jueves

Santoral



Como sacerdote, Quintiliano era una excelente persona, pero pésimo predicador: perdía a todos los fieles que le eran confiados y la gente que asistía a sus homilías terminaba convirtiéndose al animismo, el sintoísmo, la cosmosofía o a alguna variante inmoderada del satanismo. La Iglesia de los Últimos Vestigios lo recuerda como el Santo de los Trenes No Alcanzados, las Mascotas Extraviadas, las Lapiceras Perdidas y las Oportunidades Desperdiciadas.

Al cumplirse medio siglo del martirio de San Menalipo, en el año 453, Dios hizo crecer un parquímetro en el sitio exacto de su muerte, para gloria y expresión de su divino sentido del humor, que de vez en cuando se daba el gusto de mandarse uno de esos milagros dadaístas.

De Santa Deidamia lo único que nos quedó fue el nombre, lo cual no fue obstáculo para que sus biógrafos escribieran las “Conjeturas de Deidamia”, ese mamotreto biográfico de 1370 páginas que podemos recorrer y cerrar con fastidio sin encontrar un solo dato acerca de su vida. La Iglesia la declaró Santa Suplente y Patrona de lo Ignorado. Y cada vez que les anda faltando un santo para llenar un día del calendario, la llaman a ella.

Dios lo tenía "de punto" al Aparicio, y cuanto más trataba de alcanzar la santidad, más se veía constantemente involucrado en acciones ridículas como el lamido de vidrieras o la educación de surubíes. Cansado, decidió probar suerte con otras divinidades. Pero fue inútil: tanto Alá como Krishna, Baal, Quetzalcoatl y la Mano Invisible que Mueve al Mercado, se burlaron de él con idéntico ensañamiento.

Luego de convertirse al cristianismo, la joven Taciana fue convertida en árbol por la bruja del pueblo. Pero Taciana –encendida, con ese ardor terco y empecinado de los conversos- continuó con su predicación entre sus nuevos compañeros, los abetos. Hoy se la recuerda como la responsable de la conversión a la fe cristiana de más de quince mil hectáreas de coníferas, que antes de escucharla no creían ni en la germinación del poroto.

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