos en las que el flash se acercó demasiado y nos reveló el retrato de un rostro sin rasgos, con los ojos rojos de conejo. Lleva un gabán negro de grandes botones dorados, que no se quita ni en las tardes más tórridas del verano. Pero, cuando pasa caminando al lado nuestro, todos sentimos un frío oscuro y húmedo que invade nuestras almas.
Dos semanas después
La señorita Ene decidió que habíamos trabajado lo suficiente, y, con una sonrisa de su rostro blanco nieve, nos dejó salir antes de que termine la clase.
-Y usted, Rossoni... -me dijo, cuando estaba atravesando el umbral de la puerta-… mándele saludos de mi parte a su abuela. Siempre la recuerdo con profundo cariño.
Cuando se lo conté a mi abuela, esa misma tarde, se persignó y fue a encerrarse en su habitación, de la cual no salió por varios días, sumida en un pozo depresivo.
-Siempre que le hablan de la señorita Ene, se impresiona mucho –me explicó mamá- ¿No sabías que la abuela fue alumna de ella?
Como dos meses y medio después
La señorita Ene estaba corrigiendo las evaluaciones de mitad de año. Nos acercamos a su escritorio. Yo tosí.
-Señorita Ene: un alumno de séptimo me dijo que teníamos que felicitarla porque hoy es su cumpleaños.
La señorita Ene levantó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo, sonrió y siguió escribiendo como si nada. Abelardi –que siempre se destacó por ser el más valiente– se atrevió a hacerle la pregunta:
-Señorita Ene: ¿es verdad que usted es un fantasma?
-Sí. Es verdad –dijo, sin levantar la vista de las hojas. -Ahora, chicos, les ruego que no me interrumpan más. Tengo que entregar estas evaluaciones antes de que suene la campana.
Algún tiempo después
Cuando la señorita Ene le puso un uno a Altube, que era el mejor promedio de la clase, la madre fue a protestar a la oficina del director y a exigirle que echaran a “esa señorita Ene”.
-¡Lo menos que se puede pedir de un docente que viene a dar clases, es que esté con vida!- rezongó.
-Discúlpeme, usted, señora Altube- dijo nuestro director. -Pero la señorita Ene es la profesora más antigua del colegio. Nunca falta a clase, ni se enferma, ni pide licencias. Es un ejemplo para todos nosotros. Si su hijo no es capaz de convivir con una persona tan, pero tan especial, le recomendamos que lo ponga en otra institución.
A fin de año
-La verdad, que les tomé cariño –nos confió la señorita Ene el último día de clases. -Pero vamos a tener que despedirnos-. Todos protestamos.
-No me prometan nada – continuó. Que nadie diga que va a volver a visitarme. Cuando ustedes crezcan, van a ponerse a pensar en lo raro que es que este fantasma les haya dado clases. Y la idea les va a producir cada vez más miedo. Créanme.
Protestamos de nuevo, la aplaudimos y simulamos un abrazo a su alrededor, sin tocarla y entre lágrimas.
Un montón de años después
La señorita Ene tenía razón. Desde ese entonces, volví a pasar innumerables veces por la puerta del colegio, y nunca me animé a entrar a saludarla.
Hoy, ya más grande (o menos chico), me paro frente al viejo frontispicio y siento la tentación de entrar para ver si el patio sigue reduciéndose o si alguien borró las inscripciones que con una cortaplumas grabé, trabajosamente, en el añoso nogal del patio de juegos. Pero hay algo que no me deja. Es una sensación que no llega a ser miedo, pero se le parece bastante. Entonces, doy la vuelta rumbo a mi casa, con un renovado desaliento, intentando olvidarme, una vez más, de que la señorita Ene sigue dando su eterna clase de música, como un regalo del Cielo o un castigo del Infierno.
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