
Don Quijote salió aquel día con su caballo, dispuesto a vencer gigantes. En aquellos tiempos la lucha contra los gigantes era un deporte muy respetado, y todo aquel que fuera capaz de doblegar a uno de ellos era admirado por todo el mundo, aparecía en las tapas de las revistas de moda y se lo invitaba a participar como jurado de los concursos de belleza de las más renombradas comarcas.
Don Quijote -decíamos- salió aquel día a vencer gigantes. Y fue en esa nefasta jornada cuando cometió el gran error: se lanzó contra un inocente grupo de molinos que no pudieron menos que defenderse, golpearlo con sus aspas y arrojarlo de su Rocinante. Tan obsesionado estaba el Quijote con la idea de vencer a uno, y se encontraba en un estado emocional tan alterado, que no pudo darse cuenta de que gigante era gigante y molino era molino. Quedó tirado sobre el piso, maltrecho y avergonzado. Y partir de aquel combate, nadie volvió a creer en sus palabras. Fue imposible guardar en secreto este episodio: hasta el día de hoy nuestras profesoras de literatura española nos obligan a leer este capítulo de sus aventuras para que no nos pase lo mismo.
Cuando los gigantes se enteraron de esta confusión, decidieron disfrazarse de molinos con el fin de que los dejaran vivir tranquilos. Estaban hartos de ser acosados, y suponían que nadie en su sano juicio iba dedicar su vida a perseguirlos. Desaparecieron de los periódicos y se refugiaron en las novelas de caballería, esas historias que comienzan diciendo "había una vez...". Nadie volvió a cruzarse con un gigante, al punto que ya no sabemos ni cómo son, y los pocos jugadores de NBA que conocemos no nos sirven ni siquiera de vaga referencia.
Nosotros (que cada vez que vemos un molino de viento lo pateamos, por si acaso) sabemos que muchos de estos aparatos de moler que se encuentran esparcidos por el campo son, en realidad, gigantes viejos que -de tanto interpretar el papel de molino- ya no se mueven, ni hablan, y sólo se dedican a girar sus brazos y machacar trigo. Más de una vez, después de pellizcar una de sus paredes, escuchamos un “¡Aia!”. Pero, pese a estos éxitos parciales, todavía nos queda mucho por hacer. En el nombre del pragmatismo hoy se acostumbra criticar a todos los que cometen "quijotadas"; esto es: a los que se animan a arremeter contra cualquier clase de monstruo aunque sepan que no tienen el éxito asegurado. Hoy, decir: “voy a vencer a un gigante” significa: “voy a cometer un acto arriesgado, difícil y perfectamente inútil”.
Desde este lugar, los que estamos enterados de la verdad invitamos a todos a salir a las calles y arremeter contra sus propios molinos. Porque puede ser que sean, efectivamente, molinos. Pero, a veces, se da el caso de que son gigantes quietos, temblando de solo pensar que a alguno de nosotros se le puede ocurrir embestir contra ellos...
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