
-La plaza es un lugar muy grande. ¿Dónde conviene empezar a predicar?
-La plaza tiene la forma de un triángulo –describí. -En cada uno de sus vértices hay una tarima para que todo el que tenga algo que decir, se trepe y hable. Los escenarios son tres: la tarima de los dementes, la tarima de los profetas y la tarima de los artistas.
-¿Y en cuál deberíamos subirnos para que todos nos conozcan y nos escuchen?
-En la tarima de los dementes.
El martes al mediodía la plaza estaba colmada de gente. Debajo de la tarima de los dementes había una larga fila de locos esperando su turno de subir. Mientras tanto, un orate explicaba que el fin del mundo ya había llegado, que había sido hace tres años, pero que ninguno de nosotros se había dado cuenta. En la tarima de los artistas, un hombre hacía una demostración del arte de la conferencia muda: estaba parado de frente al público, sencillamente, sin abrir la boca ni decir palabra. Ninguno de ellos era competencia para Macedonio y Leandro.
-¿Y si vamos al escenario del medio? Ése, el de los profetas. No hay nadie allí -sugirió Leandro.
-Ni se les ocurra! Todo el mundo sabe que los profetas no son para ser escuchados: están para que el pueblo se ría con lo que dicen, para que después se indignen y más tarde matarlos a piedrazos o de tristeza. Hay que reconocer que algunos, después de asesinarlos, los lloran y les hacen un digno monumento. Pero no creo que a ustedes les guste pasar por eso.
Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. Trepaban con todo entusiasmo al escenario de los profetas, sin darse cuenta de los manchones de sangre seca que adornaban su madera. Corrí hacia ellos para alertarlos, pero ya era demasiado tarde: Macedonio golpeaba palmas para llamar la atención de todos.
-¡Amigos! ¡Somos el regalo que nuestro Maestro les manda a Calaterra!
Los calaterranses más lentos corrieron hacia el escenario. Los más rápidos ya estaban en los primeros lugares, con su piedra en la mano.
-¿Y ustedes son sus profetas? –preguntó con ansiedad una mujer gorda, con un solo ojo claro y un bebé entre sus brazos.
-No. Sólo somos hacedores de milagros.
Un “¡Oh…!” de desilusión recorrió la plaza y el mercado. Con tristeza, varios dejaron caer sus piedras al suelo.
-No venimos a profetizar nada. Venimos a hacer muchos milagros, para que ustedes crean y crean de verdad.
-¿Y si creemos?, aunque no haya milagros –preguntó un muchacho de pelo rojo.
-¿Y si, aunque haya milagros, nosotros no les creemos? –preguntó su amigo, otro muchacho albino, con la cara llena de granos.
-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a nosotros a hacerlos? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia, cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.
-Pero –agregó Leandro- no todo va a ser tan fácil. Hoy a la noche va a caer una lluvia con olor a gato. Y todos deberán salir a la calle imitando el graznido de un pato nervioso.
Macedonio tomó a su compañero por el hombro.
-¡Eso no lo habíamos acordado! ¿Para qué?
-Cuánto más difícil hagamos todo, más respeto van a tenernos. Además, estos tipos no me gustan nada.
Se levantaron algunas voces de protesta, pero ese fue el único gesto de intransigencia; eso y una piedra perdida que golpeó el hombro izquierdo de Leandro, y que seguramente pertenecía a alguien que se resistía a creer que ellos no fueran profetas. Esa noche llovió una lluvia con olor a gato. Yo salí unos minutos para bañarme y hacer mi imitación de la voz del pato nervioso. Después, me dormí soñando con todo lo que iba a hacer al otro día, cuando tuviera mis nuevos poderes.
(Esto todavía continúa)
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