
Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?
-Podrías volver a tu desierto.
-Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.
“Su Majestad: Corazón de Melón, Mano Poderosa que todo lo Vigila”, en este momento lo imagino escuchando mi relato con los ojos entornados, mientras acaricia los festones de seda de su manto. Me imagino como se mueren de sueño los Cortesanos de Turno De Esa Hora, y como el Coro de Aduladores Reales trata de disfrazar sus bostezos de suspiros. “Habría que liquidar a esta ciudad. Es peligrosa: los pueblos que pueden cumplir con todos sus deseos no necesitan un Soberano que los proteja”, piensa entre sueños el Consejero Real, que sólo sabe recomendar guerras. Pero el Tesorero Aúleo -que sólo sabe cancelarlas, porque le salen demasiado caras al Erario- anda deambulando por el mismo sueño. “Sí que necesitan un Rey”, le contesta al Consejero. “Necesitan un Rey que los defienda de ellos mismos”. El Lector de Relatos Extensos y Aburridos anuncia con alivio que éste es el último rollo de esta historia. Las suyas son palabras mágicas que invitan a restregarse los ojos somnolientos y a preocuparse de que el rey no los pesque pensando en otra cosa. Y yo, sigo con mi relato.
Antes de volver a la posada, dejé mi soga tendida para que el viejo me siguiera. El viejo fue a buscar a sus amigos. En pocos minutos se había formado detrás de él una larguísima hilera de calaterrenses que trataban de salir de la ciudad avanzando sin soltar el salvoconducto. Uno por uno, fueron llegando a la otra punta de la soga. Toda Calaterra caía sobre nosotros, literalmente, del cielo. La posada pronto quedó atestada de gente, y los que no pudieron entrar nos espiaban desde las ventanas, sin animarse a volver a sus casas. Y aunque todos estábamos incómodos, apretados como sardinas, ninguno se atrevía a intentar el más mínimo de los milagros.
En uno de los rincones, algunos calaterrenses habían improvisado un partido de dados. Podía escucharse los bramidos de alegría de los que ganaban y los bufidos de desilusión de los que perdían.
-¿Qué están apostando? –pregunté.
-Estamos jugándonos nuestra ciudad. Yo acabo de ganarme la Calle de los Piropos y la Fábrica de Cuentas de Vidrio –dijo un hombre gordo.
Macedonio comenzó a abrirse paso entre el gentío. Tenía la mirada afiebrada de los jugadores impenitentes.
-Si vas a jugar con nosotros -profeta- hay una sola regla: nada de milagros –dijo el hombre gordo.
-Eso mismo es lo que yo digo, amigo.
-Y ¿qué vas a apostar?, Macedonio -le pregunté.
-Apuesto mi pedazo de la ciudad: la tarima de los dementes- respondió con decisión.
Macedonio no necesitaba milagros. Era tan buen jugador que sólo le tomó parte de la tarde para quedarse con la mitad de Calaterra. El Arsenal de Loros, el Callejón de los Murmuradores, el Monumento a la Guerra de las Mandarinas, la Plaza de los Amantes Fracasados, la mitad de Calaterra estaba entre sus manos. (Aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que a esta altura del asunto los otros jugadores ya se habían cansado de su ciudad y se la regalaban en cada tirada de dados). La otra mitad quedó en poder de su único rival de peso: el hombre viejo.
-Si me quedo con la ciudad, voy a construirla de nuevo -decía el hombre viejo mientras besaba sus dados y los echaba. -Va a llamarse “Nueva Calaterra”. Y todos los que estamos perdidos vamos recuperar nuestros nombres y nuestras vidas.
-Si yo gano, voy a hacer desaparecer todo -respondía Macedonio, para hacerlo enojar. Primero, voy a hacer que se esfume tu pueblito, después va a perderse su recuerdo, y, por último, van a desaparecer ustedes mismos.
Fue una larga tarde y una larga partida, pero la suerte parecía estar de ambos lados. Cuando todo indicaba que los dioses de Calaterra también se habían aburrido de nosotros y se habían ido, el viejo tentó a la suerte por última vez.
-No va a ganar el mejor, sino el más paciente -dijo tirando los dados, sin ganas y sin entusiasmo. Los dados se atropellaron entre sí y tambalearon como dos bailarines borrachos. Era un doble seis.
-¡El Ciempiés Entusiasta! ¡El más alto de los puntajes! -observó un parroquiano.
Un murmullo de excitación recorrió el aire. Pero Macedonio estaba en otro asunto. Se había llevado la mano al estómago y torcía la cara en una sola mueca.
-Estoy cansado -gimió, en sordina. -Si sigo jugando, voy a morirme.
-¡No se puede abandonar el juego! -protestamos todos.
-Nadie va a abandonar nada. Leandro va a jugar en nombre mío.
Leandro lo miró, sorprendido. Macedonio puso los dos dados en su mano.
-Confío en tu suerte, amigo.
-Confiar en mi suerte es suicidarse, Macedonio.
Leandro arrojó sus dados y gimoteó antes de que cayeran sobre la mesa. El aire podía cortarse con un suspiro. Nunca tuvo suerte Leandro, ni en el amor ni en el juego: sacó un uno y un dos, los Mellizos Tuertos, la más baja de las tiradas posibles. Cuando los dados cayeron sobre la mesa, Calaterra tenía un solo dueño, y este era el hombre viejo. Todos festejamos con aplausos tibios, la mayoría de nosotros porque no sabía si había que alegrarse o estar preocupados. Pero el hombre viejo no festejaba. Se lo veía pensativo, concentrado en otra cosa, como si hubiera ganado otro y no él.
-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad solo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.
Y, entonces, desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“Esta debe ser la última de las Calaterras posibles”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.
(Como Calaterra, esto también se acaba)
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