martes

El tiempo de Mamerto


El Notario Real lee con tedio de tarde de verano (“…y todas las almas de los pelirrojos, y todos los animales que no ladran…”) mientras el nuevo rey trata de concentrarse en la escucha de la lista de cosas que acaba de heredar (“…y todos los himnos piadosos en tonos mayores, y todas las verduras con nombres graciosos, y todas las mascotas que no se bañan) pero la enumeración no se termina nunca (“…y todos los sujetos con cabezas puntiagudas, y todas las lluvias con sol, y toda clase de saltos en una sola pata”) y los nombres de las cosas heredadas caen sobre Mamerto como gotas de garúa que no mojan pero fastidian. El Rey Mamerto ha heredado un trono que nunca quiso. Cuando el notario le comunica que es el Amo y Soberano del Tiempo (“…y todas las horas, los días y las noches de sus súbditos”), hace rato que su Majestad está profundamente dormido.

La del tiempo no era obligación menor. El rey debía ocuparse de llamar a cada día por su nombre y despedirlo cuando estaba tan cansado que no podía mantenerse en pie. En su reino, los niños no crecían y los aniversarios no se festejaban sin la autorización real. Pero Mamerto no sabía, no podía o no quería ser el regente del tiempo de sus súbditos. No estamos en la época del Rey Learco, su abuelo, que lograba que los días duraran más horas y las semanas fueran más breves. Su Majestad Mamerto, en cambio, había descuidado sus deberes como Señor del Tiempo y depositaba sus tareas en manos de sus favoritos. Dentro de este desgobierno, muchos bebés nacieron con varios años de vida encima. La gente trabajaba y destrabajaba cuando mejor le placía. El día y la noche formaban una misma cosa, y los viajeros y los cónsules llevaban sus propios calendarios, para salvarse del desconcierto.

Se podría decir que la crisis y la anarquía eran inminentes, si no fuera porque cuestiones como la de la inminencia habían desaparecido de la conciencia de la gente. Ante tal confusión, los favoritos decidieron implementar políticas de emergencia, como agregar dos lunes más a la semana, cambiar el orden de los meses y abolir la adolescencia. La revolución llegó -ni tarde, ni temprano, ni en el momento justo- y el nuevo gobierno (que trajo como innovación los relojes) decidió que su primera medida sería la abolición de las políticas reales del tiempo. En el momento de enterarse de las nuevas disposiciones, el otoño advino inmediatamente, varios poblados desaparecieron sin dejar huella y mucha gente se esfumó. El rey Mamerto fue uno de ellos, pero su dilución pasó inadvertida entre sus súbditos, para quienes el recuerdo y la memoria eran cosas absolutamente olvidadas.


No hay comentarios.: