lunes

Christopher Perfect



Voy a tratar de aprisionar al viento y de tapar el cielo con un harnero. A dejar unas palabras escritas sobre el agua. Voy a emprender la reseña de una obra que no existe y contarte acerca de Cristopher Perfect, uno de mis actores favoritos.


Ninguno de los biógrafos de Perfect pudo ver jamás alguna de sus actuaciones. En rigor de verdad, no existe un miserable fotograma que nos muestre su trabajo. Sólo nos queda la leyenda, y a la leyenda sólo se la puede alimentar, celebrar o refutar. No creo que en este espacio incompleto llegue a hacer ninguna de estas tres acciones.

Cristopher Perfect era un joven actor de teatro que –una infausta madrugada de 1934- tuvo una discusión de borrachos con un hombre canoso. Christopher lo apaleó, le rompió ambos brazos y huyó con su girl. Al otro día, cuando fue a presentarse a un estudio de Hollywood para hacer una audición, supo que aquel señor canoso era nada menos que el dueño de los “Estudios Warner Bostas”.

-“Jamás verás tu detestable cara en una pantalla de cine” –maldijo el magnate, fuera de sí. En aquellos tiempos, la maldición del dueño de un estudio cinematográfico equivalía –escalón más, escalón menos- a la maldición de un dios babilonio. Pero al otro día le llegó un contrato y Cristopher filmó así su primer largometraje. Esperó con ansias el día del estreno, para descubrir que su personaje había sido eliminado del montaje final. Pasó lo mismo durante sus próximas cuatro películas.

Por fin, la noche del estreno de su filme “Los dos amigos inseparables” (su personaje era uno de los dos amigos), contempló con inocultable decepción que no aparecía en ninguno de los 124 minutos de rodaje. Cristopher Perfect descubrió la índole de la venganza a la que estaba sometido. ¿Sería, acaso, un Narciso de suerte inversa, condenado a escrutar eternamente la superficie del lago para ver si, alguna vez, llega a aparecer su reflejo?.

Aunque participó en 221 películas, ningún espectador pudo ver jamás su rostro. Los camarógrafos apagaban sus cámaras cada vez que entraba en el plató para ahorrar cinta. Pero Cristopher Perfect hacía su trabajo como si de esa actuación dependiera su vida. Sus compañeros de set concuerdan en que eran actuaciones únicas, memorables,... e indescriptibles.

Apenas una imagen escapó a la censura: su silueta huyendo por los pasillos de un castillo, en “Hamlet” (1951). En ese film, Christopher se encargó de darle vida a un personaje a su medida: fue el fantasma del padre.

James Cameron le rindió un último homenaje en “Titanic”. Lo llamó para el papel del anciano Leonardo Di Caprio y la escena de su aparición costó 3,7 millones de dólares. Después, como corresponde, fue eliminada del metraje.
¿Cuántas películas van a sobrevivir a un tiempo de –digamos- setenta años? ¿Cien, catorce, tres? ¿Cuántos actores van a ser recordados dentro de ocho décadas? ¿Uno?

El universo no sabe más que de ausencia y desmemoria. Cristopher Perfect fue un adelantado. Cuando todo rastro nuestro desaparezca, él nos estará esperando para preguntarnos: “¿Por qué tardaron tanto? Yo desaparecí primero, señores”.

No nos engañemos. La desaparición y el olvido son los destinos ineluctables de toda obra artística (y, por qué no, humana). Y la función del artista es la de fingir que no lo sabe.

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