lunes

Mitos de la Creación


Aquella noche –cuentan los Libros Sagrados- Dios se sentó a mirar un capítulo de “Friends”, pero el cansancio fue más fuerte y al rato ya estaba dormitando en su poltrona. Se despertó con fastidio, porque el capítulo ya había terminado; se puso su pijama azul decorado con motivos geométricos, y, medio dormido, enfiló hacia la cocina para prepararse un té con leche. Por fin, calentito y en la cama, trató de continuar con esa novela policial que Gabriel le había regalado para su cumpleaños, pero ya en el segundo párrafo se cansó del libro y se durmió. Comenzó entonces a soñar que creaba el mundo, que la Tierra se llenaba de toda clase de seres reales e imaginarios, y que millones de millones de millones de personas nacían y crecían y vivían unas vidas llenas de tristezas y de gozos.

“Somos el sueño de Dios”, declaran los Libros Sagrados. “Por eso tenemos que ser cuidadosos y no hacer ruido. Ay de nosotros, hermanos, si nuestro Dios llegara a despertarse...”

En la isla de Marisabidelia hay más dioses que gente. Son 144.248 las deidades oficialmente censadas y admitidas, y se sospecha de la existencia de un par de miles más. Todos estos dioses participaron de la creación del mundo; es por eso –explican los marisabidelienses- que el universo es una cosa tan contradictoria: allí donde un dios propuso la vida eterna, otro dios instauró la muerte obligatoria; donde uno instituyó la misericordia, otro estableció la cumbia. Los dioses de Marisibidelia desconocen la engañosa justicia de la unanimidad, cada deidad hace lo que se le canta y vivir bajo su orden es estar dentro de algo muy parecido al caos.

Antes del principio apenas había un poquito de nada, algunas sombras alargadas y un montón de formas sin forma. “¿No es hora de crear algo?”, le preguntó la diosa a su marido. “Todavía no es tiempo”, respondió el dios. El silencio de la inexistencia era tan fuerte que ensordecía. “¿Cuándo es tiempo? ¡Para vos nunca es tiempo!”, rezongó la diosa en voz alta, en evidente desafío al único capaz de oírla. “No es tan sencillo” –se defendió el dios. Y el penetrante olor de lo que todavía no había empezado a ser llenaba el aire... “¿Por qué no es tan sencillo?”, protestó la diosa. “Porque quiero que sea perfecto. Una danza ordenada de planetas, sistemas solares y nebulosas.” Tantos millones de billones de años duró la discusión marital, que el universo decidió germinar por sí mismo. Y apareció un buen día, de repente, sin dios ni diosa que lo asistieran en su nacimiento. El mundo —afirma nuestra leyenda— es el hijo de la distracción de los dioses. Como la vida: ese otro gran descuido.

El pueblo de los dinorasalvinos (tan sentimentales ellos, tan afectos al novelón) sostiene que Dios no creo el universo: lo encontró, indefenso y desamparado, a un costado de su camino. “¿Quién puede ser capaz de abandonar un universo tan lindo como este?”, se dijo a sí mismo —porque en aquel entonces no existía nadie a quien preguntarle— mientras tomaba al universo neonato entre sus brazos: era tan bonito, que Dios decidió dedicar toda su existencia eterna a alimentarlo y educarlo.
La teología de los dinorasalvinos, sufragada con los peores elementos de folletinería romántica, afirma que cuando llegue el Día del Último Capítulo, los malvados recibirán su castigo, los esforzados amantes serán felices comiendo pop corn y Dios nos revelará el nombre de nuestro verdadero Padre. Y en el cielo, escrita con letras cursivas de neón, refulgirá la palabra: “Fin”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te llamas igual que yo, igual me agrada como escribes y tu vision.
Felicitaciones.